Desde su arribo a la bahía de La Habana a finales de enero de 1898, el acorazado estadounidense Maine aportaba a la rada de la ciudad un nuevo punto de atención, por sus más de 6 mil toneladas de desplazamiento que lo convertían en el barco de guerra más grande que visitara la ciudad.

En las noches dibujaba su contorno con centenares de bombillas eléctricas sobre las oscuras murallas de la Fortaleza de La Cabaña a la entrada del puerto.

El Maine fue despachado hacia Cuba en “visita amistosa” por interés del cónsul estadounidense en La Habana, con la justificación de proteger a los ciudadanos norteños residentes en la Mayor de las Antillas y salvaguardar sus propiedades ante la inestabilidad en la capital, por el rechazo de sectores extremistas hispanos debido a la implantación de un régimen autonómico y de reformas liberales en la Isla.

No obstante ese contexto la tripulación, y en especial los oficiales de la nave, disfrutaban de agasajos de todo tipo por las autoridades e instituciones de la ciudad como banquetes, corridas de toro y paseos.

En reciprocidad recibían a bordo a representantes de la sociedad habanera, periodistas, políticos y señoritas de clase social media, curiosas por conocer la nave y practicar su inglés.

Pero la rutina acabó dramáticamente a las 9:40 de la noche del martes 15 de febrero de 1898, cuando una gran explosión provocada por las más de cinco toneladas de pólvora y explosivos del polvorín de la nave iluminó la bahía y convirtió en un amasijo de hierros retorcidos al acorazado.

Murieron 254 hombres, más de la mitad de toda la tripulación y al conocerse la noticia, la prensa norteamericana levantó una extraordinaria campaña para acusar a España de ser la responsable del siniestro y se solicitó una guerra de represalia contra esa nación.

Esa reacción la encabezaron el diario New York Journal, de William Randolph Hearst; y el New York World, de Joseph Pulitzer, lo que conllevó a que ambos medios vendieran tiradas millonarias en las que reflejaban los más disparatados argumentos para convencer a la opinión pública estadounidense de la necesidad de ir a la guerra contra España bajo la consigna “ recuerden el Maine.”

Sólo cuatro días antes del siniestro, el buque-yate de William Randolph Hearst visitó La Habana y se ancló muy próximo al Maine. Los fotógrafos tomaron imágenes de la nave y nunca el magnate aportó razones de peso para explicar esa coincidencia, lo que engrosó uno de los enigmas que acompaña el hecho hasta nuestros días.

En 1898 Hearst tenía a La Habana como un objetivo prioritario para sus campañas, y se dice que inclusive colaboraban en sus planes telegrafistas de la oficina de correos que lo tenían al tanto de todo el flujo noticioso de la capital, que para la época significaba lo que hoy sería tener control de los nodos de internet de la ciudad.

Un ejemplo antológico de esas actividades fue el famoso telegrama respuesta que envió a un fotógrafo de su periódico que estaba en La Habana y le decía que lamentaba la falta de acontecimientos bélicos.

Ante la contestación del fotorreportero de regresar a Estados Unidos, Hearst le pidió:

“Por favor, quédese. Usted proporcione las imágenes. Yo pondré la guerra. W. R. Hearst”.

Las investigaciones sobre el incidente, realizadas por norteamericanos e hispanos por separado, establecieron dos versiones contrapuestas.

La comisión de Washington consideró que el estallido fue externo y causado por una mina naval, lo que imputó a España como principal responsable.

En tanto la comisión española sustentó que la explosión fue interna por la auto combustión de los depósitos de carbón, que hizo detonar los contiguos pañoles de municiones, explicación que apareció como posible entre la mayoría de las indagaciones emprendidas durante el siglo pasado, incluyendo la de una comisión presidida por el almirante Hyman G. Rickover, de la armada estadounidense , en 1976.

Pero detrás de esos vociferantes órganos de prensa de la época que clamaron por la guerra se encontraban los intereses políticos más agresivos de Washington, deseosos de una campaña bélica contra el decadente imperio ibérico para desalojarlo del área de influencia estratégica en la región y de su colonia de Filipinas en el Pacífico, zonas de suma importancia para el emergente imperialismo estadounidense.

Washington declaró la guerra a España el 25 de abril de 1898 con el pretexto de la voladura de su nave y llevó a vías de hecho la intervención en la contienda independentista, organizada por José Martí y que era librada exitosamente por el Ejército Libertador.

Para entonces la explosión -provocada o no- resultó providencial para la consolidación del joven imperialismo norteamericano, desarrollo estudiado por el entonces joven revolucionario ruso Vladimir Ilich Lenin y que por esa vía debió conocer la gesta independentista de los cubanos.

El futuro líder de la Revolución Bolchevique al despedir el duelo de su amigo cubano Pablo Lafargue en 1911, yerno de Carlos Marx, definió el verdadero significado de los acontecimientos alrededor de la voladura del Maine al decir que Pablo era de una tierra cálida y heroica donde se había consumado “la primera guerra imperialista del mundo”.