CAMAGÜEY.-Una desconocida arma acústica ha dejado con problemas auditivos a los diplomáticos norteamericanos en La Habana, la capital del único Estado socialista del hemisferio occidental, excelente guión de una novela de espionaje de los años ‘70, en plena guerra fría, basada en los grandes superagentes de la CIA y la KGB.

Sin embargo, esta historia va más allá y se inscribe dentro de la estrategia de Trump para borrar de una vez y por todas el legado de Obama, dentro del cual la nueva relación con Cuba es un punto clave.

Este drama o esta trama, como quieran llamarle, hace recordar las armas de destrucción masiva de Iraq, las Torres Gemelas, Bin Laden, los sucesos en el Golfo de Tonkín, el programa nuclear iraní, las armas químicas de Siria y los cohetes de Corea; todos pretextos muy creativos para intervenir en las naciones que les son incómodas, al amparo, o sin él, del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, pero con esto de ataques sónicos, sí que le pusieron la tapa al pomo de la creatividad.

Y es que nuestros vecinos siempre han sido muy buenos guionistas, quizá de allí el éxito de Hollywood, y con Cuba casi pueden hacer una saga, desde finales del siglo XIX con aquella historia de Evangelina Cisneros, la joven cubana que había sido acusada de atraer a su casa a un oficial español, donde los revolucionarios le tendieron una trampa. Evangelina fue condenada por este y otros cargos a veinte años de prisión.

Pero William Randolph Hearst inventó su propia historia para sensibilizar la opinión pública norteamericana a favor de una intervención, al más puro estilo “humanitario”, en la guerra de Cuba y España. “La señorita Cisneros —según El Journal— la muchacha más bella de la isla de Cuba, casi una niña y tan ignorante del mundo como una monja de clausura, fue engañada por un pícaro lascivo y frustrado”.

Luego, la famosa frase del mismo Randolph Hearst “Yo pondré la guerra”, al punto de que en Estados Unidos se le conoce al conflicto hispano-cubano-norteamericano como the Hearst’s war” o la guerra de Hearst. Y para completar, una tercera parte, la autoexplosión del Maine. Esta saga de pretextos no quedó allí, durante el siglo XX inventaron al menos dos más para intervenir en Cuba.

Luego del triunfo revolucionario, siempre que hubo algún tipo de acercamiento entre ambos países, surgió algún incidente, generalmente construido desde las élites, para distanciar o enfriar un posible cambio de política. No es casual entonces que ahora aparezcan estas modernas y desconocidas armas que han dejado con trastornos auditivos a los funcionarios norteamericanos, sin dudas es el Maine de este siglo. Hay una pregunta que muchos se hacen: ¿Por qué hace falta semejante invento, si Estados Unidos hace lo que quiere siempre o siempre que puede?

Se trata de convencer a un gran por ciento de norteamericanos de la equivocación de Obama al entablar conversaciones y relaciones diplomáticas con el “régimen de los Castro”. Hay mucho dinero e intereses en juego, compañías presionando, productores haciendo lobby, y hasta personalidades del Capitolio se han sumado a los pedidos del grupo Engage Cuba por levantar de una vez las sanciones a la Isla. Sin un pretexto de peso, y aunque este no lo es, sí siembra desconfianza, y es muy difícil darle para atrás al proceso iniciado el 17 de diciembre del 2014.

El tema Cuba se esperaba que no fuese prioritario en la política exterior norteamericana, y no creo que lo sea, pero del otro lado también se están moviendo intereses. El pequeño Marco Rubio presiona cada vez más a Trump; el bebé de la política estadounidense le ha tirado varios cabos al Mandatario que ahora le cobra.

Las propias agencias norteamericanas dijeron que Cuba no tenía tecnología para “ensordecer diplomáticos”, mucho menos les conviene hacerlo y somos considerados un destino seguro para ese personal. Se trata de enrarecer el clima, continuar la danza de los millones que da la política hacia el país caribeño y afectar por encima de todo a nuestros pueblos. Téngase en cuenta que fue en ambos consulados donde se redujo el personal, precisamente los encargados de las cuestiones referentes a los dos pueblos, al punto de que en La Habana solo dejaron un reducido número de funcionarios para emergencias.

Algunos analistas predicen que es el primer paso para cerrar las embajadas. Una acción de esa índole traería un costo político muy alto y no estoy seguro de que la Administración norteamericana quiera asumirlo; de ser así, el presidente Trump pasaría a la historia como uno más en esa saga de pretextos.