CAMAGÜEY.- Domingo caluroso cerca del mediodía, un joven entró al “Rápido” del Casino en busca de un refresco para su niña. La dependienta colaba un café cuando llegó al mostrador, esperó unos minutos, pero ella seguía en su asunto como si él no estuviera. “Señorita quiero un refresco” —dijo el muchacho—, pero el silencio fue la respuesta y prosiguió la espera. “Por favor, ¿me puede dar un refresco?” —insistió—, la mujer con toda la calma llamó a uno de los trabajadores para darle el café y le dijo a otro “hazme el favor y dale un refresco”.

El muchacho, molesto, dijo antes de cerrar la puerta de cristal “tal parece que soy transparente”. Qué pena que ese “síndrome de la transparencia” lo hemos sufrido todos o casi todos, porque a quién no lo han desatendido en espera de recibir algún servicio. Qué lástima que esta historia no es de ciencia ficción y es más regla que excepción en muchas de las instituciones que operan en cualquiera de las dos monedas.

El maltrato, el desabastecimiento, los altos precios y la mala calidad de algunos productos que afrontamos en el día a día en actividades comerciales y de servicios realizados por las empresas y otras entidades en el sector estatal, cooperativo, privado y mixto (tiendas, rastros, cafeterías, restaurantes, talleres de reparación, alojamientos, etc.), son superables.

La intención de las máximas autoridades gubernamentales y políticas del país es transformar esa realidad que tanto nos incomoda. De allí que el pasado 4 de mayo la Gaceta Oficial de la República de Cuba publicó la Resolución No. 54/2018 y puso en la palestra pública las normativas que rigen tanto las obligaciones como los derechos de los consumidores y proveedores.

La noticia de las nuevas disposiciones alegró a muchos, pues constituye un innegable pronunciamiento desde la institucionalidad para llenar los vacíos legales actuales. Que la existencia de una norma no resuelve, por sí sola, las irregularidades, sea cual sea su naturaleza, es una verdad aprehendida. Que el éxito está en su implementación consciente, en su acatamiento, sin rozar extremos rígidos o flexibles, también es certeza. Pero es preciso contar con una disposición para luego respetarla y trabajar sistemáticamente para transformar una mentalidad de mal servicio enraizada, instaurada por años de malas prácticas.

Muchas pudieran ser —y de hecho lo son— las dificultades objetivas para dotarnos de un sistema capaz de proteger con eficacia al consumidor en el sistema de comercio interno; sin embargo, la mayoría de los problemas con los que chocamos cada día son subjetivos. Tócale a Comercio, la DIS y a sus cuerpos de inspección darle seguimiento ¡de verdad! a todos los “Por Cuantos” de la mencionada resolución.

Es importante que quienes acudimos a cualquiera de estos lugares asumamos nuestra condición de consumidores desde el derecho que nos asiste a que nos dispensen un trato amable, transparente, equitativo, no discriminatorio ni abusivo en relación con las condiciones de calidad, cantidad, precio, peso, volumen, medida, y desde el deber de manifestar nuestra inquietud de forma respetuosa.

Bastantes “dolores de cabeza” son superables si quienes están “del lado de allá” tuvieran como primer propósito hacer una labor de excelencia; y los “del lado de acá” —nosotros— lo exigiéramos sin cansancio. ¿Por qué permitir que nos traten como si padeciéramos el síndrome de la transparencia?.