CAMAGÜEY.- Daylén Redondo Pérez sabe que hay cosas que duelen cuando se deshacen. Lo ha comprobado con el crochet, después de pasar horas haciendo una pieza y descubrir que algún punto está mal. Entonces hay que destejer. Volver atrás. Desarmar con paciencia lo que tanto costó construir.

—Siempre duele. Yo no sé si dentro de algún tiempo, cuando uno lleve mucho tejiendo, no duela, pero hasta ahora siempre me duele.

Quizá por eso esta historia de madre e hija tiene algo de metáfora.

Daylén y Camila llegaron juntas al taller de Las hormigas locas, en la Casa de la Diversidad Cultural Camagüeyana, casi por casualidad. La abuela de Camila encontró en Internet la convocatoria del curso de verano, envió el enlace y Daylén le propuso a su hija venir juntas. Ninguna sabía hacer crochet.

Fueron hasta la sede de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA), se inscribieron y comenzaron.

—Era por venir a un curso de verano. Empezamos y nos gustó.

Pero no imaginaban cuánto más podían encontrar entre hilos, agujas y puntos.

Daylén es bailarina. Estudió danza en la Escuela Vocacional de Arte (EVA) Luis Casas Romero y luego alcanzó el nivel medio en la Academia de las Artes Vicentina de la Torre, donde se formó como profesora.

Su carrera la llevó primero por los escenarios más cercanos: la playa Santa Lucía, el cabaré Caribe en la ciudad de Camagüey; Ciego de Ávila y casi todos sus hoteles de los cayos.

Pero también hubo un momento en que la bailarina que había nacido y se había formado en este pedazo tropical cruzó otras fronteras. Bailó en Turquía. Bailó en Dubái. Dos destinos que, dichos así, caben en una línea.

Pero detrás de esos nombres hay una distancia enorme: otros idiomas, otras costumbres, otros públicos, otras maneras de entender el espectáculo. Para una artista formada en Camagüey, llegar hasta allí significaba llevar su cuerpo y su oficio mucho más lejos de la escuela donde comenzó a formarse, entrar en circuitos culturales diferentes y hacer de la danza un modo de conocer también otros mundos. Después regresó.

Ahora dice que no está ejerciendo, aunque, en realidad, vive alrededor de la danza. La de su hija.

Camila estudia en la EVA y acaba de pasar para quinto año, equivalente al noveno grado. La madre, que conoce las exigencias de esa profesión desde dentro, la observa con un ojo que no puede dejar de ser crítico. La corrige. Mucho.

Es que Camila parece haber heredado una historia que empezó antes de ella.

Cuando Daylén no está señalándole un brazo, una postura o algún detalle de la disciplina, lo hace su hermana, instructora de arte. La abuela también participa de ese tribunal familiar y amenaza, entre bromas y sacrificios, con sacar a la niña de la escuela, aunque es la primera en cuidar lo que come y recordarle que debe mantener la disciplina del cuerpo.

Camila creció rodeada de mujeres vinculadas a la danza. Pero llegar hasta la escuela de arte no fue algo que Daylén diera por seguro.

Desde pequeña, la niña estuvo en gimnasia. La madre quería que tuviera opciones, que pudiera elegir. Un día, en el centro de promoción del Ballet de Camagüey, mientras Camila probaba la danza española y el ballet, la profesora María Herminia de la Torre —Minita— la acercó a las clases de danza contemporánea.

Después llegó la recomendación de Geisel Agüero, entonces profesora de danza contemporánea y hoy docente en la EVA: que se presentara a las pruebas de ingreso.

Daylén dudó. Había estudiado allí. Conocía las exigencias. Sabía lo que significaba presentarse a una prueba de captación y, sobre todo, conocía a su hija.

—Por el ojo clínico de madre que también bailó, dije: no la voy a presentar para que pase pena, para que me la desaprueben.

Pero en casa le hizo una pregunta.

—Tú dime: ¿quieres hacer las pruebas de la EVA?

Camila dijo que sí. Y entonces comenzó otro entrenamiento.

Daylén la llevó consigo al gimnasio. Buscó ayuda. La acompañó en los ejercicios. Ella misma reconoce que no sabía qué rutina podía hacer una niña de nueve años, pero encontró quien la orientara y Camila se puso para la cosa.

Para Daylén, que conoce desde dentro las exigencias del cuerpo en la danza, aquello también fue un desafío.

