Guáimaro estaba en poder de las fuerzas insurrectas desde el cuatro de noviembre del año anterior, cuando un grupo de principeños desalojó a  la guarnición peninsular en la localidad y la proclamó territorio libre. Pero su notoriedad llegaría en 1869.

Los líderes de la campaña contra España acordaron reunirse allí en los primeros días de abril para sellar la necesaria unidad y coherencia de la contienda bélica y establecer una constitución y los poderes del Estado.

A Guáimaro llegó la flor y nata de la rebeldía mambisa: Carlos Manuel de Céspedes, el iniciador de la guerra; Ignacio Agramonte, Antonio Zambrana, Vicente Aguilera, Salvador Cisneros y otros representantes de la isla insurrecta, y junto a ellos oficiales y tropa del Ejército Libertador.

El 10 comenzaron las sesiones de la Asamblea Constituyente y el 12 se proclamó la primera Carta Magna de Cuba y se anunció que Céspedes sería el Presidente de la República en Armas, se conformó la Cámara de Representantes y Manuel de Quesada fue escogido como jefe militar de la Revolución.

Por todas estas razones,  Guáimaro había pasado a un primer plano y los partidarios peninsulares exigían con fuerza que las autoridades coloniales desalojaran a los independentistas de esa localidad, convertida en símbolo de la rebelión.

Pero el mando hispano no contaba con suficiente fuerza militar para emprender una acción de envergadura contra los cubanos radicados en tales dominios.

En vista de ello dejó correr el rumor de que se preparaban en Puerto Príncipe columnas fuertemente armadas para tomar el poblado.

El Ejército Mambí buscó información sobre la veracidad de la noticia, y al recibir confirmación de sus agentes en Puerto Príncipe de movimiento de tropas se decidió que el Gobierno y la Cámara se trasladaran a otro lugar.

Sin embargo, Guáimaro no sería entregada tal cual era a los colonialistas y le prendieron fuego a la gloriosa villa, como antes hicieron los pobladores de Bayamo.

Manuel de Quesada fue tajante en la orden a la autoridad civil local: “Inmediatamente y bajo su estricta responsabilidad pondrá usted fuego al pueblo que se haya bajo su gobierno, de manera que no quede piedra sobre piedra. El coronel Manuel de Jesús Valdés ( Chicho Valdés Urra), ayudará a usted en la completa destrucción de ese poblado\".

La mañana del 10 de mayo de 1869 era puro ajetreo en la plaza pública de Guáimaro, donde se acopió aceites, vinos y todo cuanto ayudara al incendio.

Por allí mismo empezó el fuego, y las primeras edificaciones en ser pasto de las llamas fueron las del entorno de la plaza y la oficina del telégrafo.

La patriota Ana Betancourt, quien en aquellos días defendió el derecho de la mujer a participar  en la contienda liberadora y ocupar un sitio preponderante en la sociedad, recordaría años después:

“Todo mi ser se conmueve al recuerdo de aquella noche, noche terrible en que se oían por todas partes el rumor de las llamas y el ruido que producen los techos y puertas al caer para ser devoradas por las llamas”.

José Martí tenía a Guáimaro como símbolo de unidad y así escribió después sobre el sacrificio de aquellos hombres y mujeres para quienes primero estaba la Patria antes que el hogar:

“Ni las madres lloraron, ni los hombres vacilaron, ni el flojo corazón se puso a ver cómo caían los cedros y caobas. Con sus manos prendieron la corona de hogueras a la santa ciudad, y cuando cerró la noche, se reflejaba en el cielo el sacrificio. Ardía, rugía, silbaba el fuego grande y puro; en la casa de la Constitución ardía más alto y bello.”

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