Muy poco entendía de lo que hablaba, lo confieso. Mamá Lissett traducía para mí, mientras lo instaba a responder las preguntas de la amiga periodista que apareció de la nada. Sí, amiga, porque de nada sirve la grabadora o el papel, en un mundo donde hay que entrar con amor por delante.

Me dijo su nombre, edad y escuela, nada más; escapó de mis preguntas para sostener la mano de quien no dudó en llamar primita, aunque no fuera vestida de Azul como él.

Sonrió cuando el trencito llegó cargado también de azul, se sorprendió escuchando las campanadas de la iglesia, y entre el tumulto creo haberlo visto colgar algo Azul con unos palillos.

En el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo, mientras veía como padres y niños colocaban en la enorme tendedera prendas de ese color devenido símbolo, deseé con todas mis fuerzas tener mi armario y mi corazón mejor provisto de ese amor que se escribe en Azul.

El Dame la mano y danzaremos de Teresita me sonó a azul como nunca antes, y aunque Fernando sostuvo las manos de otros en las ruedas, de vez en cuando su mirada vagaba en busca de esta muchacha rubia que quiso captar un poco más que su atención.

Cuando todo terminó, casi corrí por la acera en busca de un adiós; no lo niego, necesitaba despedirme. “Mira Fernando, tu amiga periodista”, dijo Lissett; en un momento pensé sólo extender mi mano, pero me atreví a pedir un beso y por suerte no me fue negado.

Mamá explicó que sus besos todavía no suenan, sólo ha aprendido a poner sus labios en las mejillas, pero ya lo descubrirá, de eso estoy segura.

Por ahora me conformo con ser de esos pocos que junto a él ven dinosaurios donde la mayoría ve un montón de reguero.

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