CAMAGÜEY.- Caballero, por ahí viene la guagua”. La frase podría ser fácilmente comparada con el “tierra a la vista” de los marineros o con la pistola que se dispara antes de iniciar una carrera. Los atletas se preparan, sacan de sus bolsillos la moneda mágica y se aventuran al peligroso y ridículo circo que es llegar a su destino.

Los codos se enfilan, los cuerpos se unen en bloque inmóvil, el sudor va y viene. La puerta se abre y la avalancha se torna violenta. Todos quieren subir y alcanzar asiento, aunque la mayoría se conforma con un frío tubo al que asirse. Pero lo peor no es vencer el obstáculo terrible de la escalera; lo más complejo será sobrevivir a cada parada.

Es realmente un circo la guagua. Aunque contorsionistas resultamos todos, los más admirables son los que van en la puerta. ¿Su fórmula?, quitarse la mochila. También hay varios malabaristas que logran sujetarse con ambas manos mientras cargan una cartera, una sombrilla, un maletín, y hasta equipos electrodomésticos.

El domador es el chofer; su ayudante, la típica persona que intenta organizar la manada con el clásico: “¡Caminen, que el carro está vacío!”. Así es como el ómnibus se convierte en una “Tardis”, que en la serie de ciencia-ficción Doctor Who, es una puerta azul cuyo interior es más amplio que el exterior.

Tal vez piense en qué cocinar esta tarde, o tenga mal de amores, pero la guagua local tiene el poder de sacarlo de sus problemas, porque en el mismo segundo en el que sube, sus únicas preocupaciones serán no caer ante los frenazos, amortiguar los golpes de los codos y no ahogarse en el sudor ajeno.

Quizá los romanos hayan tomado muchos pueblos, pero yo admiro más a los héroes anónimos y sin transporte que cada mañana se aventuran a la guagua y al bajarse, orgullosos de su batalla, con la respiración intranquila y los brazos adoloridos, van pensando que por la tarde tendrán que volver al circo.