CAMAGÜEY.- El segundo Festival del Libro y la Lectura Digital en Camagüey encontró uno de sus momentos más densos y reveladores: el taller de formación Gestión editorial inclusiva para el libro digital académico latinoamericano.
Más que una sesión académica, fue un espacio de interrogación colectiva sobre el lugar que ocupan hoy nuestros saberes en un ecosistema digital atravesado por desigualdades.
Conducido por la Dra. Vilda Rodríguez Méndez, la MSc. Norbisley Fernández Ramírez, la Dra.C. Yailé Caballero Mota y la Dra.C. Ognara García García, el taller partió de los resultados del proyecto impulsado por CLACSO.
Según explicaron, la iniciativa transita ya hacia su segunda fase: si la primera estuvo centrada en la investigación, esta apuesta por la aplicación concreta de esos hallazgos en prácticas editoriales.
La pregunta que atravesó toda la dinámica —basada en el diálogo y la problematización— fue tan simple como profunda: ¿cómo queremos que circulen nuestros conocimientos y qué debemos hacer para que realmente circulen?. No se trató solo de técnicas, sino de disputar sentidos frente a lo que Vilda definió como “aguas turbulentas dominadas por las hegemonías del Norte global”.
En ese horizonte, el taller propuso pensar rutas alternativas frente a múltiples formas de dominación: epistemológicas, económicas y lingüísticas —con el inglés como eje—, así como frente a los patrones de evaluación que condicionan la visibilidad académica. La aspiración, insistieron, es sostener un diálogo de saberes donde todo conocimiento cuente.
Uno de los momentos más agudos llegó con la intervención de Yailé, quien desplazó la mirada habitual sobre la inteligencia artificial. Recordó que en Cuba existen investigaciones en este campo desde los años 60, aunque el auge reciente de la inteligencia artificial generativa haya simplificado su percepción pública. Su llamado fue claro: dejar de ver lo digital como solución automática y asumirlo como un territorio problemático, atravesado por relaciones de poder.
Desde esa perspectiva, identificó tres desafíos clave para el contexto latinoamericano: la reproducción de sesgos, al estar estas tecnologías entrenadas mayoritariamente en inglés; el refuerzo de dependencias que erosionan la diversidad cultural; y la profundización de brechas, especialmente cuando estas herramientas inciden en sistemas de evaluación académica alejados de criterios de justicia.
Su pregunta final quedó suspendida en la sala como un desafío abierto: ¿cómo usar la inteligencia artificial para amplificar nuestras voces y no para acomodarnos a lo ya establecido?
El taller también se movió hacia lo concreto. Norbisley subrayó que, junto a estas tensiones, persisten barreras estructurales que condicionan la visibilidad del conocimiento producido en la región. De ahí la importancia de apropiarse del “lenguaje de las máquinas”, aprender a trabajar con metadatos y comprender las lógicas que organizan la circulación digital.
La sesión incluyó, además, la presentación de dos libros orientados a la formación temprana en estos temas: Jugando con Lili, la robot curiosa y ¡Descubriendo la Inteligencia Artificial! Preguntas y respuestas para niños curiosos, de Miriela Milagros Escobedo y la propia Yailé Caballero Mota, en un gesto que conecta la reflexión crítica con la educación desde edades tempranas.
Incluso desde la experiencia compartida por participantes y especialistas, emergió otra alerta: la necesidad de estudios más sistemáticos sobre el consumo tecnológico en la población. Como señaló el anfitrión Juan Antonio García Borrero, persiste cierto rezago académico en ese terreno.
La mañana, por su parte, había abierto el programa con el panel Libros y lecturas en el siglo XXI: las nuevas prácticas culturales, donde se abordaron transformaciones en los hábitos lectores y los desafíos institucionales.
Entre presentaciones de proyectos y servicios digitales —desde plataformas culturales hasta iniciativas inclusivas para la comunidad sorda—, quedó claro que el ecosistema del libro atraviesa un proceso de reinvención.
Una idea sintetizó bien ese diagnóstico inicial, en palabras de Norbisley: los jóvenes sí leen, pero muchas veces fuera del radar institucional, en nichos como manuales de juegos o comunidades digitales. “Antes se escribía para el lector, ahora también hay que hacerlo para la máquina”, advirtió, apuntando a la necesidad de repensar estrategias de visibilidad.
Así, el festival confirma que el desafío no es solo digitalizar contenidos, sino redefinir las condiciones en que el conocimiento se produce, circula y se legitima. En ese cruce —entre tecnología, poder y cultura— se juega hoy buena parte del futuro editorial latinoamericano.