“Socialismo es el nombre político del amor”. De Frei Betto son esas palabras, que jamás he olvidado. Valen un Potosí, incluso más por lo que sugieren que por lo mucho que dicen y -al menos para los cubanos- por la tácita invitación a pensar y a mirarnos en 3T (la T, de tiempo: pasado, presente y futuro).

Cincuenta y ocho años se cumplen y celebramos por estos días, de la proclamación del Socialismo como cauce y destino inexorable de la Revolución Cubana, y de la formidable victoria de las ideas en Playa Girón.

Recordar aquel otro abril supone, ante todo, honrar a quienes marcharon alegres al combate y hasta ofrendaron sus vidas para defender la Revolución Socialista, cuando la mayoría de este pueblo ni

siquiera tenía claro qué significaba el “apellido”, aunque nada malo podía ser, si lo decía Fidel y la simple mención de la palabra sacaba de quicio -y sigue enloqueciendo- al Imperio.

Fueron 72 horas cruciales, en las que mucho -o mejor aún, todo- estuvo en juego. Bien sabemos lo que pudo perderse y en Girón fue preservado, porque es la obra de estos años, perfectible, sí, pero inmensa, que ni los más soñadores podían otrora imaginar, por la sencilla razón de que entonces todo estaba por hacer, y eso multiplica hasta el infinito la grandeza de aquellos compatriotas.

Ahora, en cambio, tenemos un sinfín de cosas que defender, conquistas formidables que por ganadas, incluso antes de nacer los padres de muchos de los jóvenes de hoy, no son para estos últimos -como para las generaciones precedentes- sueños realizados, sino la realidad misma, lo más natural del mundo, en un mundo donde nada tienen de natural.

Sí, a fuer de cotidiano, lo excepcional puede tornarse irrelevante. Una de las peores pandemias de nuestra época es ese mimetismo cultural, propio de mentes colonizadas, que convierte al opresor en modelo para el oprimido. Cuba no escapa del fenómeno. Igual los hay acá que, si de comparar se trata, toman como patrón a Estados Unidos -para ser exactos, el “sueño americano”- y, como aspiración suprema, su consumismo delirante.

Claro que existen antídotos, el más eficaz una educación que forje valores, cultive la espiritualidad y fomente una conciencia crítica.

La cultura como escudo frente al hegemonismo imperial y su afán de borrar cualquier atisbo de pensamiento emancipador; la formación de un ciudadano culto, despierto, bien informado y capaz de discernir para no dejarse seducir, manipular, confundir y engañar.

En esta hora crucial, por poderosos que sean los enemigos externos de Cuba, el más peligroso y letal está dentro, puede que en nosotros mismos: en el culto a lo material, el egoísta “sálvese quien pueda”, la desidia, la desmemoria y cuanto corroe y deforma.

Por otra parte, ni la epopeya quedó atrás ni la Revolución es un acontecimiento histórico del pasado. Se conjuga en presente, es obra de millones, creación permanente y, justo esa continuidad, constituye el perenne reto y la tarea más importante de cada nueva generación.

De tales realidades, peligros, desafíos y misiones habla la convocatoria -hecha desde Birán este cuatro de abril- al XI Congreso de la juventud cubana y su vanguardia política, la Unión de Jóvenes Comunistas.

Y, porque de todos es, con todos ha de construirse, paso a paso, hasta sus sesiones finales, justo dentro de un año. Sumar es la clave, lo ha sido siempre, incluso antes de nacer, no ya la UJC, sino la Revolución misma, obra colectiva impensable e imposible sin la participación del pueblo y de esa protagonista sine qua non de todo cambio que es la juventud.

Verdad es que, aun cuando hablamos de sumar, muchas veces terminamos excluyendo. Para una misión importante escogemos al “bueno conocido”; si algo ha de hacerse rápido, acudimos a quienes sabemos dispuestos (con los demás se pierde demasiado tiempo explicando) y al final acaban siendo casi siempre los mismos.

Lo peor y que hemos de impedir, es que un joven se deje ganar por el desaliento, que sienta que no lo dejan crecer, que no hay lugar para él, que no cuenta, porque sí cuenta y de todos necesita Cuba como nunca: de su ímpetu, alegría, talento, emprendimiento, altruismo, audacia, rebeldía, esa inquietud ajena a los dogmas, el conformismo y la inercia, y hasta de su impaciencia e irreverencia.

Continuidad no es carrera de relevos ni misión para quién sabe cuándo. La divisa del XI Congreso: “Tu futuro, hoy” no puede ser más clara, porque el porvenir es y se decide ahora y, puesto que a los jóvenes pertenece, no han de esperar por otros, sino construirlo ellos, desde el presente, junto a sus mayores.

Hizo bien la UJC al elegir como escenario para la convocatoria ese pedazo de tierra holguinera donde están las raíces de quien comandará por siempre la Revolución Cubana. Nadie como Fidel para sumar y juntar y para “conectar” con los jóvenes, convidarlos a soñar y volar muy alto, y hacerlos sentir gigantes, capaces hasta de lo imposible.

Mirándonos en 3T se ve nítidamente: Pasado y presente señalan un futuro, que no nos perdonará que hagamos menos de lo que este tiempo, nuestro tiempo, exige, ni que demos cabida en el almanaque a otros abriles que no sean de juventud y victorias.