CAMAGÜEY.- Cuando me dijeron que iba a ver cine noruego, pensé, inevitablemente, en el frío. No porque conozca Noruega, sino porque desde Cuba una aprende a imaginarla a través de ciertas imágenes: la nieve, los fiordos, las montañas, la aurora boreal. Imágenes tan lejanas de nuestra experiencia cotidiana que, por momentos, parecen pertenecer a otro planeta.

 Después vi las películas. Y el frío seguía allí, por supuesto, pero ya no era lo que más me interesaba. Empezaron a aparecer personas: un explorador que se interna en el Ártico, un hombre que lucha por sobrevivir a la nieve, una adolescente que no encuentra su lugar, un joven migrante en busca de oportunidades, una mujer que no quiere ser madre y niños atrapados en conflictos de adultos.

 Entonces entendí que el paisaje era apenas una parte de la conversación. La pregunta no era solamente cómo se ve Noruega desde lejos, sino qué ocurre cuando los propios noruegos se cuentan a sí mismos a través del cine.

 Esa fue una de las experiencias que dejó la Muestra de Cine Noruego, celebrada en el Complejo Audiovisual Nuevo Mundo, en Camagüey, del 24 al 27 de septiembre. La programación reunió largometrajes y cortometrajes que transitan por la historia, las relaciones familiares, la migración, la identidad y los conflictos de la vida contemporánea. Esta semana se ha extendido la proyección de varias de esas películas, una oportunidad para que más espectadores se acerquen a historias que desbordan la imagen de una Noruega de nieve y auroras.

 

DEL PAISAJE A LAS PERSONAS

 Sonja. El cisne blanco, de Anne Sewitsky, recupera la figura de Sonja Henie, campeona de patinaje artístico que llegó a convertirse en estrella de Hollywood. La película no se interesa únicamente por reconstruir la trayectoria de una celebridad, sino también por mirar a la mujer que había detrás del mito. Así, el cine se convierte en una manera de revisar la memoria y preguntarse qué sucede cuando una sociedad vuelve sobre sus ídolos sin ocultar sus contradicciones.

 Otras dos películas llevan la relación entre el ser humano y la naturaleza hacia circunstancias extremas: Amundsen, de Espen Sandberg, y El duodécimo hombre, de Harald Zwart.

La primera reconstruye la vida del explorador polar Roald Amundsen, pero comienza con su desaparición y con los intentos de su hermano por reconstruir su historia. Una imagen de la infancia resulta reveladora: dos hermanos contemplan un globo terráqueo que pueden sostener entre las manos. Años después, para Amundsen, ese mundo se convertirá en un territorio que necesita atravesar para descubrir lo desconocido.

 Sin embargo, detrás de la figura del explorador hay tripulaciones, instrumentos, barcos y conocimientos compartidos. Durante su expedición del Gjøa, entre 1903 y 1906, Amundsen y sus compañeros aprendieron de los inuit técnicas fundamentales para sobrevivir en el Ártico. Hasta el hombre que aspiraba a llegar donde nadie había llegado necesitó aprender de quienes conocían aquel territorio desde mucho antes.

 En El duodécimo hombre, basada en hechos reales, Jan Baalsrud huye de los nazis en el norte de Noruega, en 1943, e intenta alcanzar Suecia. La nieve deja de ser escenario de aventura para convertirse en amenaza, escondite y prueba física. Si Amundsen se interna en el territorio para explorarlo, Baalsrud lo atraviesa para sobrevivir. Ambas películas recuerdan los límites humanos frente a una naturaleza que no reconoce jerarquías y muestran, además, que nadie sobrevive completamente solo.

 

FRONTERAS INVISIBLES

 La muestra también conduce hacia territorios menos visibles: la familia, la escuela, el trabajo, las creencias y la propia identidad.

En Disco, la fe aparece vinculada tanto a la necesidad humana de creer como al poder que otros pueden ejercer cuando convierten esa necesidad en obediencia. La pregunta trasciende la religión: ¿qué sucede cuando entregamos a otros la capacidad de decidir cómo debemos vivir?

 Psicópata sitúa el conflicto en la adolescencia. Frida y Marius intentan descubrir quiénes son mientras la escuela y sus compañeros parecen imponerles expectativas sobre cómo deberían comportarse. La necesidad de pertenecer puede convertirse en una frontera entre quienes encajan y quienes quedan fuera.

 Cuidado con los niños lleva esa reflexión hacia la infancia. La película cuestiona la certeza adulta de que saber más significa interpretar mejor lo que sucede. ¿Cuándo proteger a los niños se convierte en controlar su relato? ¿Por qué una etiqueta puede terminar definiendo a una persona que todavía está aprendiendo a comprenderse? Escuchar también significa reconocer que los adultos no siempre poseen la versión correcta de los hechos.

Las fronteras sociales aparecen de otra manera en Sueño noruego. Su protagonista es un joven polaco que llega al país buscando una vida mejor, pero se enfrenta a situaciones de explotación laboral. Noruega representa una promesa y, al mismo tiempo, un espacio donde quien llega desde fuera puede continuar siendo vulnerable.

