CAMAGÜEY.- En la sala de la casa de Isabel Figueroa Calderón hay una pequeña tienda. Queda en la calle San Martín número 313. No parece una tienda convencional de la ciudad de Camagüey. Aquí las frutas no se comen, los tulipanes no crecen y un melón puede convertirse en bolsa para una vasija de agua.
Ella coloca un juego de posavasos dentro de una cestica. Una naranja, un limón, unas uvas, un kiwi. Cada fruta está hecha de hilo y cada una encuentra su sitio en aquella pequeña cosecha de crochet. Hay también bolsitas para celulares, adornos para colocar en los bolsos y otras piezas que han nacido de su imaginación, de algún tutorial, de una prueba o de la insistencia de sus propias manos. Ella las muestra sin alardes.

Hace apenas cuatro años que volvió seriamente al crochet. Pero mucho antes había aprendido a transformar un hilo en algo reconocible. Mucho antes, incluso, había aprendido a estudiar.

Isabel es médico desde 1992. Especialista de primer grado en Ginecología y Obstetricia desde 1995 y luego de segundo grado; se dedicó fundamentalmente a la Perinatología. En noviembre de 2022 tuvo que ser peritada. Desde entonces, aquella profesión que había amado durante casi tres décadas quedó atrás.
Por eso, cuando habla de crochet, no parece estar hablando solamente de un pasatiempo. Parece hablar de una manera de seguir siendo.
ELLA PUDO ESTAR CERCA DE MI EMBARAZO
En 2014 pasé 30 horas de parto. De aquel tiempo conservo recuerdos sueltos: el cansancio, la espera, el cuerpo haciendo su trabajo a un ritmo que ya no parecía depender de mí, y un apellido: Del Toro. Fue el médico que hizo mi parto. De los demás rostros tengo una memoria mucho más borrosa.
Ahora que Isabel me explica cómo funciona la Perinatología, pienso que quizás ella estuvo cerca de aquel nacimiento. No puedo asegurarlo. No encuentro su rostro entre mis recuerdos y tampoco quiero inventarlo. Pero ella me cuenta que su trabajo consistía, precisamente, en estar antes: identificar los riesgos, advertir posibles complicaciones y orientar al equipo que recibía a la paciente en preparto, para que cuando llegara el momento ya hubiera un mapa de aquello que podía suceder.
Yo era una embarazada de riesgo. Lo sabía. Me habían puesto esa condición desde el principio. Pero como ocurre con tantas mujeres que atraviesan un embarazo, una parte de mí estaba ocupada en otras cosas: que mi bebé estuviera bien, que todo saliera bien, que llegara el momento.
Mientras yo esperaba, alguien estaba mirando desde otro ángulo aquello que yo no podía ver. Quizá Isabel estuvo entre esas personas. No lo sé. Y justamente por no saberlo me resulta más hermoso descubrirlo ahora, muchos años después, sentada frente a ella en la sala de su casa.
Porque yo no fui a buscar a una médica. Fui a conocer a una tejedora.
No sabía que aquella mujer había pasado casi treinta años acompañando embarazos, partos y nacimientos. No sabía que había amado tanto esa profesión que todavía puede dolerle ver a una embarazada.
No sabía que tuvo que dejar de ejercer. Lo fui descubriendo allí, entre los hilos, las agujetas y una pequeña tienda instalada en la sala de su casa. Y entonces aquellas frutas tejidas empezaron a contarme otra historia.

