No creer supersticiones es un acto que libera. La peor amarra del homo sapiens es no “sapier” qué lo sujeta o lo conduce. Hasta ahora, yo he evadido ese nudo, pero a veces –quizás por aquello de que mi carne es flaca– dudo y siento que pago bien caro mi falta de fe.
Recuerdo que aquel día de otoño de 1995, en París, miré burlón a los turistas que en plena Plaza de Parvis, frente a la Iglesia de Notre-Dame, hacían fila vigilados por las gárgolas para tocar con sus zapatos la pieza empotrada entre adoquines que marca el Kilómetro Cero de La Ciudad Luz.
—Quien lo pise –insistían los guías turísticos– volverán alguna vez a París.
Apartado del barullo, yo sonreía. Aquello me pareció gracioso, un robo mediático más, un souvenir verbal para entretener a paseantes encandilados que nunca cerraban la boca, una postal, otra, con la cara bonita del capitalismo (¡oiga, al menos por fuera, por sus muslos firmes y piernas bien plantadas, por sus labios rojísimos y dientes casi perfectos, por sus ojazos azules y par de erguidas… pestañas, el capitalismo es bello en París!).
No se alarmen mis amigos: sigo firme, dudando de los milagros. Aún creo que esas radiantes bellezas citadinas en buena parte nacieron y crecieron –y tomaron ese cuerpo de femme de mauvaise vie–, de robarle tantas veces la cartera al Tercer Mundo, pero no voy a negar que de vez en cuando, donde yo solo me veo, me pregunto por qué demonios no le di una pisadita a aquel pedazo de bronce. (Tomado de El caimán sin muela).















