CAMAGÜEY.- De niños no jugaron con muñecas —ni siquiera con muñecos—;  para ellos no hubo ensayos de cargadas y biberones. Cuando se armaba “la casita” de los primos, del círculo infantil o del barrio, les tocaba leer el periódico, hacer las compras, decidir y regañar.

Nunca sus vientres acogieron la vida. Ha sido en otros donde ha latido ese pedacito suyo y seguramente envidian la cercanía que desde el primer instante tienen la mujer y el bebé. Se conforman con palpar y esperar, y el día del nacimiento se les estremece el alma entre la dicha y el dolor de perdérselo. Cuando les llega la fortuna archivan en su memoria, perenne, la imagen de aquellas criaturas que con los gestos más leves les robaron el corazón.

Son los papás, los buenos papás, que no resultan hoy la excepción de la regla aunque todavía su Día no se pregone como el de las madres, se vendan muchas menos postales, la Feria de artesanía traiga menos propuestas y una peor sede para ellos y haya quien siga diciendo que el suyo es oficio de cualquiera.

Sé de uno que tiene récord en pañales lavados, del que no se detuvo hasta lograr la patria potestad porque su nena estaría mejor con él, de otro que dejó de fumar cuando su pequeña se negó a abrazarlo por el mal olor del humo, de quien jamás ha engendrado y disfruta cada día de un “papá” que ha ganado a fuerza de cariño…

Hay más, muchos más, a los que no les importa que en un mundo de sociedades patriarcales a los varones les toque ser los autoritarios y no los tiernos, los del sostén económico y no los que siempre están para acariciar y aconsejar. Los padres, los buenos, se hacen rompiendo esos paradigmas, “halando parejo” con una buena madre o asumiendo solos la educación de sus hijos.

Es tercer domingo de junio. En Cuba es el Día de los Padres que merecen ese título, para el que no bastan los genes ni el apellido, para el que no alcanzan 24 horas de dedicatorias, abrazos, reencuentros, posts en redes sociales ni llamadas. Hoy la fecha, el cariño devuelto, los reconforta por esas cercanías que la naturaleza o la crianza como varones les vedaron y que ellos y los suyos lograron suplir con otras.

Y mientras los hijos nos volvemos locos por encontrar el mejor modo para honrarlos; ellos, los que crecieron viéndonos crecer a sus retoños, presumen orgullosos del mejor de sus regalos, ese que todo lo compensa: el de nuestra existencia.