A las cuatro y 25 de una tarde gris, aquel cinco de marzo, su corazón venezolano dejó de latir; sin embargo, su luz sigue viva en la calle, en las personas, en todos aquellos que encienden sus ojos cuando se le nombra y dejan escapar una lágrima porque aún duele.

Han sido difíciles estos 36 meses sin ese Chávez telúrico lleno de acción en favor del pueblo. Cuentan que cuando Nicolás Maduro dio la noticia, de los cerros cercanos bajó un rugir, era el llanto de muchos que se hizo ola por el Comandante.

Los venezolanos tuvieron que superar el duelo para enfrentar una durísima guerra económica, cuatro elecciones, incluida una presidencial apenas un mes después de su partida, y la guarimba de quienes desterraron la democracia de su lenguaje y apuestan por la violencia para hacerse con el poder.

La imagen de Chávez y sus ideas está todos los días en las calles, pero pareciera que algunos han olvidado al hombre que dio hasta su vida por ellos: una revolución cultural, claman algunos. Porque como decía el llanero de pura cepa, solo la cultura salva a los pueblos.

Chávez está disperso por toda Venezuela y más; lo he visto en murales, pintado por los jóvenes luchadores sociales; en un viejo cartel —inmenso— de la campaña electoral de 2012 que flanquea una autopista, desde donde mira sonriente, como recordando que su vida fue dar felicidad a la mayoría.

Los ojos de Hugo Chávez han devenido en un símbolo, como la mítica imagen del Che tomada por Korda. Y es que el presidente de los venezolanos pasó de la lucha militar y política al corazón, pues hizo mucho por un pueblo lleno de carencias.

Cuando se camina por el centro de Caracas, uno se da cuenta de que el pueblo se conectó con su líder más allá de la política, con un misticismo que llega a lo religioso.

En algunas tiendas de objetos religiosos se pueden encontrar al lado de la efigie de “Nuestra Señora de Coromoto” —la patrona de Venezuela—, una estatuilla de Chávez.

Hay quien lo llama “el santo de los pobres”, mientras otros lo comparan con José Gregorio Hernández, un médico de principios del siglo XX venerado por los venezolanos por su labor con los más necesitados.

Aunque los enemigos del chavismo quieran silenciar su voz, es imposible, porque los venezolanos ven a diario su figura, sus ojos pintados en las calles y edificios altos de Caracas, recuerdan el carisma de un hombre que bailaba, cantaba, cuya vida era un show y que se entregó por completo a una causa justa; pero más que la imagen, por donde hoy se camina en estas tierras, se ve la huella de una Revolución bolivariana que ha construido una mejor Venezuela.

No es difícil encontrar a jóvenes tatuados con la firma o los “ojitos” de Chávez. Dicen que es su homenaje, pero es más que eso: “para no olvidar jamás lo que significa ser chavista”, porque en estas tierras, sin dudas, Chávez es una luz que no se apaga aunque la muerte se interponga.

Así de cierto es, aún cuando no estará más entre nosotros, la pelea del pueblo bolivariano no termina, continúa, porque Chávez le abrió los ojos a millones, les dio herramientas para construir patria. 

Ahora se escucha: “¡Por aquí pasó, Chávez, compadre, hacia aquellos montes lejos! / Artista labrando pueblos, / Hombre retoñando patrias / Picando glorias, ¡tropero!…”

En una ocasión, en tiempos difíciles para Fidel, Chávez le envió un mensaje: "Gallo viejo, ¡venceremos!" Y aquellas palabras calaron en el líder cubano.

Tres años después de la partida del presidente de los pobres, cuando la patria de Bolívar está acechada por quienes pretenden desmontar el legado y la obra chavista desde la Asamblea Nacional, quienes propician la desestabilización, quienes apuestan por dejar al pueblo sin memoria, el mensaje para Chávez, atrincherado en su Cuartel de la Montaña, es bien claro: Gallo viejo, ¡venceremos! 

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