CAMAGÜEY.- Mucho se habla actualmente, sobre todo en el campo académico, de las ventajas incuestionables que ofrecen las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, de internet.

Cierto es que por esas coordenadas se encuentra el presente y el futuro del hombre; pues no se trata únicamente de la invención en sí misma, sino de todo lo que ella genera y ha de generar para el continuo desarrollo de la especie.

El fenómeno de la web 2.0 y los dispositivos móviles es en esencia el de la comunicación, el de la histórica necesidad del hombre de interactuar, de compartir. Mas esa realidad supone una mirada más profunda: ¿a qué aspiramos, qué suscitamos inmersos en tamaña “red” de discurso de todo tipo (escrito, visual, auditivo)?

Cada vez es mayor la presencia en las redes sociales de retratos que “gritan” a lo Edvard Munch la intimidad de las personas; además de mostrar los sitios que visitan, el contenido de las instantáneas persigue hacer partícipe a todo el que lo desee de la vida de sus “protagonistas”, de sus costumbres, de sus espacios más hondos. Y para nada propongo con este comentario desterrar o condenar las necesidades de interrelación, de comunicación, somos a fin de cuentas, seres bio-psico-sociales, nos desarrollamos en sociedad, pero como entes al fin no debemos descuidar tampoco la mesura, la prudencia...

En los tiempos que corren ya poco se mantiene oculto. Esta, parece, no es la época de lo púdico, de lo personal. Sin detenerme en otras irresponsabilidades ligadas al uso de las tecnologías, en ello me ha hecho pensar la manera en que muchos asumen hoy las relaciones de pareja; más allá de los escándalos de famosos, esos que son blanco de la la industria del entretenimiento, las revistas de farándula, el periodismo rosa.

Porque la Belkis de la recién concluida telenovela cubana Cuando el amor no alcanza no es solo creación de Maité Vera (guionista); “escenas” como las que ella vivió luego de su incursión en la memoria flash suceden a diario y no son tan de la ficción. Conozco historias en las que las más perjudicadas (las féminas) han tenido que acusar al otro involucrado mediante procesos judiciales por divulgar vídeos o fotos sin su consentimiento; otras que han abandonado el lugar donde viven por la vergüenza de saberse completamente “desnuda” ante sus coterráneos.

No es este un comentario para condenar el erotismo que aviva las relaciones; como me dijera alguien joven y sensato ante mi inquietud por conocer su opinión al respecto: “es una forma de estimular la relación, de reinventar el acto y la pasión que nos une a la pareja, de hacer cosas diferentes, de no caer en la monotonía; todo depende del diálogo y la confianza que exista entre ambos, que es lo más importante para prever lamentables desenlaces”.

Pienso, esos ejemplos que circulan son pornografía porque graban en archivo digital vivencias privadas, la hechura de la sexualidad, y porque también exhiben, sin pudor, además de los cuerpos y las prácticas, una intimidad que es solo de dos. Esa, la pornografía de los afectos, de nuestras esencias y sentires, sin dudas, es mucho más denigrante.

Son diversas las circunstancias de estos incidentes, lo sé. Algunos, producto de infortunios y casualidades; otros, de malas intenciones y causalidades. Pero, en todos los casos lo mejor es no dejar resquicio que devenga desagradable consecuencia.

Ya lo dijo Buena Fe en su canción Ojeo: “Testimonio de los cuerpos, eslabones de cadenas... y aunque sienta pena ajena no se deja de mirar conocidos encendidos, resultado no calculado...Filma con los ojos, pa' que recuerdes con el cerebro ”.

En términos de fotografía lo aconsejable sería capturar la “imagen” en formato HD (high definition): mejor calidad, mejor nitidez; solo que a través de ese lente ideal que propone el popular dúo para grabar las confidencias de los cuerpos y las almas y dejar bien cerca nuestro las constancias.

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