"Aquí estamos firmes y enteros, prestos nuevamente a nuestra gran cruzada de redención, o caeremos uno a uno con el pecho constelado de balazos".

                                                                                                                                                                            Frank País.

CAMAGÜEY.- Cuentan que cada 30 de julio, a las cuatro de la tarde, a la misma hora que el cargador del M-2 fue descargado sobre Frank, pueden sentirse los disparos. Hasta la pared que atestiguó la metralla, y lo prueban los impactos que la enlutecen, llora de horror en el Callejón del Muro.

Entonces, como por arte de rabia, impotencia y dolor incurable, Santiago enmudece. Es difícil no electrizarse ante el tributo al hijo que nacido de Doña Rosario amó a Cuba por sobre todas las cosas.

El mismo hijo que solo un mes antes había sufrido el golpe del asesinato del pequeño Josué, su hermano de sangre y de lucha. “Con este hombrecito de compañero se puede uno fajar con veinte”, había asegurado de pequeños, a los 20 años, en el poema que le escribió tras la muerte en lírica confesión dijo que tenía “nervio de hombre en cuerpo de joven”.

Ni los más grandes golpes detenían su empresa de hacer libre la Patria. Su vida tenía para los esbirros el precio de la rebeldía, de la indómita cualidad de amar y luchar por la libertad y los derechos de los otros. El final, la cárcel, las torturas, la muerte dolorosa era parte del “trato”; él lo sabía, lo sabían sus hermanos que también se unieron al ejército que cumpliría definitivamente el sueño martiano. A Haydée Santamaría le había escrito que solo necesitaba un mes más para poder dejar  organizado el abastecimiento de hombres y armas  a Fidel, al hombre que calificó como "la más pura y valiente representación de un revolucionario".

El saldo fueron 22 balazos (irónicamente uno por cada año que le dejaron vivir) y 36 perforaciones. Todas las cubrieron las dos mujeres de su vida: su madre y su novia América Domitro, quien buscaba, a la hora fatídica, prendas nuevas, azules y blancas para la boda clandestina que debían tener en una semana.

Preparado el cuerpo en General Banderas 226, entre Maceo y José Miguel Gómez, donde vivía, fue trasladado a la casa de América para el velatorio. “Hagan lo que crean mejor. Frank es de ustedes”, había dicho Doña Rosario. Allí en horas de la noche lo vistieron de verde olivo, con brazalete rojinegro y las tres estrellas de Comandante en Jefe.

A la mañana siguiente, el pueblo acompañó al héroe junto a su amigo y compañero de luchas Raúl Pujol, rosas blancas llovían de los balcones y no hubo un soldado capaz de interferir en la despedida, las mujeres al frente eran su mejor custodia.

Un año y cinco meses después, los barbudos mambises entraron a Santiago. Cuando comenzaba a ser realidad aquel programa profético de 1953 defendido por Fidel, a los dos años del brutal crimen, el día se conmemoró con la designación del 30 de julio como Día de los Mártires.

Acto de justicia y amor para quienes dieron todo, su tiempo, su vida, sus anhelos. A quienes lucharon fieramente por el futuro, a quienes amaron, bromearon, añoraron, a quienes temieron la muerte, pero no entregarse a la Patria; porque los héroes, “esos cadáveres amados” también fueron humanos.

Por eso es hermoso volver hoy sobre las palabras que tan fervorosamente le dedicara Ignacio a Amalia: “Hoy no te veo, no te escucho, y sufro con esta ausencia que el deber nos impone”. Incluso a aquel acto de darse como hizo el Padre de la Patria en San Lorenzo, que dejado a su suerte, no reprochó a su Cuba el destino que le deparaba la soledad.

Calientan el alma las letras que Maceo le escribió a su María Cabrales antes de partir a la Guerra Necesaria: “La primera vez luchamos juntos por la libertad; ahora es preciso que luche solo haciendo por los dos. ¡Si venzo, la gloria será para ti!”. Antonio lo sabía, igual que Martí,  siempre hay una gran mujer junto a los grandes hombres, hombro a hombro, en las luchas y las calmas.

El mismo Apóstol extrañaba a su tierra, a su madre, y se debatía cual Abdala ante los dolores que causaba a Leonor, a la persona añorada “¡Ojalá pueda algún día verlos a todos a mi alrededor contentos de mí! Y entonces sí que cuidaré yo de Ud. con mimo y con orgullo”.

Los héroes sabían de sacrificios. Bien lo supo el poeta que dormía con el párpado abierto, tuberculoso y agotado lo aseguró “mi último dolor no es el dejar la vida, sino el dejarla de modo tan inútil para la Revolución”.

Y es que los héroes no son solo los nombres que aparecen en los libros, son los más vívidos números que ametrallaron en el Moncada, como Renato y Tasende pudo ver su sueño hecho realidad a través de los ojos de su pequeña Temis en los brazos de Raúl cuando le enseñó la Revolución que nacía y era obra de su padre. Los que subieron y no bajaron de la Sierra, aquellos de los que escribió Celia:

“Los he visto partir al combate con fiebre de 40; no se les obliga, pero el único problema que se tiene aquí es cuando se sale al combate. La Columna en pleno quiere partir. El que va, va feliz. Pero los que se quedan, quedan disgustados. Ese es el problema diario”.

Porque los héroes tienen claro de qué lado va el deber, como señaló Jesús Suárez Gayol a su madre, “cuando se es revolucionario verdadero se siente la necesidad de servir a la Revolución desde los lugares más difíciles, en los puestos de vanguardia”.

El mismo Rubio que no dudo en bajar al corazón de Suramérica con Guevara, el héroe nuestro americano a quien Haydée, la más Mariana de nuestras Heroínas, escribió después de su muerte “una bala no puede matar el infinito… (…) con tus ojos abiertos América tenía su camino pronto”.

Para seguir abriendo el camino hacia la justicia social también nacieron niños héroes en Angola, no solo los que recibieron el abrazo al regreso sino los más de dos mil que llegaron envueltos en la bandera tricolor.

Nuestros héroes también son los eternos jóvenes de verde olivo que no esperan homenajes sino tareas, que ponen a sus casi 90, o más, su meta en el ejemplo del Héroe rebelde.

Nuestros héroes son los hombres y mujeres que sabían, como Frank, que una dama de corpiño rojo y falda bicolor puede insuflar el espíritu: “me ha robado el corazón por entero, que me absorbe en cuerpo y alma, que me hace circular la sangre más rápido al pensar en ella”.

Porque Cuba tiene ese don, sabe parir Héroes.