Cuando lo escuché a media calle no pude reprimir la risa, su llamado era, a la vez, atrayente, hilarante y hasta un poco increíble. “¡Azucenas de Cartagena, de las baratas, de las bonitas, de las bueeenas!”.

Naturalmente, el hombre no iba de puerta en puerta ofreciendo flores importadas por aquel barrio de la ciudad de Bayamo, pero era imposible ignorarlo mientras avanzaba a paso desafiante y armado de su potente voz.

Cautivaba a quienes lo escuchábamos, no solo por la buena rima, sino también porque, como quien no quiere las cosas, lograba adosarle a su producto las famosas tres b´s del marketing, relacionadas, según los estudiosos, con las principales variables que sopesan los clientes a la hora de comprar.

La sonrisa inesperada que me provocó, junto a la reacción de mi pequeño hijo, a quien ahora le ha dado por repetir la palabrería de todo comerciante callejero al cual tiene la oportunidad de escuchar, provocaron que volviera a reparar en la fuerza del pregón cubano.

Muy ligada a la gracia propia de los nacidos en la Isla, esa manifestación tradicional emergió, en el siglo XIX, de los barrios y calles de pueblos y ciudades a lo largo y ancho del país, sobresaliendo, entre otros elementos, por su expresión teatral, gesticulación, detalle pintoresco y doble sentido.

Lo inventaron precisamente los vendedores ambulantes, como vía artesanal para promocionar sus artículos, y se convirtió así en una singular variante de publicidad, donde la garganta constituye el instrumento principal.

Los hay de muy diversos estilos y formas, como argumenta el afamado poeta, narrador y ensayista Miguel Barnet, quien los define como “aquellas voces o gritos que sirven para anunciar una mercancía o una habilidad manual”.

En consecuencia, podemos escuchar desde los puramente alusivos a las más disímiles ofertas comestibles, hasta aquel que une la utilidad con cierto componente educativo y preventivo: “Vecina, hay cloro, cloro, cloríbiri, ¡vamos, que higiene es salud!”

Otros apelan más a la inventiva y el juego de palabras, movilizando la imaginación del potencial comprador, como ese de aparente inspiración romana que, a la voz de ¡Los que van a morir!, propone pizzas para un público ya conocedor, mientras bien podría dejar lleno de dudas a cualquier transeúnte ingenuo.

Los ejemplos se cuentan por miles, más o menos efectivos, con poca o elevada creatividad, pues a fin de cuentas se trata de “un arte que no todo el mundo puede dominar”, como bien afirmara el Poeta Nacional de Cuba, Nicolás Guillén.

¡Tan distintos a la frase grosera o la palabrota!, presentes también, lamentablemente, en nuestras arterias de hoy, y demasiado a menudo, sin un mecanismo social o de orden público que les ponga fin.

Algunos los profieren hasta en pose de orgullo, convencidos de que así se hacen notar, cuando en verdad la mayoría vuelve la mirada, sí, pero con el ceño fruncido, evidenciando desagrado y hasta asombro por escuchar tales cosas, en plena vía pública, de boca de un semejante.

No se llame a engaño, dichas manifestaciones no confieren notoriedad ni originalidad, y nunca serán atributos del ser moderno, fuerte u osado. En esta, como en cualquier época, cometer un fallo de esos, únicamente hablará de su falta de educación y respeto, inclusive, por usted mismo.

Justamente por no caer en ese error, y a pesar de sus raíces callejeras, el pregón cubano tomó fuerza y cautivó, además, a grandes músicos e intérpretes del país, entre ellos Ernesto Lecuona, Eliseo Grenet, Moisés Simons y Rita Montaner, quienes crearon y popularizaron temas que trascendieron las fronteras de la Mayor de las Anillas, como “El Manisero”.

A lo largo de su historia, esta hermosa y rica tradición incorporó valores que van más allá de la oferta de determinado producto o servicio, pues, a fuerza de pasar todos los días y casi a la misma  hora, el pregonero se nos vuelve familiar, lo esperamos y, en esas raras ocasiones en las cuales no aparece, hasta le echamos de menos.

En cierto reparto bayamés -cuyo nombre no mencionaré-,  las voces o silbatazos de los panaderos llegan a funcionar como relojes salvadores para algunos remolones, recordándoles el avance del “implacable”, entre las 5:00 a.m. y 6:00 a.m.

La modernidad y el encarecimiento de la vida han añadido también otros atributos menos graciosos a algunos pregones, como la capacidad de poner a temblar los monederos, cuando a la salida del círculo infantil el grito de “Dime, dime”, te anuncia la multa diaria de 2 pesos o más.

A pesar de los años y los retos actuales, y sobre todo frente al lenguaje soez que hoy intenta adueñarse de nuestros espacios públicos, el pregón cubano continúa resonando en las calles para demostrar que sí hay formas originales de decir, siempre que vengan acompañadas de inteligencia, gracia, inventiva y el necesario respeto hacia quien escucha.