CAMAGÜEY.- Entre los fragmentos de espectáculos que la Compañía Folklórica Camagua interpretará este sábado 11 de abril en el Teatro Avellaneda está Chancleteando. Esa pieza, que hoy forma parte del repertorio consolidado de la agrupación, funciona también como un puente simbólico hacia una imagen inesperada: la de un joven Fernando Medrano bailando. Porque si algo ha definido la percepción pública de Medrano durante décadas ha sido su liderazgo —la figura del director, del investigador, del guía— más que la del intérprete. Y, sin embargo, una fotografía compartida durante la jornada teórica lo devuelve a ese origen: adolescente, en secundaria, ejecutando precisamente la danza de la chancleta.

 Ese hallazgo, revelado en la investigación de vida presentada por Mayloisi Mejía, no solo humaniza al director, sino que permite comprender la continuidad profunda de una obra que no nace en la abstracción, sino en la experiencia vivida. Desde sus primeras incursiones en grupos aficionados, pasando por su pertenencia al conjunto Siboney, hasta la fundación de Maraguán en la Universidad de Camagüey, se dibuja una trayectoria donde la práctica antecede a la conceptualización. Incluso su formación como ingeniero parece quedar desplazada ante una vocación que, con el tiempo, no solo se sostuvo, sino que se amplificó hasta cristalizar en Camagua en 2011, espacio donde —como él mismo ha reconocido— ha logrado consolidar su pensamiento artístico.

La jornada teórica por los 15 años de la compañía, celebrada en el Centro de Convenciones Santa Cecilia, tuvo precisamente ese valor: el de articular memoria, análisis y proyección. Desde la intervención de Armando Pérez Padrón, que situó el trabajo de Camagua dentro de una tradición más amplia de estudios del folclor en Cuba —evocando incluso registros audiovisuales de 1949 con Celina González—, hasta las reflexiones de Kenny Ortigas, que defendieron la densidad estética y antropológica de la agrupación frente a lecturas simplificadoras, se fue configurando una idea central: Camagua no es solo espectáculo, es resultado.

 Resultado de un proceso sostenido de investigación en los focos folclóricos, como subrayó Heidy Cepero Recoder, quien destacó el interés de Medrano por aprender en los espacios naturales de las tradiciones antes de llevarlas a escena. Resultado también de una ética de trabajo que apuesta por la excelencia técnica sin desligarse de la profundidad cultural. Y resultado, en última instancia, de una visión que ha sabido dialogar con públicos diversos, dentro y fuera de Cuba.

 Los saludos compartidos durante la jornada —muchos de ellos difundidos también en redes sociales— confirmaron el alcance y la resonancia del trabajo de Camagua más allá de sus escenarios habituales. Voces como la de Johannes García, quien reconoció en Medrano la construcción de una nueva estética del espectáculo folclórico sin perder la esencia, o la de la cantante Yaíma Sáez, que destacó la experiencia de interpretar La mazucamba junto a la agrupación, aportaron miradas diversas pero coincidentes en un punto: el rigor y la autenticidad de una obra que ha sabido ganarse respeto y admiración. A ellos se suman otros creadores y estudiosos que, desde distintos contextos, validan un camino sostenido sobre la investigación, la escena y el compromiso cultural.

Casi al cierre de la jornada, el gesto de Fernando Medrano adquirió una dimensión que trasciende lo escénico para inscribirse en el ámbito de la memoria cultural: la donación de objetos de la compañía al Museo Provincial Ignacio Agramonte. No se trató solo de piezas materiales —una bata cubana, una guayabera, programas, invitaciones, carteles del festival y la placa de una gira europea—, sino de fragmentos de una historia en construcción que pasan a resguardo institucional. En ese acto hay también una declaración de principios: la conciencia de que el trabajo artístico no culmina en el aplauso, sino que necesita ser preservado, documentado y compartido como parte del patrimonio colectivo.

 En ese sentido, el documental Camagua Folk Dance. Los pasos de un festival, presentado durante la jornada, se convierte en una pieza clave. No solo porque registra las cinco ediciones del evento impulsado por la compañía —desde su versión virtual en plena pandemia hasta su consolidación presencial—, sino porque funciona como evidencia tangible de una voluntad: la de documentar, de dejar constancia, de construir memoria. En un campo como el de la danza, donde lo efímero suele imponerse, ese gesto adquiere un valor extraordinario. Registrar es también legitimar.

Y es ahí donde se conecta otra de las ideas más reveladoras de la jornada: el sueño de Medrano. No se trata únicamente de sostener el festival Camagua Folk Dance, que ya ha logrado convocar a parejas de distintos países, sino de llevarlo a un estadio superior: convertirlo en un verdadero festival internacional de agrupaciones folclóricas. La aspiración, enunciada en el documental, no suena desmedida cuando se observa el camino recorrido. Más bien parece la consecuencia lógica de una trayectoria de 45 años dedicada a dirigir, formar y crear.

Porque si algo dejó claro esta celebración es que los reconocimientos —nacionales e internacionales— no son accidentes. Son la expresión visible de un trabajo acumulado, de una coherencia sostenida en el tiempo. Y también de una capacidad poco común para integrar práctica, investigación y proyección escénica en un mismo gesto artístico.

 Así, Chancleteando deja de ser solo un fragmento de espectáculo para convertirse en metáfora: del tránsito de un joven bailarín a un director consagrado; de la persistencia de una memoria corporal que se transforma en poética escénica; y de una obra que, al mirar hacia atrás, encuentra las claves para seguir proyectándose hacia el futuro. En ese equilibrio entre pasado, presente y aspiración radica, quizás, la verdadera dimensión de Camagua.