CAMAGÜEY.- Era el año 1868. Tropezaron por serendipias de la vida en una plaza tumultuosa, cruzaron miradas y al instante enarbolaron el deseo como imperiosa bandera. Pero claro, hablarse habría sido demasiado para aquel primer encuentro, y al caer la noche no les quedó más recuerdo que los semblantes del uno y el otro escudriñándose el alma con los ojos.

A la mañana siguiente, el padre de él parte hacia la incipiente guerra con su mejor caballo, con su mejor revólver, con su único hijo. La familia de ella le teme a la contienda, y huyen en éxodo apresurado hacia la capital, en un desesperado intento de salvar sus burgueses cuellos.

Durante las duras noches de campaña, él hacía bocetos de su amada en el escaso papel que conseguía. Ella lloraba a todas horas, tanto paseando por las avenidas los domingos de sol, como cenando en casa los lunes de llovizna. Pero un día apareció un jinete que llevaba consigo una carta, una carta clandestina, enviada desde el mismísimo corazón del oriente.

Puño y letra de su amado, que había conseguido mediante la influencia de su padre, hacerle llegar por escrito las palabras que jamás se dijeron ese día en la plaza. Fue redactada como despedida final, con un ánimo decaído y casi convencido de que dicho mensaje jamás llegaría a tan deseada destinataria. Ella corrió entonces como loca a su alcoba y escribió durante cuatro días y cuatro noches su respuesta, desbordada en felicidad. Lo esperaría, esperaría hasta que esa maldita guerra finalizara, y luego podrían estar juntos para siempre.

A partir de entonces, las cartas iban y venían de una punta de la isla a la otra. Él las redactaba a la luz de una fogata, entre el fango y los mosquitos, a expensas de un error ortográfico o de manchar el papel con sangre de sus heridas. Ella las leía con cautela, temerosa de ser sorprendida por su padre, y guardaba cada una en un sobre que revisaba secretamente cuando la espera le era insoportable. Muchas se extraviaron por el camino, otras tardaron meses en llegar, pero siempre supieron el uno del otro, siempre se recordaban una y otra vez que la guerra acabaría y ellos no perderían la oportunidad de consumar sus afectivas pretensiones. Y sucedió.

Él llegó a caballo, vestido de camisa y botas, igual que la primera vez que se vieron al caminar sobre los adoquines. La sacó a escondidas de la casa, y se perdieron en las infinitas calles de esa aún no tan vieja Habana. Ella y él. La luna y su piélago de astros. Sus ojos y un deseo incontrolable alimentado durante dos lustros interminables. Observaron la magulladura del tiempo en sus cuerpos, que tanto habían cambiado. Se dijeron todo lo que no cupo en las cartas. Y, finalmente, hicieron el amor con la imperfecta sincronía de dos corceles en fuga, galopando una carrera donde no hay ni vencedores ni vencidos, donde solo importa ser feliz.

Era el año 2019. Él la vio desde el otro lado de la acera. Le pidió su número de teléfono a un amigo. Le envió un mensaje de texto en la noche: ¿Bebecita, nos descargamos mañana?