GUATEMALA.- Avanzan en fila sobre un paisaje lunar, una foto lúgubre de donde antes hubo escuelas, abundantes cultivos de café y mucha vida. Esa que buscan hoy aunque las probabilidades sean mínimas porque son rescatistas y guatemaltecos.

Pueden ser bomberos municipales o voluntarios, cuadrillas del ejército y de la policía nacional, pero todos están unidos en esta tragedia que el volcán de Fuego lanzó sobre la tierra del Quetzal.

Han pasado 72 horas y siguen venciendo el cansancio en la llamada zona cero, en el sureño departamento de Escuintla, el más golpeado por la avalancha de flujo piroclástico que el coloso lanzó sin piedad el pasado domingo, un día cuando la familia se reúne, celebra.

"Dios los bendiga, tengan precaución", les dice el jefe minutos antes de tomarse de los brazos y formar un círculo de "energía positiva". Posteriormente se adentran en grupos a un área de arena volcánica, aún humeante y de elevadas temperaturas.

Cargan una pesada mochila a sus espaldas que a pesar del cansancio no pueden abandonar porque les salvaría la vida; avanzan despacio formando "caminos" con pedazos de tablas y láminas de zinc arrancadas de los despojos.

Trabajan en dúos o tríos; palean toneladas de cenizas; paran a intervalos para que su compañero les echa agua en las botas, que desprenden de inmediato humo.

Cambian de posición y continúan paleando con la fuerza que les alienta poder encontrar nuevas vidas o simplemente los cuerpos para que sus familiares les den sepultura.

Otros caminan con varillas y a cada paso las entierran en los sedimentos. Dan toques para alertar si hubiera personas bajo el material volcánico, insisten, aguardan un momento... y marcan con pesar la zona para facilitar que no se repita la búsqueda y seguir avanzando.

Sus caras lucen llenas de ceniza, algunos muestran leves quemaduras y a veces se les ve recostados, también reponiéndose de las escenas escalofriantes que viven a diario al encontrar cuerpos de niños y familias enteras calcinadas, petrificadas.

La tarea se complica por momentos, pues el coloso de Fuego se resiste a dejar en paz a Guatemala. Suenan silbatos, alarmas, y comienza una carrera contra el tiempo para salvar la vida como lo hicieron antes quienes sobrevivieron a la combinación letal de lava, lodo, ceniza caliente, rocas, gases tóxicos...

Hoy podría ser el último día de trabajo; sin embargo, se resisten a salir de la zona de la tragedia hasta que llegue la inexorable orden de parar la búsqueda para que entren las maquinarias y comience la limpieza.

No creen ser los héroes de la tragedia; narran ante las cámaras de televisión hazañas de rescate como si hubiera sido lo más fácil del mundo.
Son imágenes que sus ojos guardarán para siempre por la alegría de la vida, pero también llevan en sus almas la tristeza y el dolor de todo un pueblo.