CAMAGÜEY.- Mi bisabuela nació en 1921. Ya hacía una década se celebraba el Día de la Mujer; sin embargo, la sociedad que la recibió estaba muy, muy lejos de pensar en la realización femenina.

La llamaron Margarita, soñando que fuera delicada, frágil, hermosa, como correspondía a toda señorita. Le enseñaron a hacer maravillas con la aguja y las ollas, a planchar y lavar, a bajar la cabeza si hablaban los varones.

Halló el amor y empezó a construir su familia con ese “Doctorado en Ciencias Femeninas”, así que tuvo un matrimonio exitoso, aunque, siendo justa, su hombre nunca le faltó el respeto o abusó de ella. Ambos fueron el resultado de su educación.

Tuvieron una sola hija e hicieron de ella otra “dama”. Cuenta mi abuela que no se asomaba sin compañía ni al portal, y que solo salió de casa el día de su boda.

En 1960 las dos dejaron de ser solo mujeres. Empezaron también a ser federadas y se les abrieron puertas hasta entonces prohibidas. A algunas nunca se atrevieron a tocar.

Pero mi “Yeya” —para mí nunca fue Margarita— se adaptó como pocos a los modos y el idioma de su descendencia. En voz baja, como escondiéndose de los demás adultos, nos aconsejaba de adolescentes no conformarnos con el primer novio, sino con el que nos hiciera felices; y confesaba que a sus más de 90 tenía demasiadas dudas sobre la sexualidad.

Más conservadora, mi abuela aplaude otras novedades que trajo aquella Revolución iniciada por Vilma y Fidel. A sus tres nietas nos regaló las más sentidas lágrimas el día de nuestras tesis, y apoya que queramos aprender a conducir, que viajemos por Cuba con amigos o nuestras parejas, que seamos muchachas libres y realizadas, y un día —si queremos y no porque venga con nuestro sexo— madres.

Lógicamente a mi generación le suena menos necesaria que a ellas la Federación de Mujeres Cubanas. Cuando llegamos al mundo ya era derecho nuestro, según soñáramos, vestirnos de doctoras, maestras, macheteras o taxistas; disfrutar sin tabúes de la pelota o el nado sincronizado; casarnos con quien decidiéramos, divorciarnos; ser madres solteras o abortar con las condiciones adecuadas… elegir con libertad cada paso.

Pero 57 calendarios después del ‘60 los sueños de Vilma y su/nuestra Federación no avizoran la meta. Demasiadas féminas viven sometidas a alguien que se cree su dueño o a sus propios estereotipos y por doquier están naturalizados discursos o rutinas que nos menosprecian.

Quizá mirando a su árbol genealógico, descubra usted desde otras historias cuánto sentido tiene mantener activa a la organización que agrupa a las mujeres cubanas. O viendo al futuro, digo yo, que pretendo para mis hijas, sobrinas, nietas y bisnietas, un mundo más amistoso con nuestro género, más inclusivo, más justo y feliz.

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