CAMAGÜEY.- Entrar a la exposición Dinosaurios de la Patagonia en el CaixaForum de Madrid en el verano de 2024 fue, para mí, como atravesar una frontera invisible. No solo una frontera geográfica —de Camagüey a Europa— sino una frontera del tiempo: millones de años hacia atrás, hasta cuando la Tierra era un territorio de gigantes.
Soy de una isla pequeña, donde la arqueología se mide en conchas, burenes, fragmentos de barro y huellas de los pueblos taínos. Nuestro pasado remoto cabe en vitrinas discretas. Por eso, enfrentarme al esqueleto monumental del Giganotosaurus, erguido como una catedral de hueso, fue una experiencia tremenda. Allí estaba ese depredador colosal que dominó la Patagonia hace más de 90 millones de años, con una mandíbula capaz de triturar cualquier idea de fragilidad.
Creemos conocer a los dinosaurios porque los hemos visto en el cine, porque los hemos sentido rugir en pantallas gigantes y perseguir jeeps en películas que forman parte de nuestra educación sentimental. Pero estar frente a un fósil real es otra cosa: allí no hay música, ni efectos especiales, ni héroes que escapen. Hay huesos verdaderos, marcas del tiempo, vacíos donde hubo músculos y vida. La verdad pesa, literalmente, toneladas de historia acumulada, y frente a ella uno entiende que la imaginación del cine apenas roza la magnitud de lo que fue real.

Pero la exposición no se limita al espectáculo del gigantismo. Entre los colosos aparece el Manidens, un pequeño dinosaurio herbívoro, ágil, casi tímido, del tamaño de un perro mediano. Sus delicados dientes, diseñados para triturar plantas, cuentan otra historia: la de la supervivencia silenciosa, la de quienes no dominaron el mundo con fuerza sino con velocidad y astucia. Me gustó pensar que, incluso en la era de los monstruos, había espacio para lo pequeño.
Caminar por la sala era recorrer un mapa desaparecido. Helechos gigantes, paisajes reconstruidos, fósiles que alguna vez fueron piel, músculo, vida. La Patagonia que se desplegó allí no fue un destino turístico, sino un territorio primordial donde se jugó una parte decisiva de la historia del planeta.
La paleontología no es solo una ciencia que clasifica huesos: es una forma de memoria. Enseña que la Tierra ha sido muchas tierras, y que nosotros somos apenas una versión reciente de una historia inmensamente más larga.
Mientras recorría la sala, no podía evitar pensar en Cuba, en Camagüey, en nuestros museos muchas veces sostenidos por la voluntad y no por los recursos. Ojalá algún día podamos acoger exposiciones como esta, donde no todo se reduzca a paneles impresos o infografías bien intencionadas, sino a piezas reales, montajes ambiciosos, tecnología y rigor científico. No es casual que detrás del CaixaForum esté un banco: una institución financiera capaz de sostener la logística, el transporte, la investigación y la puesta en escena de un proyecto de esta magnitud. Aquí la cultura no es solo un discurso, es una inversión que se ve, se toca y se camina.
Tal vez por eso la exposición conmueve tanto: porque no solo muestra criaturas extinguidas, sino modelos posibles de cómo una sociedad decide cuidar su memoria científica. Detrás de estos fósiles hay investigación, transporte, conservación, curaduría, dinero y visión. Un banco que apuesta por la cultura demuestra que el capital también puede tener una función pública, que invertir en conocimiento es otra forma de construir futuro.
Desde el archipiélago pequeño que es Cuba, y desde una ciudad como Camagüey, uno mira todo esto con una mezcla de asombro y anhelo.
Salí del CaixaForum con la sensación de haber viajado no solo miles de kilómetros, sino millones de años. Y entendí que la cultura también es eso: una máquina del tiempo que nos permite mirar hacia atrás para entender mejor quiénes somos ahora.