La exploración oceánica del Ibáñez enseña sobre lo bueno de agarrar con puño cerrado las cosas que no se pueden olvidar. Y yo no olvido. No olvido las tardes, y las mañanas de los sábados y los domingos en las bibliotecas ni los libros rescatados en el estante enciclopédico de mi papá, como tampoco su manía cotidiana de descubrirme su óptica sobre mis tareísticas materias. Por eso, pese a los reclamos de mi mamá por el espacio ocupado “innecesariamente”, guardo mis añejos cuadernos cual soberbio tesoro.

Parece que en estos poquísimos años la metodología para las clases ha cambiado; y esa no es una alarma, porque comparto la premisa de que todo tiempo futuro tiene que ser mejor. Pero, ahí es donde me alumbra en rojo el bombillo y me aturde su gutural sonoridad en alarde de asombro mayúsculo. ¿Se estará enseñando más y mejor ahora mismo, en este calendario escolar?

La inquietud comenzó a hincarme hace unos días. La primera “picada” la sentí inocente. Una mamá que trabaja con la mía me pidió “bajarle” unas foticos del Che en todas sus etapas de crecimiento para una encomienda evaluativa de su nena. Pues nada de qué preocuparse -pensé-, aunque la pequeña pionera nada conozca con certeza del médico comandante, salvo el deseo coreado en matutino de querer ser como él, al menos se acercará a los períodos de su fisonomía.

Hasta allí la verdad mayor era una madre interesada en ayudar a su hija con la tarea y de paso inculcarle el valor del deber y la responsabilidad.

Mas, con la insistencia de la secretaria el otro “pinchazo” si llegó todo resuelto a pintar de carmesí la epidermis. Me encontraba, por azares del oficio, en otro medio de prensa donde la muchacha que recibe en la puerta solicitaba a uno de los privilegiados trabajadores con acceso a la virtualidad la búsqueda de unas fotos sobre las tradiciones camagüeyanas.

La de la carroza del San Juan y la del casi extinto ajiaco cocinado en la imagen por algún defensor comité fueron las primeras seleccionadas para componer el encargo curricular de la hija de la secretaria.

Y entonces me venció el ademán de consternación; parece que una buena decoración de álbum fotográfico asegura por esta fecha la máxima calificación. ¿Será que los educadores se están tomando bien en serio lo de la formación vocacional y querrán intencionar la orientación de futuros profesionales del retrato?

Nada de Sócrates y su mayeútica; nada de descubrir respuestas ni de generar nuevos conceptos como nos enseñó en aula nuestro profe estrella de Filosofía. Quizás ahora la “onda” sea el encuadre digital o los lienzos y los pinceles. Quién sabe si esta época me fuera más conveniente y hoy los dibujos a mi sobrino eclipsaran mis históricas y pueriles casitas de campo y el desvaído niño de cabellos erizados.

Creo que los maestros de las muchachas de estas líneas se están sumando a los reclamos de mis colegas en la redacción sobre la importancia de ceder espacio a las instantáneas en las planas amén de las letras a sepultar; aunque las de estas colegialas para su cometido en cuestión nunca hayan nacido.

¿Habrán descubierto ellas al argentino ilustre más allá del nombre? ¿Sabrán por qué se llama San Juan o en qué fecha nació nuestra fiesta?

Pese a que una imagen “cueste” más que mil palabras, difícilmente ese conocimiento se los aporte la respetable semiótica desde el análisis al mensaje visual a través de las lecturas denotadas y connotadas del texto fotográfico. Para esta aprehensión los signos verbales llevan la delantera.

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