CAMAGÜEY.- El tabloncillo del auditorio Iván Hidalgo Funes, en el Casino Campestre, no suele tener vida los domingos. Sin embargo, este se convirtió en escenario.
Y tuvo vida. Niños de la Escuela Vocacional de Arte (EVA) Luis Casas, junto a agrupaciones aficionadas, adelantaron la celebración del Día Internacional de la Danza con una función que fue mucho más que un espectáculo: fue resistencia, amor y movimiento.
Con una matrícula de 96 estudiantes en danza —y un ingreso que exige un promedio mínimo de 85 puntos— la EVA sostiene un estándar que se defiende tanto en el aula como en la escena. El claustro, diverso y comprometido, es parte esencial de ese resultado.
Vi a estudiantes defender coreografías como Estatua e imaginé a Aisar Jalil frente a lo que ha motivado su escultura, ubicada ante el Teatro Principal. Vi también a otros apropiarse de ritmos que van del mozambique a la timba… e incluso de una danza rusa, desde la guía de la profesora Ada Piedra, que confirma cuánto puede lograr un niño cuando hay rigor, paciencia y amor en la enseñanza.
Pero lo más fuerte no estuvo solo en lo que se bailó, sino en lo que lo sostiene.

En una escuela que hoy solo puede dar clases dos días a la semana, estos niños no se detienen. Bailan en plazas, en calles, donde haga falta. Porque —como se repite entre maestros y alumnos— el cuerpo no puede parar.
Y ahí está Enaisy Mackenzie. La recuerdo bailando en el Ballet Folklórico de Camagüey, y hoy la veo empujando todo esto con la misma fuerza, o más.
Desde la enseñanza, desde la entrega total, y también desde una investigación doctoral que busca formar mejor a estos muchachos, que lleguen más seguros, más completos.
En tres bloques se hilvanaron aprendizajes, búsquedas y emociones. El segmento de invitados amplió el diálogo: Llamas del amor, de Sangre Gitana; Yambambó, de La Andariega; y Mangulina de Lianet Dance confirmaron la vitalidad del movimiento aficionado, ese que sostiene comunidad. Mientras, desde la propia escuela, propuestas como el Homenaje a La bella del Alhambra —con coreografía de Enaisy— tendieron puentes entre tradición y aprendizaje.
Pero quizá uno de los momentos más reveladores llegó con Mis raíces, de María Alejandra Batista Herrera, estudiante multipremiada en el Concurso de Coreografía e Interpretación Fernando Alonso In Memoriam. Su obra, reconocida tanto por su concepción coreográfica como por su interpretación, es evidencia de cuánto puede crecer un niño cuando encuentra guía, disciplina y sentido.
ADA PIEDRA: ENSEÑAR DESDE EL AMOR
Hay maestros que sostienen una escuela no solo por lo que enseñan, sino por la manera en que creen. Ada Piedra es una de esas presencias dentro de la EVA, alguien que ha decidido quedarse incluso después de haberse retirado.
“Aunque estoy retirada me reincorporé. Con eso te lo digo todo”, resume, con una naturalidad que explica mejor que cualquier currículo su vínculo con la enseñanza.
Desde su llegada en 2015, cuando aún no existía el nivel medio en la especialidad, ha sido testigo —y parte activa— de la evolución del programa. “La especialidad ha dado siempre un paso al frente en todos los sentidos, los niños se crecen, los maestros se crecen”, afirma.
Pero más allá de la estructura académica, su mirada se detiene en el proceso: en ese niño que llega sin referencias y poco a poco descubre un lenguaje. “Claro, vienen de la calle, no conocen nada… pero si tienes un maestro que los estimula, ese niño se siente capacitado”, explica.
Ahí aparece uno de los mayores retos: enseñar a habitar otras culturas desde el cuerpo. La danza rusa, por ejemplo, no es una elección natural para estos estudiantes. Sin embargo, el proceso pedagógico transforma esa distancia en posibilidad. “Los rusos son rusos… y para que un cubano coja a Rusia hay que saberlo trabajar”.
