CAMAGÜEY.- El lema “juntos haremos historia” que enarboló Andrés Miguel López Obrador en su campaña electoral hacia la presidencia de México comienza ya a materializarse a partir del arrollador triunfo obtenido el pasado 1ro. de julio, donde el pueblo azteca acaba de elegirlo como Mandatario con más del 53 % de sus votos.

 Esta vez las encuestas que lo daban como ganador no se equivocaron, como tampoco los que vaticinaron que a la tercera iba la vencida en referencia a las dos anteriores veces que López Obrador participó en procesos electorales como candidato a la presidencia del país,  y la victoria le fue arrebatada con procedimientos fraudulentos y amañados.

El hecho de que en sus primeras declaraciones haya dejado sentado que se considera presidente de todos, pero con apego a los pobres y que la lucha contra la corrupción a la que considera la causa de la pobreza y la violencia en el país será sin cuartel, enrumba la dirección de su gobierno en los próximos seis años, después que asuma la primera magistratura el 1ro. de diciembre del 2018.  

El contundente triunfo del candidato del Partido Moreno (Movimiento de Revolución Nacional), consideran los especialistas que constituye el primer paso para el proceso de cambio que demanda la nación, signada por la pobreza extrema de unos 54 millones de sus hijos y por una violencia que ha cobrado decenas de miles de vidas en un marco de total impunidad con la anuencia de un poder empresarial, industrial y político minado por la corrupción que hace crisis en sus instituciones gubernamentales.

Es cierto que con la mayoría alcanzada en las dos cámaras legislativas podrá contar con mayor holgura para emprender los cambios profundos que ha prometido, pero con apego a la ley ha dicho sin propuestas de nacionalizaciones de la propiedad privada, pero sí con el objetivo de revisar los contratos del Estado con empresas, como los firmados por su antecesor en la rama del petróleo.

Tendrá por delante, además, las relaciones con los Estados Unidos tensadas en los últimos tiempos no solo por la cuestión migratoria y el famoso muro en la frontera, que ya es bastante insultante por los epítetos que les cuelgan, sino adicionalmente por la subida de los aranceles a los productos que exporta México a esa nación y la revisión del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), del cual ha dicho el Presidente norteamericano que beneficia desproporcionadamente al país azteca.

Por lo pronto, durante la conversación de alrededor de media hora entre López Obrador y Donald Trump sostenida el lunes, ambos mandatarios intercambiaron opiniones sobre el futuro de sus relaciones y el Presidente mexicano acotó sus intenciones de reducir el flujo de la emigración, para lo cual fomentará los puestos de trabajo para sus nacionales, mientras su contraparte hizo votos por un mejor entendimiento entre los dos países.

Es innegable que latinoamericanos y caribeños siguieron con renovado interés la contienda presidencial en México por la importancia que tiene este país para la región no solo por su peso económico (es la oncena economía del mundo), sino por la influencia que puede ejercer su posición política  y la toma de decisiones de las instituciones en el subcontinente, y también extraterritorialmente.

 El triunfo de López Obrador debe significar un retorno a su doctrina de respeto a la soberanía e independencia de los pueblos y a la no injerencia en los asuntos internos de otras naciones, posición que el Gobierno de Peña Nieto no observó en los últimos tiempos de su mandato, sobre todo cuando se trataba de asuntos relacionados con Venezuela.

Romper con el neoliberalismo más retrógrado que durante décadas gobernó la República de México y el causante de los males que hoy aquejan a este país, sobre todo la pobreza, la corrupción , el narcotráfico y la violencia solo podrá emprenderlo un presidente como Andrés Miguel López Obrador, hombre honrado y cabal, voluntarioso, como lo demuestra su enconada lucha por el poder para cambiar la vida de los mexicanos, la austeridad que lo lleva a renunciar al palacio de Los Pinos para fijar la residencia presidencial en su propio hogar y que lo llevará a vender la flotilla aérea presidencial y reducir los privilegios de los funcionarios de las esferas gubernamentales, extraordinario empeño para lo que estas son sus principales credenciales.