LAS MUÑECAS CON AGUJEROS
Su vocación médica comenzó con unas muñecas agujereadas: «Cuando yo era niña, por ejemplo mis muñecas estaban todas llenas de agujeros porque yo las pinchaba, las inyectaba».
En su familia fue la primera en decidirse por Medicina. Quiso ser pediatra, pero una rotación por Oncopediatría la hizo cambiar de rumbo. Después escuchó a una amiga describir un parto. Fue al hospital, presenció un nacimiento y supo que había encontrado su lugar.
«Cuando vi el primer nacimiento decidí que eso era lo que yo quería hacer».
Desde entonces quiso estar cerca de ese momento en que una vida comienza. Primero trabajó en atención primaria. Después, en 2006, concursó para pasar al hospital. Su salud ya había empezado a imponerle límites. Mucho antes, durante el primer año de la residencia, le habían practicado una nefrectomía debido a una malformación congénita. Sus profesores le recomendaron entonces cambiar de especialidad. No quiso.
«Si me volviera a pasar, volviera a hacer lo mismo».
Había escogido una profesión y no quería renunciar a ella. Tampoco quería una Medicina tranquila. Si no podía permanecer toda la vida en preparto, encontró en la Perinatología una manera de mantenerse cerca de aquello que la apasionaba.
«Yo lo comparaba con una máquina de moler carne, la carne entra por el tubo y cuando sales a las 4:30 p.m. sales triturada, pero te mantiene dinámico, te mantiene activo todo el tiempo, te obliga a tomar decisiones y eso era lo que me gustaba. Esa era mi razón de ser».

LA MUJER DETRÁS DE LA BATA BLANCA
Los pacientes suelen mirar al médico como si el cuerpo que lleva la bata blanca estuviera hecho de otro material. Isabel sabe que no.
Perder un riñón significó para ella vivir con una condición que conoció apenas a los 22 años y que había limitado sus posibilidades profesionales. La cirugía, tantas horas de pie, las exigencias del Programa Materno-Infantil: todo fue sumando. Pero había otra carga, menos visible. La responsabilidad.
«Tú vives pendiente de si cometí un error, de si me equivoqué, de si me faltó una coma, si hice, si no escribí, si me faltó en el tarjetón, si comenté, si no comenté».
Y después lo dice con una claridad que va más allá de su propia historia: «Eso te hace vivir en estrés constantemente. Y el estrés es una de las peores cosas que daña a un organismo».
Vivió así «casi prácticamente 30 años» de su vida.
Hay algo paradójico en esa historia: una mujer que dedicó su existencia a cuidar la salud de otros terminó viendo cómo las exigencias de esa profesión afectaban la suya. Y, sin embargo, cuando habla de Medicina no habla desde el resentimiento: «Yo vivía enamorada de mi profesión».
Todavía la ama. Por eso ver a una embarazada puede producirle tristeza. Porque hay oficios que no terminan el día en que dejamos de ejercerlos.
UNA VISITA QUE NO PODRÁ OCURRIR
Entre las cosas que más duelen de una vida interrumpida están aquellas que nunca llegaron a suceder. Isabel tiene un hijo que estudia Medicina. Está en sexto año, haciendo el internado, y piensa especializarse en Radiología.
Madre e hijo podrían haber pasado visita juntos. Ella lo imaginó. Pero esa escena no ocurrirá. Por eso conmueve tanto escucharla hablar de la Medicina incluso ahora. No habla de un empleo perdido, sino de una parte de sí misma que continúa viva, aunque ya no pueda ejercerla.
Cuando llegó la peritación, le sobró tiempo. Y ese tiempo, al principio, no fue libertad. Fue vacío.
«Hice una depresión muy grande porque yo amaba mi profesión, la amo todavía y a veces me da tristeza cuando veo una embarazada. Me da tristeza porque ya no puedo ayudar en ese proceso».
Había una mujer con conocimientos, experiencia y ganas de hacer, pero sin un lugar donde poner todo aquello. Hasta que regresó el hilo.

