CAMAGÜEY.- “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...” fui testigo de un hecho que no pensé fuera posible si de verdad me creía en algún paraíso. No me encontré con Alonso Quijano; él hubiera hecho algo por parar este molino.

Como parte de uno de los eventos culturales más importantes del año, en un céntrico paraje de la ciudad, los niños compartían canciones, poemas… demostraban que verdaderamente son la esperanza del mundo; sin embargo, durante uno de los intervalos, un grupo, acostumbrado al trabajo con niños, prepara un juego en evasión de un vacío en el espectáculo.

Piden voluntarios. Tres segundos y el escenario se llena, cerca de 15 niños estaban dispuestos a jugar. Uno de los animadores explica el juego. Me asombré, y no fui el único, cuando dijeron: “ganará la mentira más grande”. No todo queda allí. Presentan a los niños. “¿Cómo te llamas?”. “Carla”  —responde una. “¿En qué grado estás?”. “En tercero”. Así fue con todos hasta llegar a la última niña. Para sorpresa de todos, cuando le preguntaron su nombre, ella dijo: “No jugaré. Yo no no digo mentiras”, y sin más fue separada de la fila. ¡Qué gran oportunidad se perdió allí de educar jugando! ¡Ay, Quijote, qué falta nos haces en estos tiempos!

Comienza el festival: “Yo vi una mosca comerse a un tigre”. “Yo me fajé con un gigante y le gané”, aseguraron con la inocencia infantil y la risita de quienes les enseñan que “no se deben decir mentiras”. El más grandecito del grupo se apareció con la que, según el público, fue la mejor: “Yo vi a un mudo decirle a un sordo que un ciego estaba mirando….”. Allí mismo comencé a cuestionarme: ¿cómo permitir esto en una sociedad inclusiva como la nuestra?

En un intento por mejorar el juego, los cuatro finalistas enfrentaron la prueba de recitar la primera estrofa de Los Zapaticos de Rosa, poema de La Edad de Oro. Increíble: el ganador de la ronda de las mentiras no pudo decir una palabra. A todas esas yo no podía dejar de pensar en la verdadera ganadora de ese juego. Ella estaba triste, apartada, mirando cómo los otros hacían lo que a ella, seguro mil veces le habían repetido no debía hacer.

Según los especialistas en la materia, el carácter y la personalidad de los niños se moldea con las actitudes de las personas que los rodean. Sus conductas después se convierten en principios y creencias más importantes. Es entonces cuando se aprende a valorar el fondo y la forma de todo lo que ellos dicen y hacen, o dejan de decir o hacer. Cada gesto o comentario tiene una gran influencia en la formación del juicio, es allí donde inconscientemente se aprende también a diferenciar la teoría y la práctica de los valores.

Cuando se crece se comienzan a sentir presiones sociales y de valores diferentes a los nuestros. Se pone a prueba la fortaleza de esos que se aprehenden de chicos. Los valores tienen el respaldo de la voluntad de cada uno de nosotros. Los especialistas también aclaran que para transmitir cualidades es necesario poseerlas, solo se transmiten a través del ejemplo práctico cotidiano de las actitudes y las conductas.

Soy de los que piensan que para formar valores debemos aprovechar los buenos ejemplos. No es necesario ir a la universidad ni hablar una hora con una persona para hacerlo; más si son jóvenes, ellos toleran muy poco el teque y “la muela”.

Si nos remitimos al concepto de Revolución, parte sustancial del legado de Fidel, encontramos una idea transversal a todas las demás: “No mentir jamás ni violar principios éticos”; con una elevada carga axiológica. En esa construcción “jamás” se vuelve una palabra muy exigente. Como explicara el profesor Néstor del Prado, director de formación de la Empresa de Gestión del Conocimiento y la Tecnología, para que este precepto surta buenos resultados es necesario tener bien identificado qué es un principio ético y qué no lo es. “No admite discusión, la violación de principios éticos, verdaderamente compartidos, inician una decadencia humana muy dañina”. Entonces ¿vale premiar la mentira?

Volviendo a la historia, tristemente real, al concluir, los grandes intentaron salvar la situación con un “recuerden, las mentiras son solo en juegos”, pero ya era un poco tarde, el mal ya estaba hecho. Qué lastima no encontrarme con Alonso Quijano, estoy seguro de que con la adarga al brazo hubiera combatido, una vez más, este molino del mal. El Quijote hubiera premiado a la princesa que le dio a todo el mundo una muestra de valores insuperable, con su sincero “yo no digo mentiras”, y les hubiera explicado a los niños de la Mancha: “Recuerden, mis príncipes enanos, que no se dicen mentiras ni jugando”.