Ese día, en un esfuerzo de los combatientes del movimiento revolucionario organizado en las ciudades, se llevaron a cabo diversas acciones insurreccionales encaminadas a paralizar el país y a desatar una movilización general de las masas que dieran al trate con la tiranía de Fulgencio Batista.

El Ejército Rebelde, que en aquellos momentos contaba con 200 hombres, hizo el máximo esfuerzo a fin de apoyar la huelga general. Precisamente, en las jornadas que antecedieron a la ocasión acordada, Camilo Cienfuegos bajó a operar en los llanos del Cauto.

Jóvenes valerosos, escasamente armados, libraron el nueve de abril heroicas acciones en Sagua la Grande, Quemado de Güines, La Habana, Guanabacoa, Santa Clara, Matanzas, Ciego de Ávila, Camagüey y otras muchas localidades.

Las iniciativas emprendidas entonces pueden resumirse en el asalto a las emisoras regionales y transmisión por sus canales del llamamiento a la huelga y asalto a la Armería de La Habana Vieja, la acción más importante de la capital cubana.

Igualmente la voladura de registros eléctricos vitales, paros, sabotajes en terminales de transporte, quema de gasolineras y de vehículos, interrupción del tránsito a la entrada y salida de la ciudad de La Habana y otros sabotajes y paros laborales  también en Guanabacoa, Cotorro y Madruga.

Asimismo en la toma de la emisora de Matanzas, ataque al cuartel de Quemado de Güines, cierre de la Carretera Central en Manacas, acciones del Condado en Santa Clara, paralización y dominio absoluto de Sagua la Grande, asalto y sabotaje a la planta eléctrica de Vicente, Ciego de Ávila.

Además, las hubo en Camagüey, paralización casi completa en Oriente por acciones combinadas de guerrilleros y clandestinos, incluido el cuartel de Boniato por las Milicias de Santiago de Cuba, dirigidas por René Ramos Latour (Daniel). 

La huelga no alcanzó los niveles deseados, porque no existían aún las condiciones para la batalla final de masas contra el régimen y estaban en pie todavía sus fuentes de poder y las instituciones armadas. Este hecho, y la falta de coordinación precisa en la fecha señalada, así como dificultades en la preparación del movimiento huelguístico, la inexperiencia, la escasez de armas y la pérdida de hombres pesaron mucho en el momento decisivo.

Sin embargo, la Revolución se sobrepuso, fue derrotada la ofensiva que lanzó la tiranía posteriormente, se desataron numerosos combates victoriosos de las diferentes columnas y las tropas de los Comandantes Camilo Cienfuegos y Ernesto Che Guevara iniciaron la invasión a Occidente.

Entre los principales organizadores de la huelga estaba Marcelo Salado Lastra, joven nacido en Caibarién, provincia de Las Villas, quien cursó estudios de bachillerato y luego se hizo profesor de Educación Física. Posteriormente inició la carrera de Pedagogía en la Universidad de Santa Clara. Al mismo tiempo, demostró gran destreza en la práctica de sus deportes favorito –natación y la pesca submarina –, lo cual le permitió conquistar el campeonato nacional en 1956.

Al producirse el golpe militar del 10 de marzo de 1952, se incorporó al movimiento de rebeldía nacional, donde no sólo se destacó por su valentía, sino que también –a través de su epistolario familiar- reveló la madurez de su pensamiento revolucionario.

Así, el cinco de diciembre de 1956, apenas transcurridos tres días del desembarco del Granma, escribió a su hermano Pedro Julio: “Confío en que alguna vez cese el abuso del norteño soberbio que nos oprime y que sepamos darnos a nosotros mismos un gobierno decoroso, que los niños tengan escuelas, los padres trabajo, que existan pocos soldados y sean protectores y no saqueadores de Cuba.”

En la mañana del nueve de abril se había afeitado el bigote, para cambiar algo su fisonomía. La casa donde se guardaban las armas en Continental 171 fue su primera visita, ordenando recoger las que quedaban, ya que las restantes se habían distribuido en días previos. Molesto por algún fallo en la recepción de las armas por uno de los grupos, se dirige al Estado Mayor en G y 25.

Dentro del apartamento escucha la grabación del llamado a la huelga, en la voz de Wilfredo Rodríguez, junto a Juan Oscar  Alvarado, Ramona Barber, Oscar Lucero y su hermano Pedro Julio. Llegan informaciones del asalto a la armería donde se combate. Nadie pudo disuadirlo cuando se dispuso a salir a la calle.

Sale acompañado por Ramona por indicación de Lucero. A pocos metros, en el garaje, frente al edifico, la fatal coincidencia de una perseguidora con un traidor adentro que lo identifica. Se percata de que lo van a matar y solo tiene tiempo de dar un empujón a la compañera, salvándola de la muerte.     

Marcelo, irradiador de la ternura más pura y sentida, era a la vez un dirigente revolucionario exigente, con la moral de ser el primero en el riesgo del combate, como lo demostró hasta el final.   

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