FLORIDA, CAMAGÜEY.- Yosbel Maura Gregori tiene 31 años y está casi tanto tiempo en el mar como en tierra firme. Pasa el día capturando ostiones en un pequeño barco de la Unidad Empresarial de Base que la empresa Episur tiene en Playa Florida. Desde hace algún tiempo Yosbel decidió echar raíces también en tierra junto a su novia y comenzó a invertir su dinero en la vivienda que heredara de sus abuelos. Todo iba viento en popa hasta la llegada de Irma.

“Como pescador uno siempre está atento a los partes meteorológicos y en cuanto vi la cercanía del huracán apuntalé un poco las tejas porque lo demás era de mampostería. Al saber que traía trayectoria norte nos relajamos, pues aunque el agua penetrara un poco no iba a hacer mucho daño, mi casa había aguantado fuertes ciclones del sur como el Lily".

“Incluso cuando vinieron a evacuarnos nadie se llevó los electrodomésticos y otras pertenencias. No imaginábamos esto”, cuenta mientras descansa sentado en las ruinas de su hogar. Solo el piso y algunos ladrillos quedaron en el lugar, el resto se lo tragó el mar.

“Parece que decidió quitarme todo lo que me dio. Cuando vi esto empecé a llorar como nunca lo había hecho. Imagínese, ahora mismo no se lo que voy a hacer con mi vida". —dice el joven pescador de casi 190 de estatura, mientras barre una lágrima de su negrísimo rostro— "Estoy tratando de arreglar el techo de la casita de mi madre para ver si podemos irnos para allá, pero debe ser temporal. No es fácil perderlo todo en una noche por el capricho de la naturaleza".

“Qué te voy a decir compadre, lo único que quiero es volver a trabajar, tirarme de nuevo al agua para seguir luchando. Ojalá la Empresa se recupere pronto y la pesquería sea buena. No veo otra salida que cobrarle al mar lo que se llevó”. Se despide con gesto noble y vuelve a sacar clavos de una tabla con movimientos de autómata sin sacar la vista de la calmada playa.

La casa de Yosbel es una de las 38 que Irma derrumbó totalmente en Playa Florida, donde otras 118 fueron afectadas.

Durante la noche del huracán, en el pueblo costero el agua subió casi dos metros sobre el nivel del mar y avanzó alrededor de un kilómetro y medio, según nos cuenta el delegado de la circunscripción Yudier Peña, quien permaneció allí junto a varios compañeros.

“Antes habían 336 viviendas. Esto acabó con casi la mitad de la comunidad. Por suerte aquí no somos de echarnos a llorar, de la tristeza pasamos en solo horas a levantar lo que quedó. Casi 300 personas estamos trabajando toda la jornada con ayuda de las brigadas de la Organización Básica Eléctrica, la empresa de Acueducto, Etecsa, los equipos de recogida de basura y el gobierno, que hasta nos dio la comida gratis los primeros tres días.

Quienes quedaron sin nada son trasladados para acá en la mañana para comenzar la recuperación. Hay mucha solidaridad, gente que tiene casas de verano las han brindado para acoger a los damnificados temporalmente”.

La mayoría de los residentes que perdieron su inmueble trabajan, como Yosbel, en la UEB pesquera que sufrió daños en la planta de hielo y el techo del torno, además de perder aproximadamente ocho toneladas de escama y 20 de ostión en los días perdidos.

Pero la buena fe y las ganas de recomenzar no deben ser suficientes, pues este es quizás el asentamiento más vulnerable de Camagüey ante los efectos del cambio climático.

Según la Doctora en Ciencias Mayra González Díaz, el poblado se construyó incorrectamente, hace más de 60 años, sobre una barrera arenosa que poco a poco irá cediendo espacio a las saladas aguas. “Este lugar está incluido en la Tarea Vida, programa que dirige el Citma y que monitorea las comunidades que, por su ubicación, serán perjudicadas por la futura elevación del nivel del mar. La solución debe ser la reubicación total del caserío”. Dicen los más viejos que en las últimas dos décadas se ha perdido allí casi un metro de playa anualmente.

Quizás sea tiempo de escuchar el reclamo del mar, buscar soluciones viables para los moradores de Playa Florida y abandonar este añejo desafío a la naturaleza.