CAMAGÜEY.-  Las manos de mi pa’ son grandes, de dedos robustos, de muchas cicatrices, de ampollas prematuras por las labores duras del campo. Son manos que dejan ver los callos de la piel y los del alma, esos que salen cuando mucho se ha sudado para mantener y educar a una familia.

 Manos que agarraron el sombrero de guano para abanicarnos en las noches interminables de apagones en los ‘90, que sembraron, criaron animales, pescaron, cocinaron o dieron forma a fundas de cuero para los machetes, las mismas que hoy sostienen las riendas de su caballo; porque bien nos enseñó que se es digno cuando se gana la vida con el trabajo honrado.

 Con ellas se hizo nuestro cómplice para jugar a ser deportista o artista, fisioterapeuta, periodista o madres; con ella nos acaricia, nos levanta cuando anda nuestro mundo al revés, pero también nos señala si considera que hay que rectificar el rumbo y nos da lecciones de lo importante que es cumplir con la palabra empeñada.

 Sus manos también tienen de brujo, porque entre ellas vimos cómo un tallo de hoja de calabaza se convierte en trompeta, y los pistilos de flor de flamboyán se transforman en caballitos gladiadores. Qué suerte la de las seis mujeres de la vida de mi pa’ (mi mamá, mi hermana, mis dos sobrinas, mi niña y yo), por poder contar con sus manos.