CAMAGÜEY.- Corrió el riesgo. Intentó “meterse” en la vieja camisa, en su vieja pero resplandeciente camisa. Pero algo, y no cualquier cosa, se interpuso en su propósito: un indiscreto abdomen ponía a prueba cada uno de los cinco botones.

Movió la cabeza acongojado, víctima de sí mismo. Su añorada prenda regresaba intacta e invicta al escaparate. Era la prueba irrefutable de que el ocio, más que el tiempo, cobraba venganza.

Se maldijo. Cual si fuera una vieja película, por su mente se movieron con lentitud desquiciante las imágenes de la época en que aún podía acordonarse el calzado sin que el aire se le extinguiera.

Decidió prender un cigarrillo. Una molesta tos le sobrevino con la primera oleada de humo. Golpeó molesto el piso con sus pies descalzos. Lanzó con furia el aún humeante pitillo. Tras varios intentos, y a duras penas, logró levantarse de su querido y hundido asiento.

Una sonrisa apareció en su rostro, hinchado por esas libras que comenzaban a inflamarle las piernas, y a darle dolores en rodillas y tobillos. Decidió tomarse un “buchito” de café, que dormitaba cálidamente en el termo. Ni lo destapó. La lapidaria expresión del médico lo martilló: “Te va a matar la presión alta. Elimínalo, o de lo contrario, reduce la dosis diaria”.

Meditó unos segundos.

Molesto, destapó una lata y extrajo algunas galletas dulces, mezcla de vainilla y chocolate. Ya tenía hambre, “bueno, cuándo no”, se dijo para sus adentros.

Sus conocimientos dietéticos le cortaron la apetencia por la golosina. “Esto es puro carbohidrato”. Con ellas en la mano, titubeó y, no sin algún enojo, las devolvió al envase.

Sintió cierto golpe de calor en la cara. “¿No será la presión alta?”, masculló para sí. “Solo eso me podía faltar ahora. Seguro fueron los tamales y la carne de puerco de la comida de anoche”, justificó.

Lentamente caminó hacia el cuarto. Realizó la medición pertinente. “La tengo por las nubes, qué jodedera”. Fue hasta la mesa de noche y de un envase extrajo una pastilla. La tomó con un poco de agua.

Se quitó las chancletas y fue hasta el portal, descalzo, “pa’ ver si mejoro”, murmuró.

Casualmente, varios vecinos pasaban frente a su vivienda. Iban en grupo, en trote ligero. “Vamos, compadre, no seas vago”, gritaron, y la invitación le sonó terrible.

En ese momento un ruido, conocido pero nada agradable, le rompió la agonía de su sueño. Se sentó en la cama. Su esposa aún dormitaba. Eran las seis de la mañana.

Sonrió. La pesadilla lo había dejado exhausto. Fue hasta el escaparate y le tiró un vistazo a su camisa favorita. Hasta se la probó. Los botones ni se enteraron. Complacido, la devolvió a su lugar.

“Hoy me la pongo, aunque vaya a la cocina”, bromeó consigo mismo.

Acomodó su rústica indumentaria deportiva. “Mira que uno sueña cada bobería, le zumba el mango”.

Cerró la puerta tras de sí y con lentitud comenzó a devorar los kilómetros de cada jornada.

“Hay que cuidarse, qué cará...”.

* Publicado el 25 de junio de 2011 en el periódico Adelante.