CAMAGÜEY.-Si bien el machete cubano tiene una importante presencia en nuestras guerras por la independencia, su protagonismo bélico parece haber comenzado en 1741, cuando colonizadores españoles, junto a partidas de indios y negros de Tiguabo, Oriente, atacaron con ese apero de labor a tropas inglesas desembarcadas con el propósito de arrebatar parte del territorio, y les colocaron en fuga de regreso a sus naves.

Sin embargo, la historia más documentada se escribió en el litoral habanero, por el desembarco de infantes y marinos ingleses en junio de 1762. El alcalde de la villa de Guanabacoa y capitán de milicias, el criollo Pepe Antonio, organizó a 70 hombres para enfrentar a los invasores.

Por cierto, el Museo Histórico de Guanabacoa atesora el machete de Pepe Antonio como la pieza más valiosa y lo recuerda como el primer guerrillero cubano. No por gusto en la primera mitad del siglo XIX, el machete más popular en Cuba fue el llamado de Guanabacoa, fabricado en las forjas de ese poblado.

La primera carga al machete del naciente Ejército Libertador ocurrió bajo el mando del Mayor General Máximo Gómez Báez y allí se reafirmó como eficaz arma de combate. La columna española se componía por 224 hombres y sus bajas sumaron 190, lo cual provocó el pánico en las fuerzas peninsulares.

El origen de la palabra es dudoso. Unos se inclinan a creer que viene de “macho” (mazo grande). En el sentido primitivo parece haber sido el de “hacha”, que conserva “macheta” en las provincias leonesas. Ese vocablo comenzó a ser empleado en España en el siglo XVI.

Otras referencias, posteriores al siglo IV, la corresponden con armas de un solo filo, usadas por la caballería. Los gladiuos, espadas cortas de las legiones romanas se llamaban machaera. En Salamanca y León, la “macheta” era un hacha pequeña y en Murcia “machinete” era el machete corto.

Su llegada a Cuba se reporta con otros diseños, más largos o más cortos, casi desde el propio inicio de la conquista española. También se conoció como yaguarama, filo, yerro, lengua de jobo y quimbo. En el ‘68 ganó popularidad el de media cinta, de la firma estadounidense Collins de Hartford, al punto de que Collins aquí fue “sinónimo” de machete.

Además de los fabricados en fraguas locales, el Ejército Libertador utilizó de más de 20 marcas de fábrica, entre españolas, estadounidenses, inglesas y alemanas. Los mambises usaban los largos, pesados y de un solo filo. Gómez portaba uno de 86 cm.; y el que empuñaba Antonio Maceo al morir en San Pedro medía 73 cm. Tal vez el más grande haya sido el que levantaba el poderoso brazo de Guillermón Moncada, con nada menos que 130 cm.