“Un principio se mantiene inamovible: la Revolución no dejará a nadie desamparado y desde ya se toman medidas para que ninguna familia cubana quede abandonada a su suerte”.

Así sintetizaba Raúl en su llamamiento del 10 de septiembre la certeza que unía a toda la nación: cada techo o logro derrumbado se reconquistará, cada vida perdida duele en millones de pechos, cada persona afectada tendrá consigo al país.

Mas, en esa confianza tantas veces correspondida, ni Revolución, ni Cuba, ni todos son conceptos abstractos. La colectividad que encierran esas palabras no es fachada para acomodamientos individuales, sino llamado para la entrega personal de quien se sabe importante en el conjunto que somos. Revolución es yo y tú; Cuba es barrio y caserío; todos es cada uno.

En esa necesidad de concretar el desvelo por los más humildes y la solidaridad que nos enorgullecen, desempeñan hoy un rol imprescindible los colectivos laborales.

Es responsabilidad de las direcciones administrativas, de los militantes de los núcleos del Partido y de los comités de base de la Unión de Jóvenes Comunistas, de las secciones sindicales conocer la situación de los trabajadores damnificados y apoyarlos. Ese deber fue ratificado esta semana en orientación del Consejo de Defensa Provincial.

Algunos no podrán brindar ayuda económica o en recursos, otros sí, pero todos tienen que acompañar y cooperar. La mano del colega que carga una teja ofrece tanta seguridad como un puzle o un clavo; el aliento de la voz conocida inspira tanto como la pared que se levanta; el abrazo amigo no devuelve muebles pero sí sonrisas, que es decir bienestar; y no se hará seguir tan bien un jefe como cuando encabece la movilización dominguera en pos de la casa de su trabajador y su familia, o de su jubilado.

He ahí una ganancia que ningún plan o balance económico puede calcular: la tranquilidad esperanzada del afectado, la unidad real de la gente, esa que se mide en aportes más allá de los afectos.

Si se agilizan las labores de recuperación, se acorta la ausencia de obreros y profesionales en sus puestos, o se minimiza, en caso de reincorporarse, el rendimiento disminuido a golpe de preocupaciones.

Pero en las comunidades hay también trabajadores por cuenta propia, amas de casa, desvinculados; viven ancianos y madres solas, familias con varios enfermos. Por ello, similares acciones tienen que encauzarse desde las organizaciones del barrio. Si en tiempos de normalidad ya estaban llamadas a reinventarse a tono con los tiempos, la actual contingencia exige que sean protagonistas en la atención, la convocatoria, la alerta y la denuncia.

De igual modo deben preocuparse y ocuparse los combatientes por sus compañeros de lucha, las organizaciones gremiales por sus afiliados, las asociaciones por sus asociados.

Todos, Cuba, Revolución no son conceptos abstractos. Tienen significado concreto cuando tú y yo, el barrio y el caserío, cada uno siente que en lo que hace, individualmente y con su colectivo, en su entrega personal se decide la recuperación del municipio, de la provincia, del país, del gran conjunto que somos.