CAMAGÜEY.- El lunes, a Claudia casi la arrolla una bicicleta que venía en contra del tránsito. Cada tarde, Josué pone la música para el barrio sin importarle nada más. Martes y jueves, Oscar bota la basura en la esquina, con el consabido “y qué, no hay dónde echarla”, y cuando recorres algunos puntos de venta de los cuentapropistas, hasta un avión en piezas venden, a la vista de todos.

Hay cuadras que parecen candongas, con carretilleros de viandas que las ofertan como si las hubieran importado de Rusia, y con el (re) vendedor de pan, quien acapara cada día más para después, frente a la misma panadería, pregonar el pan suave a cinco pesos.

Transitar por la calle Maceo te vuelve experto en carrera con obstáculos, ya que cada dos segundos debes sortear un “zapatillas, ropa, chancletas, ollas de presión…”, barreras publicitarias de “fábricas particulares” de ollas, materiales de construcción, detergentes o batidoras. En la Plaza de los Trabajadores, los usuarios de la Wi-Fi, para estar cómodos, se acuestan hasta en las áreas verdes, y el Parque Agramonte, en las noches, provocaría infartos.

¿Inventos? Ojalá, son ejemplos de varias indisciplinas, irregularidades que cotidianamente pueden encontrarse en cualquier esquina de Camagüey y que al parecer no tendrán coto. Multar, hacer pagar a los culpables bien pudiera ser una opción que limitaría el libertinaje. Entonces, ¿por qué en la provincia, durante el primer semestre, se impusieron 1 690 multas menos que en igual período del año anterior? ¿Acaso hemos cambiado? ¿Disminuyeron las infracciones o estamos más “relajados”?Las fechorías se extienden a todo el territorio; sin embargo, las imposiciones de multas en ocho de los trece municipios decrecieron respecto al 2017. La policía en este año impone 4 000 menos por concepto de contravenciones.

Es cierto que multar no es la solución a todos los problemas, y hay quien hace caso omiso, porque le es negocio pagar y seguir pa’lante, pero bien pudiera ser esta una buena manera de ponerle el cascabel al gato. Tampoco se puede ser complaciente con las 2 600 multas de más que exhibe la Dirección Integral de Supervisión (DIS).

El panorama descrito en estas líneas se ve a diario por nuestras calles, las mismas por las que caminan también los inspectores que las toleran, o se hacen los de la vista gorda, pasan la mano una y otra vez y algunos hasta caen en manifestaciones de corrupción. Continuar depurando el cuerpo de inspectores, exigirle mayor seriedad y compromiso con su labor, mantener una adecuada rotación y enviarlos a los lugares más complejos bien pudieran mejorar la imagen de estos ante el pueblo que, al final, es quien sufre las ilegalidades y paga por el mal trabajo de otros.

Mientras la ciudad y el patrimonio siguen sufriendo indolentes indisciplinas que van más allá de construcciones ilegales que nadie ve, como si se hubieran edificado de un día para otro. Y qué decir de quienes obstruyen las aceras, rompen las calles, botan escombros y no pasa nada; y de los dueños de vehículos y motos que andan por las arterias de esta urbe muy mal calibrados, esparciendo las partículas del dañino monóxido de carbono, y a los que le quitan el silenciador al tubo de escape para que “ronque”, como si no hubiera suficiente contaminación sónica a nuestro alrededor.

Este es un tema complejo, que requiere del esfuerzo de todos, porque no hacemos nada si se penaliza y después no se cobra; así solo gana el irrespeto por encima de lo educativo. No se trata de salir de campaña a imponer multas para cumplir un determinado plan, porque el efecto sería todo lo contrario, tal como ha sucedido otras veces.

Es tiempo de pensar, de atender a ese ser humano que aplica las multas, de revisar la infraestructura que tienen las oficinas de cobros, las condiciones de trabajo y el completamiento de sus plantillas, principales dificultades que hoy atentan contra su buen desempeño.

¿Multar para qué? Pues de eso se trata, de lograr que cada cual cumpla su parte del deber con sistematicidad, con respeto a lo que hace, cumpliendo las normas. No se puede seguir siendo tolerantes con lo mal hecho, así se empeña el futuro y el bienestar de la sociedad.

.