En ese “saberlo trabajar” hay método, pero sobre todo hay afecto. Ada lo nombra sin rodeos: “Yo trabajo con amor”. Y lo lleva a una dimensión concreta, cotidiana, incluso fuera de los espacios formales: “Lo mismo me voy para el Copa que me voy para una calle… lo que hace falta es que el niño se sienta que está trabajando, que tiene una motivación para continuar”.
Ese vínculo cercano, casi familiar, es parte de su pedagogía: “Cuando tienes amor a un niño… ellos lo sienten. Así los vas endulzando, los vas estimulando y son capaces de lograr cosas mejores”.
En sus palabras se dibuja una certeza: en contextos complejos, la técnica es importante, pero el afecto sigue siendo imprescindible.
ENAISY MACKENZIE: QUE EL CUERPO NO SE DETENGA
Hay algo en la manera en que Enaisy Mackenzie habla de sus estudiantes que revela una continuidad: la de quien no ha dejado de bailar, aunque ya no esté en escena. Su energía, antes visible en el Ballet Folklórico de Camagüey, hoy se desplaza hacia la formación, la conducción y la resistencia cotidiana.
“Antes que sacrificio, yo diría amor. Amor a los niños”, afirma. Y en esa declaración se resume una ética de trabajo que ha sido puesta a prueba en los últimos tiempos.
Ante las limitaciones que reducen la enseñanza formal a apenas dos días en la escuela, la respuesta no ha sido la pausa. “El cuerpo no puede parar”, insiste. Por eso, la danza ha salido de sus espacios tradicionales:
“Decidimos extendernos a plazas, lugares… donde nos coja el día, allí damos clases, bailamos lo que haya que hacer”.
No se trata solo de continuidad técnica, sino de una responsabilidad mayor: “Motivar a estos pequeños, que no estén en sus casas… que miren más la parte positiva de la alegría. No apagar la alegría de los niños”.
Lo que sostiene ese impulso no es individual. Enaisy habla de una red: familias, estudiantes, comunidad. “Todo el mundo apoya… los padres, los abuelos, todo el mundo se mezcla”. Esa misma convicción explica la presencia de agrupaciones invitadas en la función: “Les dije que esta no era una presentación de la EVA, era un día de celebración por la danza”.
En medio de ese engranaje —complejo, diverso— también hay desvelo: “Cuatro noches sin dormir, pero aquí estamos”. Y una certeza: aunque no todos piensen igual, “al final todo se complementa”.
Su mirada no es complaciente. Reconoce las carencias, pero también observa algo que la conmueve profundamente: “Ver a esos niños crecer… no de tamaño, sino en todos los sentidos. Verlos tan humanos, tan sensibles… a mí se me salieron las lágrimas”.
Su propio camino hacia la enseñanza fue inesperado. Tras dejar los escenarios por problemas de salud, llegó a la EVA casi por casualidad y terminó asumiendo la jefatura del departamento. “Los artistas no nos preparamos para dirigir”, confiesa, pero ocho años después ha convertido ese reto en proyecto.
Un proyecto que también se piensa. Enaisy investiga, desde su doctorado, la proyección escénica de los estudiantes en los años decisivos de formación.
“No quiero que lleguen con lagunas”, explica. Su preocupación nace de la experiencia: detectar inseguridades, vacíos, una presencia escénica intermitente. La respuesta ha sido sistematizar, estudiar, transformar.
“Yo no sé decir que no… vamos a probar”, dice sobre ese camino académico que avanza hacia la predefensa. En el fondo, todo parece responder a una misma idea: que la danza no se interrumpa. Ni en el cuerpo, ni en el pensamiento.

Lo vivido este domingo también deja preguntas. En un auditorio con capacidad para hasta mil personas —gratuito en esta ocasión— se vislumbra la posibilidad de un uso más sistemático que beneficie tanto a la comunidad como a la propia institución. La cultura, cuando se sostiene, también necesita condiciones materiales.
Pero más allá de las carencias, lo esencial estuvo allí: niños que bailan, familias que acompañan, maestros que insisten. Obras que nacen de concursos, de esculturas, de memorias. Historias que se cruzan en cada coreografía.
Porque, al final, celebrar la danza es, sobre todo, negarse a detener el movimiento.