Nunca pensé ser testigo de práctica tan sublime, pero a veces la vida se aburre y, para variar, nos hace seres privilegiados. Resulta que este martes me levanté más temprano que de costumbre y fui al Hospital Amalia Simoni, a esperar, para hablarle, a un hermano que allí habría de consultarse.
Llegué lleno del frío de enero y, mientras el sol me alcanzaba, le vi por primera vez, disponiendo instrumental: al aire libre, el novel cirujano comenzó a prepararse para unas intervenciones. Primero tomó el atuendo, después se secó el sudor, luego miró los afilados instrumentos con una pose redundantemente doctoral. Y siempre, siempremente siempre, le auxiliaba ―le arropaba, con toda la propiedad del término― una muy grácil doncella.
Mi hermano llegó, pero en lo cerca de una hora que estuvimos charlando yo no dejaba de mirar aquel prodigio de manos más que entrenadas: las incisiones eran hermosas, matemáticas y artísticas, perfectas... todo un alarde de empleo de nanotecnologías.
A resultas, no se podía temer el menor desvío del rumbo de la cuchilla. Lo confieso: tal vez en algún momento me perdí algo de lo que mi hermano dijo, pero aun así estoy satisfecho. Yo lo vi con estos ojos de postear: aquel muchachote podría reiniciar sin titubeos el cerebro de Bill Gates, o mejorar de un corte la vida de Stephen Hawkins. Si las lascas del jamón que allá vende le salen tan delgadas... ¿quién se atreve a dudar de su rigor profesional?
Tomado del blog El Caimán sin muela















