CAMAGÜEY.- Explorar los ritmos populares cubanos desde el lenguaje de la danza contemporánea es, al mismo tiempo, una apuesta seductora y un terreno de riesgo. En esa cuerda tensa se mueve el Ballet Contemporáneo de Camagüey con Código Cuba, el espectáculo en el que trabaja bajo la dirección de Lisandra Gómez y que prevé estrenar en mayo, a propósito de su aniversario 24.
El adelanto presentado en su primera función de 2026 permitió asomarse a ese desafío: cómo traducir al cuerpo contemporáneo sonoridades arraigadas como el son, el bolero o la rumba sin caer en lo ilustrativo o en el cliché. La intención, según se percibe, no es reproducir códigos, sino tensionarlos, habitarlos desde una técnica que exige a los intérpretes desplazarse también hacia lo teatral, lo musical y lo performativo.
En ese sentido, uno de los momentos más sorprendentes del cuadro fue la irrupción de la voz: la del primer bailarín Dennis Lennier Pérez, que asume la interpretación de un bolero con una musicalidad y una sensibilidad que desbordan lo estrictamente danzario. No es un recurso decorativo, sino una extensión del cuerpo escénico que complejiza la propuesta.
También destaca la exigencia actoral sobre la primera bailarina Viviana Silva, quien declama versos de Nicolás Guillén con una presencia que desplaza el eje hacia la palabra sin abandonar el pulso coreográfico. Esa convivencia de lenguajes refuerza la idea de una obra que no se limita a bailar la cubanía, sino que la articula desde múltiples registros.

El cuadro abre con un solo de guaguancó interpretado por el joven Javiel Cisneros, reciente graduado de danza, cuya energía y organicidad marcan desde el inicio el tono de la pieza. Su presencia forma parte de esa nueva generación que, como reveló la propia directora, aportó activamente al proceso creativo, incluso guiando a bailarines de formación clásica —y a la misma Lisandra— en la comprensión de los códigos del movimiento popular.
Ese cruce de saberes, entre lo académico y lo tradicional, entre generaciones y formaciones distintas, parece ser uno de los núcleos más fértiles —y también más complejos— de Código Cuba. Lo visto hasta ahora sugiere una obra en construcción en la que ofrece asistencia coreográfica el maestro Jesús Arias, y que asume el riesgo como punto de partida, consciente de que acercarse a la identidad cubana desde la escena contemporánea implica no solo representarla, sino también cuestionarla y reimaginarla.
El programa de la tarde se completó con A pesar del dolor y Especie viaje, dos piezas del coreógrafo puertorriqueño Eric Rivera, colaborador habitual de la compañía, que evidencian otra línea de trabajo dentro del repertorio: una escritura coreográfica más abstracta, donde el énfasis recae en la fisicalidad, la dinámica y la estructura del movimiento. Estas obras funcionan como contrapunto a la exploración identitaria de Código Cuba, y reafirman la versatilidad de un elenco capaz de transitar entre registros diversos.
A ello se sumó la participación especial de la joven María Alejandra Batista Herrera, estudiante de tercer año de nivel elemental de la Escuela Profesional de Arte Luis Casas Romero y ganadora del concurso Fernando Alonso. Con Mis raíces, pieza de su propia autoría, no solo destacó por su desempeño interpretativo, sino por asumir —a una edad temprana— el desafío de la creación coreográfica. Su presencia en escena dialoga, de algún modo, con las inquietudes que atraviesan a la propia compañía, insistió Lisandra: la necesidad de generar discurso propio, de no limitarse a interpretar, sino también a proponer.

Así, la función no solo sirvió como vitrina del presente del Ballet Contemporáneo de Camagüey, sino también como mapa de sus múltiples direcciones: la revisión de la identidad, el intercambio generacional, la apertura a colaboraciones internacionales y la apuesta por la formación de nuevos creadores. Todo ello converge en la expectativa de un aniversario que, más que celebración, se anuncia como toma de posición estética.