CAMAGÜEY.- Vi Toy Story 5 con mi hija de 12 años. Conocí a Woody y Buzz cuando todavía no imaginaba que algún día tendría una hija con quien sentarme a verlos. Para Alma, en cambio, ellos forman parte de una historia que ya estaba ahí cuando ella llegó. Los ha heredado.
Sin embargo, ella estaba mucho más pendiente que yo de que llegara esta quinta entrega. Seguía los anuncios, los avances, las imágenes que la publicidad iba soltando en las redes para alimentar la expectativa. La película, para ella, había comenzado mucho antes de verla.
Hace un par de años tuve la oportunidad de recorrer en el CaixaForum de Madrid una exposición dedicada a Pixar y asomarme a sus procesos de creación, a esos dibujos, bocetos y decisiones que convierten una idea en un mundo animado. Eso te hace pensar en todo lo que existe alrededor de una película antes de que llegue a nosotros. Una historia ya no termina en la pantalla. Se anuncia, se fragmenta, se comenta, se anticipa, se convierte en contenido y conversación. Las narrativas también viajan por otros caminos.
Por eso resulta tan curiosa esta nueva Toy Story, que coloca a los juguetes frente a uno de sus mayores rivales: una tableta.
Bonnie se obsesiona con ella y Alma reaccionó inmediatamente:
—Yo no me pongo así.
Lo dijo como quien necesita dejar clara una frontera: no soy esa niña. Me hizo sonreír, porque la película está ahí para que los niños se reconozcan, pero también para que se defiendan de ella. Para que digan: eso no me pasa a mí. Yo sé cuándo parar. Yo todavía sé jugar.
¿Pero qué significa jugar cuando una pantalla está diseñada para que no quieras apartarte de ella?
Los juguetes de Toy Story llevan treinta años haciéndose preguntas que, en el fondo, son nuestras. Woody teme ser reemplazado por Buzz. Los juguetes se preguntan para qué sirven cuando Andy crece. Después, Woody tiene que descubrir quién es cuando ya no pertenece a un niño.
Vista de conjunto, la saga se parece menos a una serie de aventuras que a una biografía sentimental de la infancia escrita desde el lugar de los objetos que la acompañan. Cada película ha encontrado una manera distinta de hablar del crecimiento: el temor a ser sustituido, la necesidad de encontrar un sentido, la pérdida, la identidad y, ahora, la incertidumbre de seguir teniendo un lugar cuando las circunstancias cambian.
Una de las ideas más poderosas de la saga no está en las aventuras, sino en esa filosofía que ponen en boca de unos juguetes: no somos importantes porque alguien nos necesite para siempre; somos importantes por lo que fuimos capaces de hacer mientras estuvimos en su vida.

La primera Toy Story, estrenada en 1995, hablaba del miedo a ser sustituido. La segunda, de la tentación de convertirse en objeto de colección y perder el sentido para el que fuimos creados. La tercera, del dolor de crecer y aprender a desprenderse. La cuarta, de la posibilidad de elegir un camino propio cuando ya no somos aquello que los demás esperaban.
Ahora la quinta pregunta qué sucede cuando el mundo cambia tanto que aquello que parecía imprescindible deja de serlo. Y esa pregunta no es solamente para los juguetes. También es para los padres.
Para quienes conocimos la primera Toy Story cuando éramos niños, entre aquella película y esta no solo han pasado treinta años. También ha transcurrido nuestra propia vida. La vimos entonces desde el lugar del niño y ahora podemos verla desde el lugar del adulto que acompaña a otro niño en su crecimiento.
Quizá por eso la discusión sobre si era necesaria una quinta Toy Story resulta tan interesante. Toy Story 3 había dejado un final casi perfecto. Andy crecía, entregaba sus juguetes y nosotros entendíamos que algunas historias deben terminar precisamente porque la vida continúa. Pero Pixar regresó.
Ahí aparece una contradicción que me parece fascinante: una saga que habla una y otra vez sobre la obsolescencia se niega a quedar obsoleta. Woody no quiere ser reemplazado. Los juguetes no quieren dejar de ser necesarios. Y nosotros tampoco.
Hay algo profundamente humano en eso. Los padres sabemos que nuestros hijos van a crecer. Sabemos que llegará el día en que ya no necesitarán que les alcancemos un vaso de agua, les revisemos la mochila o les expliquemos una película. Sabemos incluso que un día podrían mirar hacia atrás y preguntarse cómo fuimos capaces de preocuparnos tanto por cosas que para ellos ya no significan nada. Lo sabemos. Y aun así nos cuesta.
Pero también sería injusto pedirle a Toy Story que repita eternamente el conflicto de 1995. En aquel momento, la amenaza era un juguete que llegaba para ocupar el lugar de otro. Tres décadas después, el paisaje de la infancia es distinto y la película necesitaba encontrar un adversario que perteneciera a este tiempo.
El rival de los juguetes ya no necesita tener forma de juguete. Lilypad representa algo más difícil de combatir porque no llega para ocupar un lugar en la habitación, sino para ocupar la atención. Buzz podía competir con Woody porque ambos pertenecían al mismo universo del juego. Una pantalla compite desde otro lugar, uno que puede absorber al niño sin pedirle que imagine, invente o transforme nada.
La película no está hablando únicamente de tecnología, sino de una transformación más profunda: de cómo hemos ido trasladando parte de la infancia desde el territorio de la imaginación hacia el territorio de la atención capturada. Y aquí aparece una incomodidad que la película quizá no resuelve del todo: es mucho más fácil identificar el problema que encontrar una salida.
Decirle a un niño que abandone la pantalla puede resultar sencillo en la ficción, pero la vida cotidiana está llena de adultos que también trabajan, se informan, se relacionan y hasta descansan a través de ellas. ¿Estamos viendo una película que les pide a los niños que recuperen el juego o una que les recuerda a los adultos que nosotros mismos ayudamos a construir este mundo?

