CAMAGÜEY.- Las ciudades se descubren de varias formas, una de ellas es a través de los rostros de la gente que las habita. Sí. Llegan a ser como mapas. Cada plaza, cada calle, cada esquina, cada lugar tiene ese rostro que llega a ser identitario. Así la ciudad juega y se presenta desde las sonrisas, las arrugas y los misterios de cada uno de aquellos rostros.

Una tarde, hace algún tiempo, lo descubrí —casi por casualidad— en la multitud. Estaba en una de las más céntricas plazas de Camagüey, y mi compañera de banco no entendía por qué aquella figura de hombre había secuestrado mi atención. Para ella, como para el resto de las personas que allí permanecían, él no era más que un loco premiado con indiferencia y burlas. Para mí resultó un acertijo andante y la razón perfecta para lo que entiendo como “molestar” a las musas.

Aquel rostro en el que la luz y la sombra se debatían en el espacio, se apoderó de mi más descarada e inquisitiva curiosidad con lo enigmático de su mirada. Yo quería ver más. Supliqué en voz baja que no se fuera. Mis ojos lo siguieron impertinentes. Él, como si supiese que era la razón perfecta para esta crónica, miraba, sonreía, se alejaba para luego regresar cual coqueteo sutil con aquellas a las que ahora “molesto”. Su complicidad permitió que descubriera más de aquel rostro.

Como mar en tormenta sus cabellos, figura esbelta, luciendo los mejores años, su piel de ébano, sonrisa cordial casi perfecta. Pasos largos y pausados, cual cuerpo etéreo. La mirada, aquella mirada perdida en la infinidad y la suavidad de sus gestos resultaban lo mejor, esas son las herramientas que le permiten brindar, a todo el que se detenga a desentrañar sus misterios, cierto sentimiento de felicidad.

Y es que, a pesar de su aparente falta de cordura, lo anacrónico de sus ropas o la ausencia de palabras, él es feliz desandando aquella plaza que lo acoge cada día, cuidando su ceiba, brindando sobradas razones para amar lo diferente y esos momentos que, ante lo cotidiano, parecen insignificantes, pero para ojos curiosos son poesía, de la mejor poesía que puede regalar la ciudad.