VOLVER AL HILO
El crochet no llegó de repente. Estaba allí desde la infancia, en las manos de su madre, que tejía con una agujeta extremadamente fina e hilo de coser. Isabel aprendió entonces algunos puntos básicos, aunque durante años no supo los nombres.
Volvió a tejer durante sus embarazos, haciendo las cosas de la canastilla de sus hijos. Después, en el hospital, una enfermera que tejía se convirtió en una especie de maestra ocasional.
En las noches, cuando el estrés era demasiado, Isabel se sentaba a tejer. Hacía bolsitas para celulares. No sabía todavía todo lo que sabe hoy. Pero las manos recordaban.
Cuando la enfermedad volvió a apartarla de su trabajo, el crochet terminó encontrándola de otra manera. Primero llegó el foami. Después el proyecto comunitario Manus Aureus con Marlene Zayas, quien ha sido para ella una entrañable maestra y amiga. Luego una pequeña tienda en su propia casa. Y finalmente, el regreso más decidido al crochet.
Hoy habla de él con el entusiasmo de quien ha encontrado una puerta: «Realmente me encanta el crochet. Te apasionas por eso, te vuelves adicta a eso y es una forma de encaminar, de ocupar tu tiempo, de crear cosas».
No es difícil entender por qué. Una médica acostumbrada a observar, identificar riesgos, contar, decidir y corregir encontró otro universo en el que también hay que observar, contar, decidir y corregir.
En un amigurumi, por ejemplo, no se puede perder la cuenta: «Tu cerebro tiene que estar pendiente de cuándo tienes que disminuir, de cuántas disminuciones son, pero además tienes que ir tratando de perfeccionarte».
Ella misma compara lo que hacía hace cuatro años con lo que hace ahora. «No tienen nada que ver».
DESBARATAR PARA VOLVER A HACER
Hay una frase de Isabel que parece hablar tanto de sus tejidos como de su vida. No le gustan los encargos que la presionen. Ahora quiere trabajar a su ritmo. Quiere tener tiempo para descansar, para cuidar la casa, para cuidar de sí misma. Pero cuando decide hacer algo, quiere que quede bien.
«Yo, por ejemplo, si me equivoco, aunque tenga que volver a la primera vuelta yo desbarato porque que quede bien».
Desbaratar. Volver a la primera vuelta. Comenzar de nuevo. Quizá haya pocas imágenes más precisas para contar esta historia. No porque Isabel haya borrado su vida anterior. Al contrario: todo lo que aprendió como médica parece acompañarla en esta nueva etapa. Incluso cuando aprende una técnica desconocida.

Cuenta que una francesa que vive en Canadá llegó al proyecto Manus Aureus para enseñar tejido con dos agujas. Isabel nunca había usado dos agujetas. No sabía ni montar los puntos. La primera vez no pudo aprenderlo. Pero Internet estaba allí.

«Le dije: yo le prometo solemnemente que voy a aprender, porque si yo aprendí a hacer una cesárea y a operar a un ser humano, yo soy capaz de aprender una cosa más sencilla».
Lo dice casi como una broma. Pero hay en esa frase una declaración de principios. Todavía puede aprender. Todavía puede equivocarse. Todavía puede volver a empezar.

NUEVA VIDA
En su casa, el crochet también tiene una dimensión más concreta. Es una posibilidad económica en un tiempo difícil. Una manera de comercializar lo que hace. Una oportunidad para crear una marca propia. Pero todavía está buscando cómo hacerlo.
Pertenece a un proyecto de artesanas nombrado Manus Aureus y eso le permite comercializar sus piezas, aunque sueña con tener su propia tienda de tejido y llevar sus trabajos a otros espacios. Participa en ferias, busca darse a conocer y observa cómo cada artesana va construyendo una identidad propia. Porque, dice, pueden existir cien tejedoras y ninguna tejer exactamente igual. La diferencia está en el acabado, en la imaginación, en la paciencia. También en la posibilidad de desbaratar cuando algo no queda como una quiere.
Su pequeño grupo de WhatsApp se llama Nueva Vida. El nombre parece sencillo. Pero después de escucharla, cuesta pensar que sea casual. Quizá no haya mejor nombre para empezar de nuevo.
Ahora tiene herramientas que ha ido comprando poco a poco. Agujetas de diferentes números. Ganchos tunecinos. Quiere aprender nuevas técnicas. Quizá algún día haga abrigos, bufandas. Quiere seguir activa.
«Tengo que emplear mi tiempo en algo». Y ese «algo» ya no parece poco.
Y mientras sostiene entre las manos sus frutas de crochet, sus bolsitas, sus flores, empiezo a comprender mejor cómo una mujer puede volver a aprender a vivir cuando la vida le cambia el oficio, el cuerpo y hasta los planes que había hecho para el futuro.
Isabel no eligió esta nueva vida. Pero está aprendiendo a hacerla. Punto a punto.