CAMAGÜEY.- Sé a qué huelen algunas marcas de cigarro, aunque jamás me he llevado uno a la boca, y de vez en cuando descubro que puedo completar frases de canciones de las que nunca estarían en mi lista de reproducción.

No cuento con habilidades extraordinarias ni soy la única que puede hacer esas afirmaciones. ¿Quién no sabe de familiares, amigos, vecinos y hasta desconocidos que en medio de su deleite olvidan que comparten medio ambiente con otras personas?

Los infractores puedes encontrarlos en cualquier lugar: en casa, el trabajo, la calle, ¡en las guaguas! El transporte urbano parece su hábitat idóneo. Las colas les dejan mostrar sus “dotes” abriéndose paso y en el trayecto se integran en la competencia de amplificadores de música.

A pesar de la estrechez no se quitan de la espalda la mochila, o la colocan en medio del pasillo; si pueden dan larga conversación al chofer, poniendo en riesgo su atención a la vía, y entre los ruidos y el tumulto suele haber alguien haciendo público su diálogo, al vociferar por celular o con otro pasajero.

Son muchas más las maneras de moda para transgredir espacios ajenos: están quienes toman por asalto las aceras y miran con aversión al peatón que solicita pasar; los que crían animales en zonas urbanas y no mantienen el aire libre de malos olores; quienes prácticamente narran su juego de dominó o sus conflictos familiares a todo el barrio, o los que parecen registrar cada suceso de la cuadra y disfrutan contártelo sin que le preguntes nada…

“El respeto al derecho ajeno es la paz”. No puede expresarse mejor lo que tan sabiamente dijo Benito Juárez. Mas, cuánto cuesta a algunas personas comprender que a veces, sin querer, sumidas en sus necesidades, afectan a los demás. Y a cuántos, para colmo, les molestan los justos reclamos.

No quiero una sociedad como las de otras latitudes, donde la gente del mismo edificio ni siquiera se conoce. Me enorgullece la complicidad, la hermandad que logramos los cubanos tan fácilmente con el prójimo, pero hay límites que establecen no solo las leyes, también la lógica de la convivencia porque por suerte, no estamos solos en el mundo.

De que identifiquemos la frontera entre nuestra comodidad y la incomodidad ajena y no la infrinjamos depende que seamos, como pretende Silvio, un tilín mejores y mucho, mucho menos egoístas.