Tal vez el reproche no sea solamente para quienes miran demasiado una tableta, sino para quienes hemos permitido que la pantalla se convierta en una solución rápida para el cansancio, el aburrimiento y la falta de tiempo.
Lo curioso es que una película que alerta sobre el poder de la tecnología necesita de un enorme universo tecnológico para llegar hasta nosotros. Alma comenzó a esperar Toy Story 5 mucho antes de verla, siguiendo en las redes las señales de una campaña publicitaria que iba construyendo su deseo.
La película compite contra la tableta dentro de la historia. Fuera de ella, forma parte del mismo mundo de pantallas que cuestiona. Quizá no sea una contradicción. Quizá sea simplemente nuestro tiempo. Las pantallas pueden quitarnos la atención, pero también pueden llevarnos hasta una historia. El problema no es solamente la tecnología. Es aquello que dejamos de hacer cuando ya no sabemos apartarnos de ella.
Por eso me gustó que Alma no se limitara a mirar. Conversaba con la película. Se defendía de ella. La discutía. Cuando Bonnie se dejaba atrapar por la tableta, Alma decía que ella no era así. Eso también es una forma de juego: conversar con una historia hasta descubrir dónde termina lo que ella cuenta y empieza lo que nosotros somos.
Y tal vez sea también una manera de entender por qué esta quinta película puede tener sentido. Una saga que nació alrededor de Woody y Buzz necesita encontrar nuevas maneras de contarse si quiere continuar viva. No basta con conservar los personajes queridos; hay que permitir que otros ocupen el centro, que cambien las sensibilidades y que la historia encuentre otras voces.
La presencia de Jessie apunta en esa dirección. Para que los juguetes no queden obsoletos, deben aceptar el cambio que tanto temen. He ahí también una enseñanza de la franquicia: no se sobrevive aferrándose al lugar que alguna vez se ocupó, sino aceptando que las historias, como las personas, necesitan transformarse para seguir teniendo algo que decir.
Toy Story 5 tiene siempre dos espectadores sentados frente a la misma pantalla. Está el niño que mira a Woody y Buzz por primera vez, pero también está el adulto que recuerda cuándo los conoció. El primero recibe una historia. El segundo recibe un espejo.

Pixar sabe que una parte de su público no mira solamente para acompañar a sus hijos. Mira también para regresar, aunque sea durante un par de horas, a un tiempo en que la infancia todavía parecía interminable. Ahí reside buena parte de la fuerza emocional de la saga: no vende solamente personajes que aprendimos a querer, sino la fantasía de reencontrarnos con quienes fuimos antes de descubrir que crecer significaba dejar cosas atrás.
En Cuba sabemos, además, que el amor de un niño por un juguete puede sobrevivir a casi todo. Hace algunos años, mientras entrevistaba en Camagüey a Carmen Soto, artesana dedicada a la muñequería y creadora del proyecto Carsueños, la encontré reparando un Woody de tela. Su proyecto todavía conserva ese pequeño hospital para muñecos de tela: un lugar donde los juguetes llegan heridos, descosidos, maltrechos por el uso, y alguien se ocupa de devolverles la posibilidad de seguir acompañando a un niño.
Pensé entonces que Woody podía viajar desde una película de Pixar hasta una casa cubana y terminar, como tantos juguetes de nuestra infancia, en las manos pacientes de alguien que se niega a darlo por perdido. Es una de las cosas que las películas no siempre consiguen explicar: que un juguete vale menos por lo que cuesta que por la cantidad de vida que ha logrado guardar.
Yo vi Toy Story 5 pensando en los juguetes que envejecen. Alma la vio pensando que ella todavía sabe jugar. Entre las dos lecturas está el verdadero corazón de la película. Porque los juguetes siempre han tenido miedo de que los niños crezcan. Pero quizá lo más difícil para los adultos sea aceptar que crecer no significa necesariamente dejar de jugar. Significa aprender a hacerlo de otra manera.
Y mientras mi hija de 12 años me decía, frente a la pantalla, que ella no se pone así, yo pensaba que tal vez ese era el mejor regalo que podía hacerme la película: recordarme que todavía está ahí, todavía conversa conmigo, todavía quiere explicarme quién es y quién no es. Por ahora, eso basta. Incluso para un juguete. Incluso para una madre.