CAMAGÜEY.- Desde una de las primeras obras de la arquitectura ecléctica en Camagüey, que al levantarse anunciaba una nueva visión de la ciudad, una sorprendente mujer inspiraba públicos y aplausos en mayo de 1913, cuando abrió el Teatro Avellaneda, que se convirtió en una institución cultural de los camagüeyanos y del país, en atención a su proyecto como referente teatral y cinematográfico.

Como espacio propició la manifestación de culturas foráneas, la principeña y la cubana en general; y como institución cultural fundada en la neocolonia, cultivó su propio público, a través de su escenario y flamante pantalla de fibra de plata, tras la cual rodaron películas y series, que si bien en su mayoría eran de factura extranjera, incluían verdaderas obras de arte.

La producción audiovisual tuvo marcado interés recreativo y cultural, y desplazó las exposiciones teatrales o de otras expresiones. En los primeros 20 años pasaron mas de 3000 películas. Una rápida mirada a algunos títulos revela la diversidad temática y la preocupación de sus dueños porque en la programación se balanceara la calidad y el entretenimiento.

El incipiente público cinematográfico pudo apreciar allí Ana Bolena (1923), La dama de las Camelias (1923), El león del desierto (1925), El acorazado Potemkin (1928), El rescate de Sanguily o esto sí es Cuba Libre (1928), La quimera de oro (1930) y Luces de la ciudad (1931), entre otras cintas.

El cine en los inicios de la década del '30 se convirtió en el eje fundamental de las funciones del Teatro Avellaneda. En 1923, a diez años de creado, se habían puesto cerca de 413 películas y lo habían visitado 51 compañías. Para el '33, solo vinieron a escena ocho compañías de variedades, y en algunos años entre 1923 y 1933, apenas se presentó una agrupación teatral. Las causas son variadas, entre estas el costo elevado de las compañías por la transportación, el alojamiento, el vestuario y la escenografía; mientras, el negocio del celuloide era menos costoso y más fácil de maniobrar.

El teatro tenía una banda musical que acompañaba a los actores cuando imitaban las voces en la proyección de la película. La primera la dirigió el músico Juan Alcalde. Estas agrupaciones ofrecían al público repertorios en ocasiones encargados, pero a veces no, y eran producidos por la propia orquesta citadina, muestra del más fehaciente arte lugareño de aquellos tiempos. Cuando el cine parlante llegó a Camagüey, las orquestas de los teatros vieron menguar sus funciones.

También tuvo una incidencia marcada el arte lírico. Se presentaron artistas de Ucrania, China, República Dominicana, Argentina, España, Rusia, Estados Unidos, México y de otros países, con programas que incluían coros, óperas, operetas, zarzuelas, dramas, comedias, revistas, tenores, magos, circos, cupletistas, prestidigitadores y figuras de otras manifestaciones.

Del ámbito nacional visitaron la Avellaneda los bufos cubanos de Arquímedes Pous, la Gran Compañía de operetas, revistas y zarzuelas del Teatro Martí, sextetos habaneros, la compañía de variedades Las Criollitas, la violinista camagüeyana Marta de la Torre, Ernesto Lecuona, Rita Montaner y el tenor Marianito Meléndez.

En una época llena de inseguridades políticas, crecimiento económico y marcada clasificación social, el Teatro Avellaneda devino aporte a la cultura principeña. Estos “fotogramas” de la memoria comprometen a construir desde el presente los nuevos aplausos que el público de Camagüey aspira dar desde ese coliseo.

También el público aficionado al deporte tuvo su espacio en el “Avellaneda”. Como evidencia esta foto de 1914, probablemente la más antigua que se conserva, a propósito de una competencia de esgrima. Imagen :ArchivoTambién el público aficionado al deporte tuvo su espacio en el “Avellaneda”. Como evidencia esta foto de 1914, probablemente la más antigua que se conserva, a propósito de una competencia de esgrima. Imagen :Archivo