CAMAGÜEY.- Hay una foto que hice estos días y que, después de verla, me hizo entender mejor por qué me había quedado pensando tanto en Coraline. Mi hija acababa de hacer esa hebilla.
Durante estas vacaciones le ha dado por hacer manualidades. Mucho crochet, que terminó llevándola hasta un taller donde ha aprendido puntadas y ha compartido con otras personas; pero también tijera, paño, cinta de doble contacto, cuentas, hebillas y cualquier objeto que pueda convertirse en otra cosa.
Esta vez pidió permiso a su abuela para vaciar un pequeño pomito plástico que alguna vez fue de pastillas. Allí mi madre guarda botones. Los que han sobrevivido a camisas viejas, vestidos, uniformes, prendas que dejaron de existir mientras sus botones seguían esperando otra oportunidad.
Mi hija los sacó. Y empezó a pegar y pegar. Hizo la hebilla de la fotografía. También adornó el marco de un retrato donde estamos su papá, ella y yo. Y después me hizo una suerte de amuleto.
Yo acababa de ver Coraline (2009) con ella y no pude dejar de pensar en aquellos botones. La película fue dirigida por Henry Selick y basada en la novela de Neil Gaiman publicada en 2002. Fue realizada por Laika y es una auténtica maravilla de animación stop-motion.
Coraline no es perturbadora porque quiera asustar a los niños, sino porque utiliza el miedo para hablar de cosas bastante reales.
Coraline empieza sintiéndose desatendida. Sus padres no son malos: están ocupados, cansados, absorbidos por su trabajo. Pero para una niña eso puede sentirse como abandono. Entonces aparece ese otro mundo donde todo parece diseñado exactamente para satisfacer sus deseos: los padres alternativos tienen tiempo para ella, la comida es maravillosa, el jardín cobra vida, los vecinos son fascinantes. Y ahí está la trampa.
En la película, la Otra Madre quiere coserle botones en los ojos a Coraline. Es una de las imágenes más perturbadoras de la historia: unos botones que parecen bonitos, pero que terminan significando algo terrible. Dejar de mirar por una misma. Entregar la voluntad a cambio de un mundo perfecto.
Eso me llevó, inevitablemente, a nuestro mundo. A este verano. A estos días en que criar también significa hacerlo en medio de una policrisis que se mete en las casas por todas partes: el calor casi extremo, los apagones, las carencias, las preocupaciones, la fatiga acumulada. A veces los adultos llegamos al final del día con tan poco resto que hasta mirar requiere un esfuerzo.
Y los niños necesitan que los miremos. No que les fabriquemos una realidad perfecta. No podemos. Necesitan que los escuchemos cuando tenemos la cabeza llena de otras cosas. Que miremos el dibujo aunque estemos cansados. Que nos interesemos por esa hebilla extraña que están haciendo con unos botones que alguien guardó durante años. Que preguntemos qué significa ese amuleto que ahora mamá lleva en el bolso.
Por eso yo leería la película como una historia sobre aprender a distinguir entre lo que deseamos y lo que realmente nos hace bien. Hay otra idea preciosa: Coraline no aprende que sus padres son perfectos. Aprende algo mucho más maduro: que querer a alguien no significa que esa persona tenga que satisfacer todos nuestros deseos.
A veces me preocupa no estar prestándole a mi hija toda la atención que merece. No porque no quiera, sino porque el cansancio también ocupa espacio. Porque hay días en que una quisiera ser capaz de ofrecerles una infancia sin sobresaltos, sin que las dificultades de los adultos les rocen demasiado.
Pero no tenemos el Otro Mundo de Coraline. Tenemos este.
La fotografía me gusta porque, sin proponérselo, junta tres generaciones. Los botones los guarda mi madre. Los transforma mi hija. Y yo estoy detrás de la cámara, mirando. Es una pequeña cadena de cosas que todavía sirven.
En Coraline, los botones quieren reemplazar la mirada. Los de mi hija me recuerdan justamente lo contrario. Me recuerdan que hay que mirar. Mirarla a ella. Mirar lo que hace con las manos. Mirar cómo encuentra belleza en lo que otros dejaron guardado. Mirar cómo, aun creciendo dentro de una realidad que no siempre podemos suavizarle, sigue inventando.
No podemos regalarles a nuestros hijos un mundo sin dificultades. Pero podemos intentar que el cansancio no nos vuelva ciegos.