CARACAS.- Tengo un serio problema con los mapas. Cuando el Doctor Rubiera explica la marcha del tiempo y comienza por Occidente, yo, que vivo desde hace cinco años en La Habana, me voy de la clase, avanzo y le espero en el ancho trozo de isla que es Camagüey. Más que eso, tomo el trillo asfáltico de Santa Cruz del Sur para preguntarle al especialista cómo va el calor de mi pueblo.

Supongo sea “raíz-filia” u otra deLa caja de herramientas esas enfermedades que ahora que con toda prisa voy —como decían los viejos de mi infancia— “pa’ viejo”, se me agudizan. Pienso en ello al percatarme, desde Caracas, de que mi laboratorio periodístico, aquel donde alguna vez descubrí la gélida agua tibia y donde de vez en cuando me explotó una metáfora en las manos, cumple 60 años.

Frente a tal panorama, no puedo menos que reclamar un espacio, mi espacio, en estas páginas para agradecer, más que a una persona, un tiempo, un lugar… al espíritu, al subsuelo que palpita bajo la sede que una vez —¡bendita locura criolla!— fue medio agraria, al borde mismo de la bella ciudad.

Soy uno de los hijos dispersos de este periódico. Donde estoy, donde esté, llevaré siempre, como aros en tronco antiguo, los 24 círculos que marcan mis años en Adelante.

Si la Escuela Vocacional Máximo Gómez me enseñó los dos verbos decisivos de la vida: estudiar y amar; y la Universidad de Oriente me alumbró el áspero sendero del periodismo, Adelante me dio, en toma y daca de pastores y sombreros, la caja de herramientas con que escribo todavía.

¿Se habrá pasado de espacio este hijo despistado que se atreve a ausentarse a una fiesta en su propia casa? Discúlpenlo: no asombra en alguien que lee los mapas muy a su manera y que, incluso, busque lo que busque en la anárquica geografía de Internet, a cada rato toma un atajo para mirar qué se escribe por su tierra. Supongo sea otro “defecto” adquirido en Adelante.