Transformar los problemas de la tierra, la industrialización, la vivienda, el desempleo, la educación y la salud del pueblo, junto a la imperiosa necesidad de conquistar las libertades públicas y la democracia política, fueron los puntos que marcaron el rumbo de quienes el 26 de julio de 1953 fueron a “jugárselo” todo en los asaltos a los Cuarteles Guillermón Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

De tales principios escribió Fidel Castro en su alegato de autodefensa ante el juicio del Moncada y los convirtió luego en el ABC de la Revolución cubana.

Más de cinco décadas después de aquel primero de enero de 1959, la Revolución ha logrado avanzar notablemente en casi todas las áreas. Solo en la vivienda, a pesar de que se han tomado medidas, los resultados son todavía muy insuficientes y ni siquiera se asemejan a los logros de esferas como la salud, la educación y la entrega de tierras.

Tales conquistas incuestionables no quieren decir que está todo hecho. En este tiempo que vive Cuba, marcado por las dificultades económicas y por importantes retos ideológicos, necesita, tal vez como nunca, que todos sus hombres y mujeres, especialmente los jóvenes, continúen trabajando en las ideas del Programa del Moncada.

Qué diferente fuera este archipiélago si cada uno de nosotros en el lugarcito donde laboramos entregáramos lo mejor en cada jornada. Pienso entonces en la salud pública, por ejemplo. La dificultad mayor en ese sector no es que escaseen hospitales, policlínicas o consultorios del médico de la familia, pero sí hay problemas en la calidad de los servicios. Falta a veces la atención humana y desinteresada de algunos galenos. ¿Cómo entender que existan médicos que sean capaces de ir a los lugares más intrincados del planeta a hacer su trabajo y que aquí dentro maltraten a su paisano?

Un tanto parecido ocurre en la educación, donde la familia cubana demanda que los maestros de sus hijos, sobrinos y nietos, tengan mejor preparación y sean ejemplo, pero a su vez no quieren que sus retoños estudien magisterio. Esa contradicción ha provocado que en varias provincias del país, incluyendo la nuestra, se adolezca de educadores.

También la tierra necesita de gente laboriosa, bien decía Martí que “si el hombre sirve la tierra sirve”. No me refiero solo a las grandes extensiones, sino a ese amor perdido por cultivar, por aprovechar el patio y el jardín para sembrar las hortalizas y especias del hogar. Hay mucha maleza a lo largo y ancho de este verde caimán.

En cada uno de los seis puntos fundamentales de los cuales habló Fidel hay acciones que dependen de los recursos y voluntades que la dirección del país ponga en ellos, pero hay otras muchas que son muy subjetivas y que deciden también la satisfacción y calidad de vida del pueblo.

Hace pocas jornadas concluyó el X Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas. Allá, en los espacios formales e informales, se habló de lo que le interesa a los jóvenes, que es todo, defensa de la patria, enfrentamiento a la subversión, Internet, educación, cultura, economía, recreación, del déficit de vivienda y hasta de los altos precios del transporte, el agro o la canastilla…

En los debates de la Cuba que vivimos y la que queremos, nos acompañaron los ministros y las principales autoridades del Partido y el Gobierno en el país, encabezadas por el General Presidente Raúl Castro Ruz. Con respeto escucharon nuestras inquietudes, en algunos casos dieron respuestas y en otros se comprometieron a darles seguimiento.

Entre las pautas que marcó el Congreso están la intención de rediseñar la forma en que la Unión de Jóvenes Comunistas atiende las inquietudes y planteamientos de los niños, adolescentes y jóvenes.

Hay quien puede preguntarse ¿qué tiene que ver el Moncada con el seguimiento a los planteamientos de las muchachas y muchachos? Sucede que para quienes fueron a luchar entonces por la vía violenta, esa era su única opción para transformar la nación, mientras ahora podemos hacerlo de una manera diferente.

También nosotros hoy nos preguntamos ¿qué sociedad queremos? Y la respuesta es una por y para los humildes, donde se pondere el ser y no el tener, la soberanía y no el sometimiento, la cultura y no la banalidad, la solidaridad y no el individualismo, el patriotismo y no la imposición extranjera. Queremos una sociedad próspera y sustentable.

Para cambiar las cosas que están mal tenemos que participar, con mayúscula. Los jóvenes no podemos ser “sinflictivos”, hay que cuestionar, proponer, pero ser ejemplo también. Cómo vamos a criticar la corrupción y ser estudiantes fraudulentos o arremeter contra los dirigentes y no estar dispuestos a asumir una responsabilidad si es necesario. Hay que tener correspondencia entre el decir y el hacer. Vivimos actualmente un país muy diferente al de la Generación del Centenario, pero esta Cuba sigue demandando de sus jóvenes nuevos Moncadas.

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