En mi caso asistía a un seminario de periodistas latinoamericanos auspiciado por la Organización Internacional de Periodistas (OIP), entre los que se encontraban peruanos, argentinos, colombianos y cubanos, cuyo primer destino fue Hungría, después Checoslovaquia, la República Democrática Alemana y finalmente la URSS.

A raíz del triunfo de la Revolución cubana y la creciente hostilidad norteamericana, afortunadamente se estrecharon los lazos de todo tipo con los soviéticos, algunos de ellos como el suministro de petróleo cuando las compañías estadounidenses asentadas en la Isla se negaron a refinarlo, fueron vitales para la existencia del proceso cubano.

En estos intercambios la literatura de la Segunda Guerra Mundial y el papel heroico de los pueblos de la URSS durante esa conflagración, nos invadió, relatando sus hazañas, quizá con la intención de que bebiéramos de esa fuente en el desigual enfrentamiento que ya librábamos con el poderoso enemigo del norte.

La batalla de Leningrado nos impresionó sobre manera, la enorme capacidad de resistencia de ese pueblo que padeció 29 meses de feroz bloqueo alemán, sistemáticos bombardeos, sin alimentos ni agua, con temperaturas frías bajo cero de hasta 40 grados, lo cual dejó en nosotros una huella imborrable.

Por ello, estar allí, 24 años después que el último grupo de soldados alemanes fue sitiado y rendido en la fábrica Octubre Rojo, y recorrer las mismas calles en las que se combatió cuerpo a cuerpo, en “táctica de proximidad” para impedir la acción de la aviación, y casi a través del relato ver salir a los soldados, muchos de ellos bisoños, de las ruinas y los sótanos de los edificios semidestruidos para atacar de noche al enemigo, fue tremendamente aleccionador acerca del carácter sangriento de esta batalla, que según los historiadores, marcó el viraje del curso de la guerra hasta esos momentos y colocó al Ejército Rojo a la ofensiva.

Según los cálculos, en Leningrado se estrellaron parte de las mejores divisiones nazis que habían sido trasladadas del fracasado cerco a Moscú por orden de Hitler, y de ellas 1 millón 500 000 soldados y oficiales perecieron en la contienda, además de las cuantiosas pérdidas materiales bélicas.

De los 27 millones de soviéticos que murieron en el transcurso de la llamada Gran Guerra Patria, a los leningradenses les tocó ofrendar un millón y medio entre soldados y civiles, una parte de ellos sepultados en un impresionante cementerio con largas hileras de tumbas, que visitamos en medio de temperaturas bajo cero y envuelto en una niebla que acentuaba el carácter mítico y solemne del camposanto.

Fundada en 1589 como Tsaritzyn, fue la primera capital rusa, a raíz de la muerte de Lenin se le bautizó como Leningrado, para recuperar  posteriormente el actual San Petersburgo.

Algunos historiadores, sobre todo occidentales, han tratado de restarle importancia a la batalla de Leningrado, denominándola como una más de la conflagración mundial, como han querido hacerlo también con el papel decisivo de la URSS en la derrota del nazifascismo, cuyo 70 aniversario se celebrará este 9 de mayo y para orgullo de los cubanos, en la tribuna conmemorativa de la victoria de la Gran Guerra Patria, en la Plaza Roja, Moscú, estará nuestro presidente Raúl Castro, simbolizando la estrecha amistad que nos une al pueblo ruso y a los demás pueblos de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, cuya solidaridad no olvidaremos nunca.

La historia está escrita y no se puede falsear ni desnaturalizar. Leningrado ganó con el arrojo, la valentía y la sangre de su pueblo el título de Ciudad Heroica, y nadie, por mucha miopía que traten de engendrar, podrá cambiar esta realidad de la cual me enorgullezco haberla conocido de primera mano.

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