Con esa edad,  los jóvenes ya no piensan en los grandes cambios, cuando más, se preocupan por alterar, a su favor, su medio más inmediato; con 17 años Martí era un patriota, consagrado si se quiere. 

El fue un patriota desde siempre, desde que su conciencia privilegiada comenzó a adquirir sus primeras luces.

La prisión le llegó por reclamar a un condiscípulo sus deberes con la nación, por la que empezaban a pelear los mambises; apóstata lo llamó y a la metrópoli le pareció peligroso.

A ese Martí, al adolescente maduro, al hombre de pensamiento extraordinario, al cubano casi inmortal, hay que regresar siempre, pero regresar de veras y más que leerlo, hay que pensarlo. Y la acción se hace inmediata.

De presidio saldría con la salud delicada y el espíritu templado por los rigores que rayan en lo inhumano. De ese presidio hoy se recuerdan los versos conmovedores a Leonor, sin embargo entrañó mucho más en la madurez política y en la mentalidad sagaz del más universal de los cubanos.

En octubre de ese mismo 1870,  el joven partió a la entonces Isla de Pinos, donde lo acogió el matrimonio de José María Sardá y Trinidad Valdés en la Finca El Abra.

Allí permaneció alrededor de dos meses y luego saldría deportado hacia España.  Restableció sus bríos físicos y alimentó su alma con el ambiente de la Sierra de las Casas.

Allí, como en toda Cuba, quedó el legado del número 113.

 A los jóvenes de hoy hay que acercarlos a ese José Martí, a ese contemporáneo suyo con inquietudes y necesidades similares, pero con un pensamiento superior desde el cual guiarse y orientarse.

 Con 17 años los jóvenes ya no piensan en los grandes cambios, cuando más, se preocupan por alterar, a su favor, su medio más inmediato; sin embargo, quizás sea hora de erigirse como ese patriota que la nación necesita, el patriota que fue siempre el Héroe Nacional.

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