La historia se amplía con Ivar, un noruego negro, homosexual y artista, que también experimenta las contradicciones de la pertenencia. Uno llega desde otro país buscando un lugar; el otro nació dentro de esa sociedad y tampoco parece encontrarlo siempre. La película recuerda que una frontera no necesita aparecer en un mapa: puede estar en un contrato laboral, en el color de la piel, en la orientación sexual o en la manera en que alguien pronuncia nuestro nombre.

El cuerpo se convierte en territorio en Bebé Ninja. Rakel no quiere ser madre y está lejos de la imagen idealizada de la mujer siempre responsable y maternal. Se equivoca, cambia de opinión y se contradice. Mediante el humor y la animación integrada a la imagen real, la película explora sus pensamientos y conflictos sin convertirla en un modelo de conducta. Su historia plantea una pregunta esencial: ¿hay que ser una mujer ejemplar para tener derecho a decidir sobre el propio cuerpo y el futuro?

En Esperanza, de Maria Sødahl, el territorio es también el tiempo. Anja recibe el diagnóstico de un tumor cerebral cuando su vida parece organizada entre la familia, el trabajo y las responsabilidades cotidianas. De pronto, el futuro deja de ser una continuidad y se convierte en una pregunta. Los días y las decisiones adquieren otro peso, y aquello que parecía asegurado revela su fragilidad.

 Son conflictos que no requieren compartir una geografía para resultar cercanos. La enfermedad, el deseo de pertenecer y la necesidad de decidir sobre la propia vida atraviesan fronteras y culturas.

 

MIRAR AL OTRO, MIRARNOS TAMBIÉN

 Los cortometrajes de la muestra concentran otras preguntas. En Cena familiar africana, una joven noruega blanca intenta impresionar a la familia ghanesa de su novio demostrando cuánto sabe sobre África. Sin embargo, descubre que sus conocimientos están atravesados por estereotipos. La historia deja una advertencia para quienes miramos desde fuera: mirar no significa necesariamente comprender.

En Paseo nocturno, una mujer con enanismo y una mujer trans comparten un viaje. El frío deja de ser el de una expedición polar y se vuelve cotidiano, el de una ciudad y un transporte público. Complicaciones, por su parte, explora la vulnerabilidad y los riesgos de la intimidad frente a una pantalla.

La animación de Tal vez elefantes, de Torill Kove, reconstruye la memoria de una familia que abandona Noruega y se traslada a Nairobi durante los años setenta. Frente a los estereotipos de quien cree conocer otra cultura sin haberla experimentado, la película muestra cómo el contacto con una realidad diferente puede transformar nuestra mirada.

 Otros cortometrajes, como ¿Qué es una mujer? y El terrorista, abordan los conflictos relacionados con la identidad, la pertenencia y la sospecha. Peso muerto lleva la supervivencia a una situación extrema: tres hombres atrapados en un globo sobre un mar congelado deben decidir quién tendría que ser arrojado para reducir el peso. La pregunta es brutal: ¿qué hacemos con el otro cuando nuestra propia supervivencia está en juego?

Estas historias dialogan con El duodécimo hombre, donde sobrevivir depende en buena medida de la ayuda ajena. Solidaridad y exclusión, comunidad y sacrificio aparecen como respuestas distintas ante la vulnerabilidad humana.

 Después de recorrer estas películas, no me atrevería a afirmar que Noruega es esto o aquello. Una muestra cinematográfica no puede resumir por sí sola la complejidad de un país. Sí permite descubrir otras maneras de narrarlo y reconocer los conflictos que atraviesan su sociedad.

 Llegué buscando una Noruega de nieve, auroras y fiordos, y encontré una realidad mucho menos parecida a una postal y mucho más humana: trabajadores migrantes en busca de oportunidades, adolescentes que intentan encontrar su lugar, mujeres que deciden sobre su cuerpo, niños atrapados en conflictos de adultos y personas que buscan reconocimiento más allá de las definiciones ajenas.

 Pero estas películas no hablan solamente de Noruega. También hablan de nosotros. Desde Cuba, la nieve puede parecernos una experiencia extraordinaria; para quienes viven con ella, puede representar infancia, trabajo, amenaza, aventura o memoria. Cada espectador mira desde su propia experiencia, y reconocer esa distancia forma parte del encuentro con otras culturas.

 La extensión de las proyecciones durante esta semana ofrece nuevas oportunidades para ese encuentro. Cada película permite acercarse a una historia diferente y cuestionar algunas de las imágenes que creemos conocer. Porque el cine puede viajar sin borrar las distancias y acercarnos al otro sin convertirlo en una versión de nosotros mismos.

 Yo entré por la aurora. Pero la aurora era solamente el umbral. Más allá estaban los territorios; más allá de los territorios, las fronteras. Y más allá de las fronteras, estaban las personas.

 Quizá esa sea, finalmente, la Noruega que su cine me permitió conocer: una que no cabe en una postal, porque sus historias empiezan allí donde el paisaje deja de ser lo único que miramos.