CAMAGÜEY.- Vergüenza es lo menos que podían experimentar los que, pudiendo detener el genocidio que hoy se está cometiendo contra el pueblo palestino por los sionistas israelíes, no levantan un solo dedo para impedirlo y se limitan hipócritamente a pronunciar débiles condenas que en nada remedian el dolor que hoy están sufriendo sus hombres, mujeres y niños.

Con un trágico balance hasta ahora de 52 muertos —algunos adolescentes— y más de 2 000 heridos, la mayoría de ellos de balas, han transcurrido las protestas reprimidas por los soldados israelíes en la Franja de Gaza, mientras en la recién inaugurada embajada de Estados Unidos en Jerusalén bebían y brindaban con champán por la nueva masacre, la afrenta al mundo árabe y a todos los hombres de buena voluntad en el mundo.

La apertura de la embajada estadounidense coincidió prácticamente con el aniversario 70 de la fundación de Israel, un 14 de mayo de 1948, gracias a que casi un siglo atrás, la Gran Bretaña, nación designada para administrar el territorio palestino después de la Primera Guerra Mundial, decidió en esa fecha asentar oficialmente a la población judía que con extrema voracidad expansionista fueron ocupando, por la fuerza incluso, importantes áreas de asentamientos.

A partir de entonces la decisión de las Naciones Unidas de crear en 1947 los dos estados, uno palestino y el otro judío, se ha convertido en una fugaz quimera, porque el resultado, hasta ahora, de esta y todas las otras resoluciones del organismo y otras instituciones internacionales han sido ignoradas por Tel Aviv quien, apoyada incondicionalmente por Washington se ha convertido en el verdadero gendarme de la región.

La embestida sionista no solo ha arrinconado a la población palestina en un territorio cada vez más pequeño con su arbitraria política de colonización, sino que casi diez millones de ellos se han visto obligados a convertirse en parias por el mundo, mientras miles han muerto o han resultado mutilados por las masacres israelíes, y otro tanto permanece en las cárceles del sionismo, muchos de ellos niños o adolescentes.

La decisión del presidente Donald Trump de trasladar la embajada norteamericana a Jerusalén no solo es contraria a la paz en esa volátil región, sino que viola todos los acuerdos para tratar de solucionar el conflicto entre palestinos y judíos, cuyas consecuencias todavía están por ver.

Hasta ahora, para bochorno latinoamericano, solo dos países, Paraguay y Guatemala, han declarado su propósito de secundar a los Estados Unidos en trasladar sus embajadas a Jerusalén, en contraposición a la mayoría de las naciones, Cuba entre ellas, que se oponen resueltamente a esta decisión, que constituye no solo un desafío a la voluntad internacional, sino lo que es peor, el asesinato a mansalva de todo un pueblo prácticamente indefenso.

La diplomacia cubana mantiene un irrestricto apoyo a la búsqueda de una solución amplia, justa y duradera al conflicto israelo-palestino, basada en la creación de los dos estados con la vuelta a las fronteras anteriores a 1967, con Jerusalén como capital oriental de los palestinos, y considera que ello contribuiría a disminuir las tensiones en la región, en la cual los Estados Unidos incentiva la guerra para garantizar sus intereses materiales y políticos y los del sionismo.

Ya va siendo hora de impedir que mediante el veto norteamericano se impida que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas continúe siendo rehén de este, y con ello impedir que el organismo internacional proteja al pueblo palestino y sancione a Israel por el genocidio contra ese pueblo.