CAMAGÜEY.- Mateo no ha nacido aún. A esta altura ni siquiera ha sido concebido. Él es, ahora mismo, la ilusión de una pareja que siempre ha soñado con un “machito” en casa. La futura mamá ya lo piensa como el guardián de la hermanita que deberá llegar después, mientras papá lo imagina corriendo por el campo de fútbol de su barrio e inventando piropos simpáticos para las niñas bonitas. Mateo no existe todavía y ya hay todo un guion listo para que lo protagonice.

Mucho se habla y escribe sobre el precio que pagamos nosotras por formarnos en sociedades machistas, donde tenemos que librar constantes batallas para no ser esclavas de las voluntades masculinas e incluso de la noción de mujer, tan estigmatizada. Pero ¿pierden menos los varones, también con un rol signado por su sexo y no sus identidades propias? Por supuesto que no, el patriarcado también los predestina y por ende mutila su libertad.

Basta saber que llegará un nuevo niño al hogar. De inmediato el universo que lo espera empieza a teñirse de azul y el cajón de los juguetes a llenarse de carritos y pistolas. Nadie sabe si luego adorará el color rosa o querrá hacer de sastre, cocinero o peluquero, mas tendrá que esperar un buen tiempo para poder decidir.

Pasarán unos cuantos meses y algún pariente alabará el tamaño de sus genitales o le buscará varias novias en el vecindario o el círculo; alguien le enseñará a defenderse desde chico a los puños y censurará las lágrimas explicándole que son “cosa de niñas”. Y ¡ay de él si en el juego de las casitas no se sienta a esperar la comida periódico en mano!

De jovencito será suya la responsabilidad de enamorar a las muchachas y la de preparar su billetera para proveer a la novia. Para mostrar su “hombría” cederá a la presión social y probará bebidas que no siempre disfrutará o será promiscuo aunque ame a una sola mujer. Y años después, tras el trabajo, cumplirá la “misión” de castigar a los hijos, porque ante las travesuras, su esposa les habrá advertido: “prepárense para cuando llegue papá”.

Todo está escrito. No por la sabia naturaleza, ella solo dispuso que sería varón. El matrimonio entre sexo y género lo condicionamos los humanos. Fue nuestra la decisión de marcar tantos límites entre lo femenino y lo masculino, son de nuestra autoría todos los tabúes y por tanto está en poder nuestro la “deconstrucción” de esos esquemas.

El tiempo ha demostrado que es posible, pues hace unas décadas nadie imaginaría que los “pepillos” vestirían short corto o camiseta floreada, posarían para fotos de quinces, afeitarían su cuerpo o depilarían sus cejas. Todo eso fue en un cercano pasado la antítesis de la masculinidad, mas está demostrado que encasillar siempre es un error. Hay tantas maneras de ser hombres como hombres existen porque son el contexto, las experiencias, los gustos… y no el sexo, lo que conforma en cada individuo su identidad de género.

Quizá Mateo, en lugar de jugar con pistolitas, robe a la hermana una muñeca para “dormirla” y ser menos torpe que su padre cuando tenga hijos. O tal vez, en lugar del fútbol prefiera la danza, y sea de los que elija llorar de impotencia antes de pegar a otro. No será por eso menos masculino.

Aunque desde 1999 comenzó a festejarse el Día del Hombre cada 19 de noviembre, en Cuba la celebración no suele ocurrir, al menos no con la gala de otras. Valdría la pena hacer nuestra esta tradición, para continuar retando esos cánones tradicionales que atentan contra la autonomía individual.

Valdría la pena, también, empezar a ver cuán plurales son los grupos humanos, no para que Mateo sea totalmente diferente a lo que imaginan los suyos o al modelo de hombre que se han construido, sino para que en esta película que es la vida interprete, sin temores ni angustias, un guion escrito por él mismo.