Su nuevo colaborador no vestía uniforme, ni se le conocía vinculación con el gobierno, era un joven delgado de mediana estatura y aspecto insignificante que días atrás le hizo una llamada telefónica y le pidió un encuentro fuera de la  Quinta Estación de policía que dirigía.

Recordaba cómo la primera vez que lo citó para el apartamento, se identificó como estudiante universitario, supuesto compañero de combatientes  del Directorio Revolucionario 13 de marzo, y se autopropuso para ser su agente clandestino.

Aunque al principio desconfió de su propuesta, ese día comprobaría que  Marcos Rodríguez hablaba muy en serio.
Lo motivaron a su traición una sórdida cadena de envidias, odios acumulados y sentimientos mezquinos contra los jóvenes con los que alguna vez se relacionó y que poseyeron el valor y  la hombría  que a él le faltó para enfrentar a la dictadura de Fulgencio Batista.

El Coronel Ventura grabó en su memoria la dirección de Humbold 7, apartamento 202, que le brindó el delator y los nombres de quienes se encontraban escondidos en ese lugar: Fructuoso Rodríguez, Joe Westbrook, Juan Pedro Carbó Serviá y José Machado, dirigentes universitarios muy  buscados por la tiranía y participantes en el asalto al Palacio Presidencial y la toma de Radio Reloj el 13 de marzo de aquel año.

La orden que impartió, al llegar a la manzana del inmueble rodeada de policías, era matar a todos y esa era la disposición que con más entusiasmo cumplían sus subordinados y más agradaba al tirano Batista. 

A las 5:50 de la tarde  de aquel sábado santo del 20 de abril de 1957, los esbirros de Ventura comenzaron a allanar el edificio en el que entraron a tropel armados de ametralladoras Thompson y compitiendo entre ellos para ser de los primeros en fulminar a los revolucionarios de los cuales tenían fotos.

Westbrook, el más joven de los cuatro, entra al apartamento de los bajos y le ruega a la inquilina lo deje estar allí, ella accede, pero cuando tocan a la puerta, la abre para evitar represalias a la señora a quien calma diciéndole que no se preocupe. Apenas da un paso fuera y es acribillado a balazos por la espalda.

Los otros tres compañeros huyen por el tragante de aire de la cocina del apartamento, que daba a la casa de los bajos. "No se alarme, señora, que somos buenos", le dijo Fructuoso a la dueña, según contaría una vez aquella mujer a la prensa. De inmediato salen en diferentes direcciones. 

Juan Pedro corrió hacia el elevador, pero apenas llegaba lo ametrallaron a bocajarro;  Machadito y Fructuoso se lanzaron por una ventana y caen en un pasillo de una agencia de automóviles, con una reja al final cuyo candado les cerraba el paso.

Fructuoso yacía inconsciente en el suelo, mientras Machadito intentaba levantarse sin poder hacerlo, tenía los tobillos fracturados por la caída. Uno de los empleados del lugar les hizo señas y fue a buscar la llave de la verja, pero los asesinos se adelantan y los fulminan apagando la voz de Machadito que les dice "¡No nos mate, que estamos desarmados!".

Después se inició la repugnante escena de las hienas que ganan méritos ante su jefe, se disputan animadamente ser los primeros en dispararles a los revolucionarios y arrastran los cadáveres por los pelos hacia la acera, tras dejar charcos de sangre en la escalera del edificio. 

También ametrallan los edificios contiguos, como respuesta a  los gritos de ¡asesinos! de los vecinos apostados en los balcones.

Poco menos de dos años más tarde, la mayoría de estos verdugos de bajo nivel, abandonados en su fuga por Ventura, comparecerían ante los Tribunales Revolucionarios donde ya sin el entusiasmo de aquel día, confesarían estos y otros crímenes que pagarían con sus vidas ante la justicia.

El delator pensó estar a salvo en Cuba por la supuesta discreción con que trabajó con la policía, pero después de años de investigación fue descubierto, enjuiciado y fusilado en 1964.

Aquel sábado de Semana Santa, el coronel Esteban Ventura Novo agregó más muertes a su hoja de servicios, aunque no llegaría a lograr su sueño de ser general.

Escapó junto a Batista el 31 de diciembre de 1958, para vivir tranquilamente en Miami a pesar de los crímenes que cometió y de haber sido solicitada su extradición por las autoridades cubanas a  los EE.UU, donde murió  a los 87 años por causas naturales en 1990. Hasta su último día de vida se mostró orgulloso de sus actos.

Mientras estos héroes caían, en la Sierra Maestra el grupo de guerrilleros iniciales que desembarcaron del  yate  Granma el dos de diciembre de 1956, dirigidos por Fidel Castro, se  aprestaban para librar el Combate del Uvero, rotunda victoria del Ejército Rebelde con que alcanzaría "la mayoría de edad", al decir del Che.

Posteriormente vendrían numerosas victorias y el perfeccionamiento de la unidad alrededor de la lucha guerrillera, conjuntamente con el Directorio Revolucionario y otras organizaciones, para alcanzar el triunfo del Primero de  Enero de 1959.

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