CAMAGÜEY.- En un local de la Casa Museo Amalia Simoni, Juan Carlos abotonaba su camisa a toda velocidad. Las manos se le perdían inquietas entre los bolsillos de su pantalón. El cuerpo todo le respondía veloz como si ya fuera el instante de darle el sí a la novia. Hablaba rápido, casi sin pensar, sin comas: “imagínate estoy impaciente porque llegue el momento de la verdad…”. A pesar de los nervios se casaría en una boda que representaría, a la vez, la unión simbólica de Ignacio Agramonte y Amalia Simoni.

Las tarjetas de invitación convidaban al matrimonio de Juan Carlos Alemán Jorge y Dorlhy González Abreu, jóvenes escogidos para inmortalizar, por 24 años consecutivos, el amor de los ilustres camagüeyanos en la que fuera la casa quinta de los Simoni. “Por ahí viene la novia” dijo alguien y enseguida familiares, acompañantes y el novio, que hasta el momento vigilaba desde la entrada, tomaron sus lugares.

Tras una breve pausa para contener las emociones, Dorlhy caminó al compás de la marcha nupcial hacia su destino. Mientras se dirigía con paso lento adonde lo sellaría, el vestido blanco iluminaba la sala, el cristal de los relojes, los jarrones con motivos asiáticos, el piso, los muebles, cómplices de las visitas que El Mayor realizara a su “Amalia idolatrada”, del florecimiento de una alianza más fuerte que el tiempo.

Próximo a la suegra, Juan Carlos expresó su mayor deseo: “Quiero conocer junto a ella la dicha de vivir un matrimonio feliz”. Allá por el siglo XIX, el doctor José Ramón Simoni escuchó palabras similares de un Ignacio decidido a entregarle a su hija “un amor sin límites y una honestidad sin manchas”. Bastó que hablara el espíritu, para imaginar un porvenir.

La ceremonia prosiguió con la ocasión más esperada: el intercambio de los anillos y el beso que inició la magia, el compromiso de proteger y unificarse en un alma tanto en las buenas como en las malas. Así hizo el Bayardo, quien mantuvo cerca a su amada aún en las vicisitudes de la manigua: “Pero no verte durante tantos días es mucha amargura, y no estar a tu lado cuando el corazón late con entusiasmo para decirte lo que siente, (…) yo no puedo vivir, sino junto a ti”.

Frente a la glorieta, ubicada en el patio Los pavos reales, los novios leyeron los votos del casamiento. Alemán Jorge, de carácter jovial, salpicó de humor su propuesta con la intención de “alegrar a su gente con más de 20 hijos” y Dorlhy juró “crear una familia unida y afectuosa“. En ese mismo lugar, los desposados colocaron una ofrenda floral dedicada a la mujer que robó el pensamiento a El Mayor, a quien en sus cartas despedía con el anhelo del reencuentro.

Para continuar la tradición, los novios dieron tres vueltas a la ceiba aledaña a la “Casa Simoni”. Debían pedir un deseo. Según cuentan, aseguraban que su amor prevaleciera en el tiempo como el de Ignacio y Amalia.