Asistimos ahora a la VII Cumbre de Las Américas porque fue un reclamo de la mayoría de las naciones hermanas de Latinoamérica y el Caribe en el cónclave anterior, porque aceptamos la cortesía del actual anfitrión, el presidente panameño, y fundamentalmente para que nuestra voz sea escuchada.

Los episodios recientes de la no acreditación de más de una veintena de nuestros delegados al fórum paralelo sobre las sociedades civiles, y la aceptación en el evento de mercenarios y asesinos, motivan una nueva reflexión en torno a esa historia suscrita por nuestra Patria durante aquellos días en que fue expulsada de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Recién comenzaba el año 1962 y los Estados Unidos se enfrascaban en aplicar un grupo de medidas drásticas para continuar asfixiando a nuestra joven Revolución, la que ya había emprendido el camino de la construcción del socialismo.

Lo primero que hicieron nuestros enemigos fue buscar el apoyo de sus aliados, de modo que no aparecieran ante la opinión pública mundial como los únicos agresores, y que cualquier decisión fuera producto del consenso, o al menos, con la aprobación de la mayoría de los gobiernos del Continente.

Es oportuno abrir un paréntesis para recordar que durante los primeros años de la Revolución Cuba fue excluida de bloques y organizaciones económicas internacionales importantes, dada la influencia que en ellas tenían los señores del Imperio.

En Punta del Este, Uruguay, fue convocada una reunión de la Organización de Estados Americanos, en la que, mediante presión política y chantajes económicos sin procedentes, y con la complicidad de un grupo de los más desprestigiados representantes gubernamentales del área, los Estados Unidos logran expulsar a Cuba del cónclave el 31 de enero del referido año.

Entonces 14 naciones se plegaron al imperio, aprobando 4 resoluciones que en sus textos rechazaban la doctrina marxista leninista, y por ende a Cuba por haber emprendido el camino del socialismo. Otros seis países (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador y México) manifestaron sus abstenciones, lo que denotaba al menos su no sometimiento a los dictámenes yanquis.

Con la excepción de México, el resto de los países latinoamericanos rompieron relaciones diplomáticas con nosotros; quedaba consumada una nueva agresión contra Cuba.

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