En agosto, cuando comenzó a ir al gimnasio, Camila pesaba 46 kilogramos. En noviembre, cuando llegó el momento de las pruebas, pesaba 35. Once kilogramos menos en unos meses. La cifra tiene para su madre el peso de todo el esfuerzo que hubo detrás: el gimnasio, los ejercicios, la alimentación, la disciplina, la voluntad de una niña que había decidido que quería intentarlo. No era solamente una preparación física: era la manera en que ambas se tomaban en serio aquella posibilidad.

Camila corrió su suerte. Y tuvo la dicha de conseguirlo. Ahora está allí. Y la madre vuelve a estar cerca de una bailarina. Solo que esta vez no es ella quien sube al escenario.

—Yo ahora no estoy ejerciendo, pero vivo la vida de ella.

Quizás esa frase explique buena parte de lo que ocurre entre las dos. Porque Daylén se hizo madre mientras bailaba, y la historia de aquella maternidad estuvo marcada por las distancias.

Entre los bailarines, cuenta, existía una especie de certeza compartida: había que tener los hijos muy jóvenes para poder continuar la carrera o esperar hasta el momento de retirarse. Tenerlos en medio de esos años en que todavía se está bailando podía hacer difícil regresar.

Ella decidió tener a Camila joven. Quería ser madre y luego volver a bailar. Y así lo hizo.

Cuando decidió regresar al trabajo, su mamá se ocupó de Camila casi a tiempo completo. Daylén comenzó en el cabaré Caribe, en la ciudad de Camagüey. Pero ellas vivían en Esmeralda, otro municipio de la provincia. Así que, cuando terminaba su trabajo, comenzaba otro viaje: el de regresar a casa.

Los fines de semana corría hacia Esmeralda para ver a su niña. Después se mudaron para la ciudad de Camagüey y llegó otro destino laboral, todavía más lejos: Ciego de Ávila, otra provincia. Cada once días tenía pase. Entonces regresaba y pasaba tres días con su hija.

Entre una ciudad y otra, entre una provincia y otra, entre el trabajo y la casa, la maternidad también se le fue llenando de distancias.

—Casi que la ha criado mi mamá, como aquel que dice.

Daylén recuerda aquellos años sin dramatismo, pero con una especie de deuda íntima. Cuando podía, llevaba a Camila al parque. Buscaba lugares para estar juntas. Intentaba recuperar las horas que el trabajo había puesto lejos.

—Y creo que es lo que estoy haciendo ahora.

Por eso el crochet no es simplemente un curso de verano. Ahora las dos se sientan juntas y aprenden. Se ríen cuando alguna hace algo mal. Se corrigen. Deshacen. Vuelven a empezar.

A veces Camila se adelanta y le enseña a su madre algún punto que aprendió primero. Otras veces, cuando la niña falta a clase por los ensayos de la escuela, Daylén toma lo aprendido y luego se lo explica.

La profesora Evelin Méndez debe haber aprendido ya que en esta familia los aprendizajes circulan en varias direcciones. Y que hasta destejer puede ser una experiencia compartida.

Daylén sonríe cuando cuenta que se toman fotografías mientras tejen.

—Yo le digo a ella y ella se ríe: tiempo de calidad.

La frase parece sencilla, pero contiene toda una historia. A veces Daylén se fotografía con Camila para conservar esos momentos. Para tener recuerdos de las dos sentadas juntas, haciendo algo que ninguna sabía hacer cuando llegó al curso.

Hace poco, Camila tuvo una sesión de fotos con una fotógrafa. Y fue ella quien pidió que su mamá también apareciera. Porque para una hija de bailarina, una madre que también fue bailarina no es solamente una madre.
Es una memoria. Es una referencia. Es alguien que conoce el sacrificio de los pies, la disciplina del cuerpo, las horas de ensayo y la vida que se va detrás de un escenario. Pero ahora también puede ser una compañera de crochet.

Camila, incluso, ya piensa en el futuro. Más allá de lo aprendido en el taller, busca por Internet nuevas formas de hacer las felpitas, muñequitos y otras piezas. Dice que quiere emprender.

Daylén la escucha y hace lo que hacen las madres cuando sus hijos encuentran una nueva ilusión: comprar hilos, buscar materiales, intentar que el sueño encuentre con qué sostenerse.

—A ver si el emprendimiento da frutos para atrás —dice entre risas.

Y mientras Camila piensa en lo que puede llegar a hacer con sus manos, Daylén parece haber encontrado algo que no estaba buscando cuando aceptó aquel enlace que le mandó su mamá. No era solo aprender crochet. Era sentarse junto a su hija. Verla crecer. Acompañarla en la danza que ella misma conoció. Dejar que ahora sea Camila quien, de vez en cuando, le enseñe un punto. Y construir juntas, con paciencia, una memoria nueva. Una que no haya que recuperar después. Una que esté ocurriendo ahora.