El 29 de mayo de 1934 quedó abolida oficialmente la Enmienda Platt, el apéndice impuesto por Estados Unidos a la Constitución que acompañaría en 1902 el nacimiento de la República de Cuba, un país invadido y ocupado entonces por la potencia norteña, que frustró su independencia e impuso onerosas condiciones.

La derogación fue resultado directo, de acuerdo con historiadores, de la marea revolucionaria que derribó a la dictadura de Gerardo Machado. Debió poner fin a más de 30 años de vergonzosa limitación de la soberanía nacional en los ámbitos político, económico y social, pero no fue así.

Para entonces, la penetración del hegemonismo de EE.UU. en las esferas de la vida nacional, era un hecho real que se encargaban de reforzar una clase gobernante y una oligarquía criolla entreguista y en su mayoría corrupta, enriquecida a costa de la venta del patrimonio del país al capital foráneo, siempre que recibiera la tajada correspondiente.

En tanto, el pueblo y su sector más humilde mal vivía sin derechos y en la extrema pobreza.

El entonces jefe del ejército nacional, Fulgencio Batista, bajo el mandato del presidente Carlos Mendieta, aseguraba la continuidad de ese estado de cosas, a pesar de que un posterior convenio con Washington puntualizaba la exención de la cláusula de intervención, pero en cambio mantenía el de las bases militares, en un inicio bajo el disfraz de “carboneras”, por tiempo indefinido.

Ante la notable oposición a la Enmienda Platt, reverdecida con la revolución antimachadista y el fortalecimiento de las organizaciones sindicales, estudiantiles y patrióticas, Estados Unidos creyó conveniente ejercer su dominio de otra forma más sutil. Es evidente que el apéndice constitucional, reforzado por un Convenio Permanente en 1903, ya era obsoleto y a la verdad, se habían cumplido con creces los pronósticos.

Menos el de la anexión, pronosticada alegremente por el gobernador Leonard Wood, colocado por el imperio al son de la intervención y ocupación desde enero de 1899.

No solo en la década del 30 hubo rechazo y combate patriótico contra la política imperial del vecino. Desde la intromisión de Estados Unidos en el territorio cubano, cuando ya el Ejército Libertador estaba a punto de la victoria, hubo próceres de la contienda cubana, figuras públicas de prestigio, en fin, patriotas preclaros que defendieron con gallardía el derecho de la Isla a la independencia total, y no solo respecto a España.

Durante la primera ocupación estadounidense que frustró la victoria mambisa, miles de cubanos se manifestaron en calles y plazas de La Habana y otras partes del país, contra los designios yanquis de añadir un apéndice injerencista en la Constitución de la futura república, que estuvo lista en 1901, elaborada por una comisión de nacionales, la mayoría afrentados por las órdenes del invasor.

Los buenos cubanos siempre tuvieron conciencia de los peligros que entrañaba avenirse a los intereses foráneos. Solo los que siempre estuvieron a favor de la corriente anexionista, sin peso entre los combatientes libertadores, estaban de acuerdo.

Pero la potencia vecina, en pleno proceso expansionista desde comienzos del siglo XIX, tanto dentro como fuera de la Unión, ya había dado muestras de que emplearía su poderío militar para hacer cumplir el llamado Destino manifiesto, la filosofía mesiánica con que han justificado la violencia y el intervencionismo, las guerras de ocupación contra otras naciones.

Los mambises y otros patriotas cubanos de principios del siglo XX, como Máximo Gómez, Juan Gualberto Gómez, Quintín Banderas y Manuel Sanguily, no pudieron hacer otra cosa que aceptar, después de denodada lucha, el nacimiento de una república con cláusula limitante: la Enmienda Platt. O era esa república, o continuaría en la ínsula la intervención del gigante, que ya entraba en su fase de imperialismo.

Estados Unidos intervino militarmente en Cuba, a tenor de la Enmienda y a “pedido” de Tomás Estrada Palma, entonces presidente, de 1906 a 1909, y estuvo a punto de hacerlo en 1917 y 1912, cuando la llamada Guerra de los Independientes de Color, monstruosamente reprimida con su visto bueno tras las bambalinas.

Pero tuvo muchas maneras de cooperar con la oligarquía local, entrenando y avituallando a punto sus fuerzas militares y desatando la represión y el crimen contra el movimiento comunista y patriótico. Paralelamente, sus compañías se adueñaban de recursos y extensos latifundios del país.

Los cubanos conocen muy bien la verdad de sus cuentos increíbles de defensores de los derechos humanos con los cuales se pasean por algunos escenarios del mundo hoy día, cuando han sido y siguen siendo justamente lo contrario.

Solo con el triunfo de la revolución- dirigida por Fidel Castro en 1959- se terminó ese sistema vil de subordinación e ignominia, que prohijó gobiernos venales, asesoró a torturadores y asesinos, y aseguro riquezas y privilegios a las clases dominantes.

Todavía, como herencia, queda el pendiente del territorio cubano ocupado ilegalmente por una base militar estadounidense, en Guantánamo. La prepotencia y la fuerza colosal del imperio, explican que estén ahí sin razón ninguna, en contra de la voluntad del pueblo cubano y en franca agresión a la soberanía de la República de Cuba.

En la Cumbre de las Américas, realizada recientemente en Perú, volvió a escucharse la voz de personeros de esos intereses agresivos, asumidos y sustentados en la filosofía del Destino manifiesto, que nació incluso antes de llevar ese nombre, en la mente de algunos padres fundadores de la nación norteña.

Pero, respecto a Cuba, el mundo les cambió. Y quieran o no, la vida en el planeta seguirá su curso, cambiando. Es hora de que revisen a fondo algunos de sus sagrados presupuestos. La paz y la sobrevivencia humana claman por otro orden internacional que no se base en el intervencionismo y el uso de la fuerza.